julio 25, 2010 Publicaciones 2 comentarios

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Hay un fenómeno que ya lleva mucho años, el periodismo joven. Esa categoría  de periodismo, conducción o entretenimiento, especialmente en radio, que fue ocupando todos los espacios, particularmente, en FM. Lo que en algún momento fue sorpresivo y refrescante, hoy es simplemente chatura y repetición aburrida, jóvenes repitiendo el pasado. 

Pero lo peor siempre parece venir más adelante. Con el paso de los años, algunas de las figuras inaugurales de ese modo de hacer periodismo, se fueron retirando o buscaron otros horizontes. La FM es hoy un desierto de ideas copado por pelandrunes de todo calibre. Suelo asombrarme cuando subo a algún taxi y puedo escuchar, por unos minutos, lo que sucede en radios de la tarde. Cuando lo hago con algunos de mis hijos, me alerta a lo que, en materia de groserías y expresiones escatológicas, se verán sometidos durante el trayecto. Son bastante populares algunos de esos programas. Todo eso, me tiene harto.
Soy un enfermo por la radio, deambulo por FMs y AMs cual estación de la NASA, en búsqueda de señales de vida inteligente en el eter. Tuve señales positivas, lo más interesante de la radio en los días que corren, es una señal que viene de la galaxia Uruguay.

Hace unos años, descubrí en FM Océano, de Montevideo, a un personaje increíble: Darwin Desbocatti. Darwin es un señor mayor, resentido, cínico y terriblemente incorrecto, pero que desnuda la idiotez como pocos. Su autor es Carlos Tanco, de edad real mucho menor que su personaje. A mi juicio, Tanco posee una inteligencia y conocimiento de la realidad por encima de la media Lo que le permite surfear absolutamente todo con conocimiento suficiente para herir y golpear allí donde está el punto débil.

Cada mañana hace su columna de actualidad y algunos días son dos columnas, la de actualidad y la deportiva,image la que durante el mes pasado se convirtió en “Darwin Mundial”. Sé muy bien que es un personaje difícil de entrarle. Recuerdo que hace varios años leí una columna suya en “Búsqueda” y me enojó mucho. Pasó el tiempo y me convertí en un seguidor fiel, de los que bajan sus columnas de los muchos blogs que las postean y disfruto, tratando de no perderme ninguna.

Este reportaje fue publicado hace unos años en una revista del Frente Amplio. Entre sus entrevistadores se coló la propia Ministra del Interior de esos días, Daisy Tourne. Semejantes cosas suceden con Darwin. Es un tanto extenso, pero vale su lectura.

Cali
 
CARLOS TANCO: EL OTRO YO DE DARWIN DESBOCATTI

“Ya estoy medio podrido
del periodismo joven”

No te inhibas Carlos, te hicimos una emboscada pero bien intencionada. Más que una emboscada es una “encanada”. (entra la ministra del Interior)

Pah! Daisy! Yo pensé que iba a venir una persona armada pero esto es mucho peor, es como diez veces peor.

Mirá, para la entrevista necesitábamos tener gente que te escuchara y como te le escapaste una noche en el teatro de verano, la trajimos hoy para que te conociera.

El teatro de verano es un recinto que me pone muy nervioso. El carnaval es un poco bravo. Hay algo como una especie de nido de ratas en donde todos se odian.

Yo te voy a invitar a ver un nido de ratas…(Daisy)

No, si la política es una maravilla. En el Teatro de Verano van los dueños de los conjuntos, y se miran, y caminan como locos. Es muy raro, porque los tipos se creen que es la cosa más importante del mundo, que el mundo está pendiente de ellos. A mí también me pasó en ese mes, en que estuve diez días sin salir ni pisar la calle, y adelgacé cinco kilos, pero después lo de la competencia me lo tomo como una cosa más. Pero para ellos lo más importante es eso, la competencia. Y ganar es como que les den diez Oscar, un Nóbel y un Pullitzer. Y lo mismo pasa con los hinchas de las murgas.

