Publiqué ayer un tuit sobre la actitud de algunos frente al caso Micaela, en Gualeguay, que ha conmocionado al país. Hice mi tuit en relación a algunas opiniones que salieron a diluir críticas apuntando a un “Estado ausente”. Claro, ser precisos, hubiera requerido señalar a la justicia y con mayor precisión aún, al criterio empleado por el juez al decidir la libertad condicional de Sebastián Wagner, el hoy asesino de Micaela.

Pido sinceras disculpas si el tono de mi opinión resultó muy duro o excesivo. Pero también pido comprensión, me ganó el cansancio de ver a nuestro país repitiendo sistemáticamente los mismos errores y que tales “errores” gocen de buena salud y, lo que es peor, gocen de cobertura “ideológica”.

Francamente,  nunca lo hice, menos lo haría ahora, salir con expresiones de ocasión y descontextualizadas tales como “Qué barbaridad!”, “esto no puede repetirse”, “que inepto este juez” y así; lugares comunes que se repetirán calcadas cuando un episodio de similares características vuelva a ocurrir.

Siento la obligación de hacer una lectura política o, al menos, que procure ayudar a develar el mal que nos aqueja. Cuando digo “política” no hablo de partidismos, hablo de qué modo se conducen los asuntos públicos, qué ideas están en la lógica de actuación del Estado.

Entonces ahí podemos ver que el juez Rossi, quien otorgó la libertad condicional de Wagner, no actuó de un modo excepcional. El juez actuó con un criterio o doctrina que se fue extendiendo por toda la justicia y fue avalada por sectores intensos de la opinión pública. Un “garantismo bobo”, con más de ideología que de sentido de justicia. Digo “bobo” porque lo diferencia del garantismo que procura que los márgenes de discrecionalidad en la justicia estén claramente respaldados en nuestra obligación de cumplir con las garantías en materia de derechos humanos.

Así como “flexibilizamos”, de hecho, el derecho a la vivienda como un derecho casi “aspiracional” y al que debemos procurar cumplir, no veo razones para que el derecho a la reinserción social que el sistema penal debe ofrecer a los reclusos no sea debidamente evaluado. Hoy eso está lejos de serlo y por lo tanto, habrá que recorrer un camino hasta que el sistema carcelario sea un sistema de reinserción. Es allí cuando el “garantismo” entra en el terreno de la bobería. Los hechos, repetidos una y otra vez, lo demuestran sistemáticamente.

No señalar esto, no hacer una lectura política de lo sucedido, es encubrir la realidad, es diluir. Es patear la pelota a la tribuna. Es esa reflexión la que pretendo generar.

Si no miramos críticamente y poniendo el foco donde corresponde, el “garantismo” se convierte en un concepto abominable e incomprensible para el ciudadano común. Bueno, eso es lo que el progresismo logra cuando actúa de modo dogmático.

Pasar por alto el proceso de degradación y relajación de la justicia de los últimos años me parece un equívoco. También lo es no reconocer la buena o por lo menos la no objetada investigación llevada adelante por las fuerzas policiales para seguir ambas pistas: la ubicación y rastreo del cuerpo de Micaela y, al mismo tiempo, la búsqueda y el hallazgo del principal sospechoso. Ambas líneas arrojando resultados casi inmediatos o en tiempos admisibles.

Entonces, no es un “Estado ausente” como algunos quieren señalar. Decir esa vaguedad es reforzar el descreimiento, es decir lo que el prejuicio social quiere escuchar, es reforzar la pereza intelectual de no querer discernir responsabilidades y políticas. Eso no es progresismo, es profundamente reaccionario.

Cali

Written by Juan Carlos Villalonga