diciembre 16, 2010 Publicaciones No hay comentarios

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Finalmente comenzó a existir un diálogo entre el Gobierno Nacional y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en torno a las tomas del parque Indoamericano. No fue producto de un repentino ataque de madurez  política, ampoule fue el terror de ver que el propio estropicio que avivaron comenzó a extenderse y a afectar a sus propios aliados.

La consecuencia lógica de lo que dejaron que sucediera y, de manera directa o indirecta, quiso ser aprovechada políticamente, tuvo un desarrollo como era de esperarse.

Todo esto agrega más responsabilidad a lo que señalé en el articulo anterior.

Aquí un buen artículo de ayer de Alvaro Abos que pone el acento en donde nadie quiere ponerlo, nuestro deforme modelo metropolitano. También lo hace en las actitudes gubernamentales y de la nueva clase de “dirigentes sociales” que han crecido bajo su cobijo.

Cali 
 

Villa Soldati, la ley de la selva en la megalopolis

La Argentina cayó en la anomia

Alvaro Abos

Para LA NACION Martes 14 de diciembre de 2010

Quien llega por el aire a Buenos Aires ve una inmensa pampa de cemento que se extiende sin solución de continuidad a lo largo de kilómetros, sólo detenida al Este por el Río de la Plata. Como las líneas de una mano, algunas rayas -avenidas, rutas- cruzan la inabarcable cuadrícula hacia el Norte, el Oeste, el Sur. Si el viajero sobrevuela Buenos Aires por la noche, el espectáculo del mar de luces es feérico; su belleza deslumbra. Es el área metropolitana porteña. Es muy hermosa, desde el cielo. Pero puede ser un infierno a ras de la tierra.

El área metropolitana concentra catorce millones de habitantes. El 30% de la población del país se apiña en el 0,1% de la superficie. La macrocefalia de la Capital es un problema consustancial de la Argentina. Pero parece irreversible, sobre todo porque ni siquiera dan señales de advertirlo quienes lo padecen.
Si hubo un tema que derramó ríos de sangre a lo largo de la historia argentina fue el de la titularidaimaged de la ciudad de Buenos Aires. Provocó una guerra civil que duró setenta años. Quien se quedara con las rentas de la Aduana de Buenos Aires sería rico. Durante años, en el siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires fue un estado independiente, segregado del resto de la Argentina, que fijó su capital en Paraná, Entre Ríos. Finalmente, en 1880 se alcanzó una ¿solución?: la capital se federalizó.

Esto quería decir que mientras el territorio del país se dividía en provincias, quedaba en poder de la Nación su capital, cuyos límites se trazaron con una regla: son los que hoy coinciden con la avenida de circunvalación, llamada General Paz. El territorio que la rodea formó una entidad llamada Provincia de Buenos Aires.

Pasó el tiempo y esa “solución” sigue vigente en el papel, pero su relación con la realidad es lejana. Así, hoy tenemos una inmensa ciudad -el área metropolitana- despedazada en jurisdicciones administrativas diversas.
En la Capital Federal viven tres millones de personas, cantidad inamovible desde hace largas décadas. Pero hay once millones de personas que entran a la Capital, transitan sus calles, se curan en sus hospitales, se divierten con las amenidades capitalinas, hacen trámites en las oficinas públicas, crean arte, cometen delitos, y al atardecer retornan a dormir a alguna de las treinta comunas que se han formado en el llamado Gran Buenos. La sociología ha dividido esa ciudad, que es una y no varias, en un mapa de capas concéntricas llamadas cordones, clasificados según la cercanía al núcleo histórico de la ciudad, que es también la sede del poder: el primer cordón, el segundo cordón, el tercer cordón.

Esas comunas alguna vez fueron pueblos de la pampa, que luego se hicieron suburbios, asentados alrededor de una iglesia o una estancia que servía de parador en las diligencias. En un proceso imparable de agregación, pasaron de rurales a suburbiales.

No queda nada de aquellos núcleos originarios. El Gran Buenos Aires es una continuidad urbana compleja, rica, diversa, con frecuencia contradictoria, pero urbanísticamente unitaria, dividida en caprichosas jurisdicciones.

Así pues, a los problemas que de por sí enfrenta cualquier país de hoy, en la Argentina se suma una esquizofrenia administrativa que complica la vida social y política. Toda megaciudad es fuente de problemas. Aclaro desde ya que aprecio el don que para un país supone una ciudad de la magnitud de Buenos Aires: por su potencia, por su creatividad, por la energía que ella enciende.

Pero una megaciudad como el área metropolitana porteña, que está despedazada en tantas burocracias nacionales, provinciales o municipales, y cuyo diseño ha perdido racionalidad, genera tantos problemas como riquezas regala.image

El gigantismo del área metropolitana favorece la criminalidad, pues ofrece a los delincuentes mil refugios y auspicia nuevas formas de delito como el tráfico de drogas. Mortifica la vida cotidiana de millones de personas humildes, obligadas a soportar viajes degradantes en tortuosos medios de transporte.
La reproducción de las burocracias complica el acto de gobernar, que se torna caótico.