Así está el fútbol uruguayo, con una juventud que ya no tiene espíritu de competencia…

Pero hay que sacarle un poco de pie a la locura. Partamos de que hacer algo está bueno mientras te incentiva, pero ya cuando estás esperando ver que el otro se caiga del trapecio y se parta la boca contra el piso, no. Y los tipos no disfrutan de las murgas. A mí también me costó un poco, pero llega un momento en que decís: “Bueno, si gano me abrazaré con todos los que estén ahí, y si no, no”. Yo me reí con estos últimos fallos, que fueron un poco ridículos, y al final ya queríamos que nos ganaran todos. Pero realmente no me amargué. Es más, sentí como un alivio. Al otro día estábamos re aliviados porque habíamos experimentado toda esa tensión generalizada de descabezarse por una copa…

Es un poco de la esencia del carnaval.

Y yo adoro al carnaval y a las murgas como expresión artística. No hay nada que me emocione más que ver a una murga cantando; me para los pelos de punta.

La murga es el mejor emergente del pueblo; siempre va a expresar algo de lo que el pueblo siente. De ahí esa resonancia, por eso la gente es hincha…

Sí, y hay una cosa estilística muy fuerte, y en ciertos casos hasta como de principios de vida, como por ejemplo pasa con los acólitos de La Mojigata. Yo soy profundamente admirador de La Mojigata, pero no comparto ni cinco minutos una reunión con un acólito de La Mojigata porque me enferma. Son como una especie de gurúes de vida de La Mojigata. Los tipos van escuchando lo que dice la murga y dicen: “Pah, que inteligente”. Y todo es una maravilla. Y hay cosas de La Mojigata que no me han gustado, incluso siendo una de las murgas que más me ha gustado en los últimos quince años.

El carnaval es como un mundo aparte.

Es muy raro, es hermoso, pero sí, es un mundo aparte. Lo increíble es que las reglas están dadas para que sea un mundo aparte, porque la gente que sale en carnaval, se toma licencia ese mes, y vos ves que los tipos se acuestan a las cuatro de la mañana, se levantan a las tres de la tarde, prenden la radio y ponen algún programa de carnaval, a las siete se van al club, se maquillan y salen, y se vuelven a acostar a las tres o cuatro de la mañana. Entonces lo único que viven y de lo único que hablan es del carnaval. ¿Cómo no se van a envenenar?

Pero trasciende a los actores del carnaval. Los uruguayos escuchan los programas carnavaleros, mucha gente este mes veía Pasión de Carnaval y se enganchaba con VTV.

¡Y eso que hace un esfuerzo para que la gente no se enganche! Son buenos en eso y Tenfield no ha logrado que la gente se desenganche.

Hay pocos lugares en donde se ve una renovación generacional como en el carnaval.
En realidad es en la cultura en general, Calderón en el teatro, Stoll y Revella en el cine.

¿Quién es Carlos Tanco?

Carlos Tanco son, para empezar, mi padre y mi abuelo. Y con esa carga voy yo caminando. Y ahora con esa carga camina mi padre también. En realidad ahora mi padre está sufriendo mucho más llamarse igual que yo, que yo igual que él, lo cual es una maravilla como revancha que te da la vida.
Es algo muy raro. Yo perdí mi identidad mediática cuando me fui del programa y deje de ser Carlos Tanco conductor. No aguantaba más el estar sometido a mí mismo, a mi propia visión de mí mismo tres horas al día conduciendo un programa. Me sentía terriblemente atomizado. Tengo un umbral muy bajo de frustración. Me frustro constantemente, entonces cuando conducía el programa Justicia Infinita, con Gonzalo Camarotta y Salvador Banchero, ya me sucedía que me detestaba a mi mismo. El efecto de escucharme en el auricular diciendo huevadas me resultaba intolerable. Entonces, el sacarme del medio fue como un respiro. Estuve un año sin hacer medios y volví con el personaje. Lo que tiene el personaje es que es corto, son veinte o veinticinco minutos, y ahí concentro todos los errores y aciertos que pueda tener, y me resulta manejable. Siento manejable mi estupidez. A partir de esa situación, como que profesionalmente volví a correr a un lado a Carlos Tanco, aunque cada vez me preocupo menos por evitar que el tipo de veintisiete años se vea reflejado por algunas hendiduras y resquicios que le quedan libres para salir. Juego un poco con esa ambivalencia, mismo incluso en el personaje. Ahora todo lo que estoy haciendo tiene que ver con el personaje, que son las columnas en Búsqueda y la radio. Estoy arrancando con algunas otras cosas, pero son incipientes.

