noviembre 16, 2016 Publicaciones No hay comentarios

En líneas generales, uno podría decir que a lo largo de la historia, el hombre dentro de la sociedad ha ido, progresivamente, ganando derechos y libertades. Con sus marchas y contramarchas, para mí, esa dirección en materia de ampliación de derechos individuales,  humanos, laborales, sexuales y en tantos otros rubros, es una constante y una materia en continua revisión.

No todo es tan lineal, pero prevalecen las conquistas, a lo largo de la historia, que procuran un hombre con mayores niveles de decisión, opciones y oportunidades de elección. Sin desconocer en esto las restricciones y limitantes que representan las brutales desigualdades económicas y otras situaciones que marginan y excluyen. Pero eso es parte de una lucha para ampliar allí también el derecho de todos.

Creo que los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el año 2030 es un ejemplo de estas inquietudes y desafíos contemporáneos para transformar derechos en realidades.

Ahora, si analizamos la relación del hombre y la sociedad con la Naturaleza, parece ser que las cosas son bien distintas.

Partimos de una mirada donde la naturaleza estaba allí para ser explotada, aprovechada, utilizada sin límites y a nuestro albedrío. Más allá de la reverencia que en el pasado se ha tenido sobre ella, basada fuertemente en el desconocimiento de sus fenómenos naturales, en la medida que esos ritos ancestrales cedieron ante la secularización de la naturaleza, ésta se convirtió rápidamente en un capital de uso y abuso.

Desde allí hemos comenzado a explotar la naturaleza y sus seres vivientes sin compasión y sólo para nuestro provecho inmediato.

Aquí la historia ha ido avanzando en una progresiva comprensión de que el hombre no posee un derecho absoluto sobre la naturaleza. Así, comenzamos por preservar porciones del territorio porque detectamos que, de seguir así, perdíamos la totalidad del capital natural o el goce de ciertas bellezas naturales. Luego percibimos que los ecosistemas no están desligados de nosotros y que el funcionamiento de esos ecosistemas resulta vital para proveernos de “servicios ambientales” que nos resultan vitales. También comenzamos a comprender la belleza e importancia de preservar las especies que corrían el riesgo de desaparición como ya había ocurrido con tantas otras.

Así, poco a poco, lo que el hombre fue percibiendo, legalizando y regulando, es nuestro paso progresivo del derecho absoluto a ejercer el dominio de la naturaleza a ponernos límites a su explotación: parques nacionales, áreas protegidas, límites de caza y pesca, evaluar el impacto ambiental de nuestras intervenciones, etc.

Pero no toda esta tendencia a recortar derechos del hombre para con la naturaleza y sus seres vivos tiene un propósito instrumental o meramente utilitario (protejo el bosque para que pueda seguir obteniendo madera, etc.). Esta tendencia no es menor ya que nos ubica insertos en la naturaleza y los verdaderos límites naturales en los que debemos desarrollar nuestras actividades económicas y productivas.

También, acompañando este proceso de auto-limitación que el hombre ha ido realizando a lo largo de los últimos siglos, el hombre ha ido reconociendo que destruir y abusar de las demás especies sin un propósito que pudiera justificarlo, ha caído en revisión profunda. Así circos, zoológicos y otras entidades de ese tipo se encuentran hoy en desuso y franco retroceso. Nuestra capacidad para sentir empatía con las otras especies ha ido creciendo y eso también se ha ido materializando en reconocernos en no poseer el derecho a abusar o infligir daños que consideramos excesivos o innecesarios.

Se sabe que buena parte de la dieta alimentaria del hombre se basa en consumo de carne animal, costumbre ancestral que, para algunos está en revisión, pero que aún hoy puede considerarse dentro de las actividades que nos otorgamos como derecho.

Pero algo que viene ganando terreno es limitarnos y reconocer el abuso que representa el uso de animales, desnaturalizándolos, por puro placer y pasatiempo de los seres humanos. Así hoy la tauromaquia, riñas de gallos o carreras de galgos, se encuentran en el ojo de nuestra atención.

No dudo que en esta historia de reconocer que tenemos derechos limitados para con la naturaleza y los otros seres vivos, estoy convencido que nuestra sociedad ya está en condiciones de dejar atrás y ponernos un límite en la práctica que hoy nos ocupa, la carrera de galgos. Una práctica innecesaria, plagada de sufrimiento y explotación que no tiene justificación alguna y que mayoritariamente, la sociedad rechaza. Por eso hoy debemos dejar atrás esta práctica para ir construyendo una sociedad más humana y más inteligentemente inserta en la naturaleza.

Cali

Written by Juan Carlos Villalonga