Nada de todo esto es mal exclusivo de la Argentina: las megaciudades y sus lacras son problemas graves en todo el mundo. Basta pensar en México, cuyo Distrito Federal es una de las ciudades más grandes del mundo, azotada por la criminalidad. Sin embargo, pocas son las latitudes donde el problema asume tanta radicalidad como en la Argentina. Comparemos nuestra situación con la del Brasil, que tiene una población cinco veces más grande. Si se trasladase la proporción de gente que habita el área metropolitana argentina a un país con las dimensiones de Brasil, se tendría una ciudad de? ¡sesenta millones de habitantes!

La reforma constitucional de 1994 convirtió la intendencia de la Capital Federal en un gobierno autónomo, cuyas autoridades son electas por el voto de los ciudadanos que figuran en su padrón. Sin embargo, los intereses políticos dificultaron ese nuevo diseño: numerosas atribuciones que debieron ser transferidas al gobierno autónomo porteño, por ejemplo el poder de policía o el manejo del transporte, fueron retenidas por el gobierno nacional.

Así se acentuó un explosivo peligro: las divisiones políticas entre los gobiernos nacional, provincial y municipal convierten a los ciudadanos de la ciudad en rehenes de los gobernantes. Esta situación origina una curiosidad política argentina: la llamada “maldición de Buenos Aires”, según la cual ningún político que haya sido gobernador de la principal provincia ha podido pasar a presidente electo de la nación. Aunque usted no crea en la magia, como no cree el autor de esta nota, no dejará de observar la explicación política que tiene la susodicha “maldición”: es tan grande el poder que acumula un gobernador de Buenos Aires que, tarde o temprano, choca con el presidente. Y se quema? Se non e vero ?

En Villa Soldati, un parque público fue ocupado por mil familias pobres que instalaron allí sus viviendas precarias. Son excluidos del “modelo” kirchnerista, desesperados conducidos a una aventura por punteros que practican el clientelismo político como variante delincuencial. Así se incubó esta tragedia, que produjo ya varias muertes: con una violación del derecho, pues la usurpación -apropiación de tierra ajena- es una figura del Código Penal. Pero el gobierno comunal no dispone de la fuerza pública para impedirla ni para sancionarla. ¿O acaso hemos olvidado que el Estado nacional se negó a traspasar el poder de policía a la ciudad?

El gobierno nacional privilegió su propio interés político (perjudicar al gobernador Macri, un rival) y omitió aplicar la ley. Los mandatos emitidos por jueces no modificaran tal inacción. Con lo cual, durante un cierto tiempo, en la Argentina rigió la impunidad. Ello, a su vez, provocó la reacción de los vecinos del predio -todos ellos de condición modesta, pues los barrios afectados, Villa Soldati y Villa Lugano, están entre los más pobres del distrito-, quienes actuaron por mano propia.

La Argentina cayó en la anomia, un concepto que Emile Durkheim, uno de los formadores de la sociología moderna, usaba para nombrar la inaplicación de normas. Durante la anomia, la única ley que impera es la ley de la selva, la ley previa a la constitución del Estado.image

La política debería ser la discusión pública de los problemas de los ciudadanos, pero también la preparación de futuras formas de vida y la reforma de los vicios que oscurecen esa vida. Las elites políticas argentinas no quieren o no pueden ir más allá de la contingencia, de lo inmediato. El gigantismo del área metropolitana es uno de esos problemas de los que nadie habla. Y, sin embargo, esa terra incognita se entromete en la actualidad. Y sus aciagos frutos asaltan la agenda, como sucedió con los sucesos de Villa Soldati. El gobierno que rige desde 2003 no mira más allá de la contingencia. Prefiere esconder la basura debajo de la alfombra.

El único político que en los últimos veinte o treinta años parece haber pensado algo respecto al gigantismo porteño fue Raúl Alfonsín, quien, allá por 1986, postuló llevar la capital del país a Viedma-Carmen de Patagones. Buena o mala, aquello, por lo menos, era una idea. Alfonsín no tuvo ni siquiera la oportunidad de desarrollarla, acosado como estuvo por los golpes militares, las huelgas generales y las turbulencias inflacionarias. Desde entonces, nadie parece haber pensado en lo que advierten los urbanistas y geógrafos, o sea quienes estudian estos temas sin la presión del día tras día: ellos predicen que, de continuar esta espiral, en un par de décadas la mitad de la población argentina se concentrará en una ciudad que unirá Rosario con La Plata. ¿Ese es nuestro inevitable futuro?

En 1956, el presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek, se enfrentó al fantasma del centralismo. Llamó a unos grandes arquitectos que tenía el país, Lucio Costa y Oscar Niemeyer, y estos creadores de utopías, que eran también realizadores natos, soñaron Brasilia. Pero, además, la hicieron.

Ellos no escondieron la basura bajo la alfombra.

Written by Juan Echeverria