¿Cómo aguantaste un año y medio sin hacer radio?

Mi idea fue volver al núcleo, que además tenía que ver con que Joel (Rozenberg), a quien quiero muchísimo, iba a empezar un programa, y me parecía que era una buena forma de ayudarlo, además de transformarme de nuevo en un ser humano redituable, que a los veintiséis años resulta imprescindible. Entonces volví muy acotadamente, y todavía tengo ciertos temores. Los medios tienen una cosa que es lo cíclico interminable; que cada vez que terminás un día estás pensando en el siguiente, y cada vez que terminás un año pensás en el siguiente, y así sucesivamente. Además con una alta exposición con uno mismo. No para afuera en mi caso, porque yo no me doy cuenta que hay gente escuchando. Carlos Tanco es mucho más cagón que el personaje. Soy muy asustadizo y horriblemente tímido.

Te exige un desdoblamiento de personalidad.

Si, (mirando a Daisy) pero algunos se meten en bailes mucho más difíciles. Creo que es sacar todo un costado…, cuando conducía Justicia Infinita me pasaba que salía electrocutado. Es como cuando juego a la radio. Porque en realidad la sensación es la de estar hablando con amigos; jamás logro proyectar que hay gente escuchando, y todo eso que dicen de cuando está la luz roja. Me asusté la primera vez que salí al aire en mi vida.

¿Cuándo fue eso?

En agosto del 2000, tenía veintiún años recién cumplidos.

¿Tenés formación académica?

Estudié Ciencias de la Comunicación en la Católica.

Dicen que es malo el curso…

Ja ja, hice tres años…

Pero no lo terminaste.

No, pero ha salido gente… En realidad Comunicación es un oficio. Me resulta un poco pretencioso que sea una carrera, tendría que ser una cuestión más de taller. Podría decir que Joel Rozenberg salió de ahí, que Stoll y Revella salieron de ahí, pero Juan Pablo y Pablo se pasaban con una camarita investigando por sí mismos. Tiene mucho más que ver con lo que hacés vos que con lo que te da en sí la Universidad. Pero no me parece que sea como una carrera universitaria. Hice hasta tercero, y como ya estaba laburando bastante fuerte, sentía que cada día de laburo me hacía avanzar seis meses de lo que podía avanzar en la Universidad. De todos modos me arrepiento un poco de no haber seguido porque no tengo ahora la posibilidad de hacer un postgrado afuera, que eso sí te lo da lo curricular.

¿En dónde harías el postgrado?

En España, por el tema del idioma. Sé inglés pero nunca llegué a pensar en inglés. De repente sí podría hacerlo en EE.UU., en San Francisco, que es una maravilla. Ahí los tipos se encargan de decirte todo el tiempo: “This isn`t the real América”. Ellos y Nueva York son cosas diferentes. Te dicen: “No estás en EE.UU., no sabés lo qué es EE.UU., no sabés lo qué son los “rednicks”, no sabés lo que son los tipos del sur”.

¿Cuándo estuviste en San Francisco?

Hace dos años, estuve cuatro meses. Y fue una maravilla. San Francisco es una ciudad chica, tiene novecientos mil habitantes, es hermosa, manejable… Es cosmopolita; conviví con asiáticos, cosa que jamás hubiera imaginado, que tienen una realidad tan alejada a lo que uno pueda siquiera imaginar. Y los gringos de ahí son una maravilla, tienen una avidez por contactarse con el extraño, con el diferente. No son así de la bandera, ni como uno ve a veces en las películas: “Uy pobrecitos los del sur”, esa cosa que también es detestable. Más de la mitad sabía qué era Uruguay. Incluso alguno se me ofendió cuando yo les traté de explicar dónde quedaba Uruguay. Ahí escuché hablar por primera vez de Darfour, miran mucho más al África de lo que lo hacemos nosotros. Por lo menos el tipo que se preocupa mira para allí, y se enoja cuando le decís que sos del tercer mundo. Te dicen: “Ustedes no saben lo que es el tercer mundo, el tercer mundo es el África”. Fue una experiencia magnifica que me permitió por primera vez en mi vida sentir que había una ciudad en el mundo en la que yo me sentiría cómodo y podría vivir en ella. Fue la primera vez que me pasó, había estado en Santiago, en Buenos Aires, en Caracas que es imposible.

No estaría Chávez…

No, no estaba todavía. Ahora desde que es bolivariana es una cosa maravillosa. No sé si esto le llegará a Chávez, que es muy de repartir millones. Con Camarotta estábamos justo en la Rambla el día que vino Chávez y lo saludamos, para ver si nos soltaba algún billete. Y no. Vamos Hugo, un peso Hugo. Y nada. Debe ser un mito eso de que el tipo va por todos lados regalando guita.
Pero me hubiera gustado hacer un postgrado, sobre todo porque uno tiene esa relación amor odio con Montevideo, esa relación enfermiza en que uno la ama por un lado y la detesta cada minuto por otro.

¿Qué amas y qué detestas de Montevideo?

Me saltan más rápido las que detesto, como si fuera mi pareja, en donde uno puede enumerar enseguida las cosas que detesta y debe ponerse a pensar que es lo que ama, tiene que hacer un ejercicio de memoria. Yo tengo la sensación que a veces los montevideanos somos muy pretenciosos, yo también lo soy en muchas circunstancias. Y digo montevideanos porque mi desconocimiento del Interior es absoluto y no me atrevo a hablar de los uruguayos. Pero siento que el montevideano, el uruguayo que conozco, se me representa en una imagen en la que va caminando por el mundo con las manos en los bolsillos y mirando para abajo, repitiéndose a sí mismo: “Ojalá que el mundo se de cuenta que soy lo más grande que tiene”. Me parece que tenemos esa actitud de ir calladitos, pero hay cosas que son terriblemente pretenciosas y soberbias en nosotros. Eso me asusta mucho, siento a veces que vivimos en una especie de entretejido retórico colectivo, bastante mentiroso, en donde nos manejamos como el ejemplo del mundo, o Latinoamérica, o de los que nos vaya quedando, cada vez podemos ser menos ejemplo de nada. Montevideo por ahí todavía mantiene cosas que hacen que cuando hablás con un tipo que vive en Buenos Aires te diga que esto es una maravilla. Y tiene además esa mezcla exacta, perfecta, de pueblo y ciudad, manejable, con cada vez más acceso a las cosas del mundo, pero con el ritmo y tonalidad, el timbre pueblerino. Eso es fantástico. Tiene escala humana. Yo voy a Buenos Aires y me abruma.

Los uruguayos a veces tenemos una visión muy autocomplaciente de nosotros mismos, somos tan perfectos que somos hasta humildes.

Claro, en realidad a veces funciona bien esa indulgencia, eso de no somos como los argentinos. Pero a veces funciona de una manera despectiva y xenófoba, y además como desde una torre de marfil. Eso me enoja. Y lo otro que me pasa es que siento que esa misma tonalidad, hermosa y disfrutable, yo que soy una persona con tendencia a achatarse, que soy apático, ese ritmo a veces puede llegar a intensificar mis limitaciones. Manejándome en ese ritmo parecido al mío, que soy holgazán, lento, me siento cómodo con la ciudad. Pero esa comodidad te achata y puede ser contraproducente, porque hay momentos en que creo que uno precisa la incomodidad como motor. Me pasa cuando voy a Buenos Aires. La gente se baja del tren y me pasa por arriba. ¡Qué lento que camino, puta madre! No, es la gente que camina rápido allí. Creo que ellos tienen esa cosa italiana, y nosotros somos más españoles, de dormir la siesta…

¿Dormís siesta?

Si, tengo una cosa religiosa con la siesta. Cuando puedo duermo. Es hermosa esa espantosa costumbre, pero tiene una carga de condena social. Decís: está durmiendo la siesta, y la gente te mira y dice: “¿así va a salir adelante este país?”. Yo no se qué pasaba cuando la gente de la edad de mi viejo tenía veinte y pico de años; todos dormían cuatro horas y andaban como balazo. A mí, más allá de la condena social me gusta mucho la siesta porque necesito partir el día en dos partes. Me acuesto a la una y media y me levanto a las seis y media de la mañana. Y prefiero dormir esas cuatro horas y media o cinco y después una siestita de una horita y media que dormir las siete u ocho horas de corrido. Esa sensación de partir el día en dos me engaña a mí mismo y me devuelve la lucidez que tenía en las primeras horas, que son las mejores horas para mí.

Contame un día tuyo.

Me levanto a las seis y media de la mañana…

Y laburás 20 minutos por día, sos un bacán.

Hay algunos que no laburan ni veinte minutos. Eso es a lo que todos queremos llegar, presentar el informativo, vivir de leer un teleprompter.

Bien, te levantás seis y media…

Soy terriblemente rutinario con mis levantadas, una cosa robotizada, siempre doy los mismos pasos. Ahora que me he cambiado varias veces de casa tardaba dos o tres días en rehacer mis movimientos, pero la cosa es así: prendo la computadora, mientras se inicia me sirvo el café y lo pongo en el microondas, hago siempre la misma estupidez que es abrir la ventana para algo así como recibir el aire fresco de la mañana, me lavo la cara y ahí me pongo a laburar hasta las diez menos cuarto, cuando salgo al aire hasta las diez y diez, más o menos. Ahí hago un quiebre de unos 10, 15 minutos para bajar un poco, porque yo imposto la voz cuando salgo al aire, me pongo cinco o seis decibeles por encima y a un ritmo más acelerado que el mío normal, para que la cosa no se torne aburrida. Por lo menos es lo indicado para el tipo de programas que yo hago al aire. Para otro tipo de programa, como la maravilla que hacía Alejandro Ferreiro en El Espectador, la cadencia es totalmente distinta, porque es otro estilo. Pero la forma de comunicación que manejo yo, donde se tiene que notar la avidez del personaje por llegarle a la gente, debo de imprimirle un ritmo que me cansa muchísimo, me resulta agotador, necesito como diez a quince minutos para recolocarme. Sigo escuchando el programa porque soy un poco el coordinador junto con Joel mientras trabajo algunas cosas que tengo en mente, como unas páginas que van a terminar siendo un libro humorístico, alguna planificación para los temas a tratar en el programa, también estoy trabajando en unos monólogos. Corto a eso de la una y media para comer, me preparo la comida,

¿Vivís solo?

Sí, desde hace dos meses. Vivía con mi padre y…

Y te echó.

No, en realidad no me echó, fue una mezcla… una situación límite… creo que nos íbamos a terminar peleando, y además a mí ya realmente me estaba dando un poco de vergüenza.

Estabas un poco grande para vivir con tu papá.

Sí, realmente, la condena social es terrible.

Hay varias películas sobre los hijos grandes que hay que sacar de la casa.

Claro, llegó un momento que tuve que decidir en qué tipo de rubros prolongaba mi adolescencia. El rubro vestimenta, como ven ustedes, ha sido uno de ellos, decidí que, en el rubro vivienda iba a aparentar que ya era adulto, y en eso estoy. Hacerme la comida en realidad consiste, por ahora, en ir a una rotisería que me queda cerca. Después que como, que son como las tres de la tarde, me duermo hasta las cuatro o cuatro y media, me levanto y vuelvo a laburar hasta las siete y media u ocho, es el tiempo que le dedico a otro tipo de tareas, como la columna de Búsqueda. Los viernes ya no laburo después de la siesta, en realidad no soy un fanático del trabajo.

Ocho horas, un empleo público ¿nunca te lo planteaste, no? Hay vacantes en el Ministerio del Interior.

Sabés que sí, cuando estuve más agotado, que fue el año que largué todo, tenía una sensación onírica. Bueno en realidad no era onírica porque no llegaba a estar dormido, pero era una ensoñación recurrente, especialmente cuando me acostaba. En esa época yo laburaba muchísimo, catorce a dieciséis horas por día. Actualmente estoy laburando un cuarenta por ciento de esa época, porque estoy todavía en un proceso de reenganche. Pero en esa época, que estaba totalmente sobrepasado por la situación, me daba por pensar en un empleo donde laburara ocho o diez horas, pero que estuvieran totalmente desvinculadas de mi afectividad. Que cuando terminara mi horario de trabajo me desentendiera totalmente de él. Porque el tipo de trabajo que yo hago involucra totalmente mi ego y mi autoestima, me queda rebotando en la cabeza todo el tiempo. No cortás con él, no lográs descansar realmente en ningún momento y frecuentemente te agota mucho más ese rebote que el tiempo que le dedicaste al trabajo efectivo. Estás tan enganchado que muchas veces te despertás a las cuatro y media o cinco de la mañana y te ponés a laburar.

¿Cómo te informás, qué leés?

Leo online, Clarín, La Nación, El Observador, El País, La República, a algunos de ellos entro con claves “prestadas”.

Así que leés todo en Internet.

Sí. Hace poco alguien me dijo que no sé que publicación iba a dar la opción de leerlo en Internet pero por páginas similares a las impresas. Pero yo ya estoy tan asquerosamente digitalizado que no me puedo acostumbrar al ordenamiento por página.

Lo que llama poderosamente la atención, como me han comentado muchos es, cómo, con tu edad, hacés un personaje que no sólo maneja la información de una generación 20 años mayor que tú sino sus modismos, sus dichos, la cotidianeidad de 20 o 30 años atrás. ¿Cómo lográs eso?

Es una cosa familiar. Mi vieja siempre nos trató, a sus hijos, como unos comensales más, hablando normalmente, de todos los temas. Cuando aparecía una palabra que yo no entendía, me la explicaba. Eso me hizo pasar por inteligente, en la escuela, porque yo manejaba dos o tres palabras que los otros niños no conocían. Estuve engañado hasta la adolescencia, pensando que era inteligentísimo, hasta que me di cuenta que no. Pero lo que me dio todo eso, fue un contacto real con esa forma de expresarse, de esa generación. Lo otro es el tango, yo escucho mucho tango, también la murga, que tienen todas esas expresiones, una gran carga de formas de expresión del pasado. Eso me permite manejarlas con bastante naturalidad. Además, una de mis características que podría destacar como virtud es que soy bastante observador y retengo expresiones de gente de otras generaciones que mantienen los dichos de su juventud.

Vos sabés lo que era el “Carro del Chaná”, por ejemplo.

Claro, lo sé precisamente porque me lo contó mi madre una vez que me llevó a un desfile de carnaval.

¿Qué hace tu vieja?

Es economista, ahora está laburando en Salud Pública, fue de los que dijo “yo me tengo que poner a trabajar por este gobierno que tanto quisimos”.

Bien, bien.

Sí, bien, lástima que sea mi vieja. Claro, ella decía “no me importa resignar ingresos” Y yo bien, bien vieja, por qué no convencés a otro para que lo haga en lugar tuyo?

Tu personaje maneja permanentemente datos de la calle de hoy. ¿Conseguís información en la calle, es decir, estás en la calle?

No, no, yo en realidad estoy bastante encerrado. De lo que se trata es de olfatear lo que preocupa o interesa a la gente, ya sea mirando un informativo, leyendo un portal de Internet. Yo entro mucho a Montevideo.com por ejemplo, que me parece un resumen bastante completo de los temas que están en la calle, que muchas veces no tienen nada que ver con mis intereses, pero son los temas que están en el candelero. También le presto mucha atención a lo que dice al aire la gente que llama a los programas. Me pasó cuando el debate Michelini – Bordaberry, bueno, decirle debate es un eufemismo. Me llamó mucho la atención cómo reaccionaba la gente, que, en general era algo así como “Pedro bien, ¿eh?, porque el padre es el padre”. A mí eso me rechinaba, me hacía castañetear los dientes. ¿Qué es esta formación aristocrática de “papá hasta la muerte”? ¿Qué es esto?
Yo le presto mucha atención a esa psicología popular y trato de hacer a mi personaje del nivel más popular posible.

¿Cómo lo lográs encerrado?

A mí me gusta laburar en varias capas, que la cosa tenga varias lecturas. Yo siempre pongo el ejemplo, que es muy pretencioso porque yo estoy lejos de esos niveles, de las últimas películas para niños. Uno ve Shrek, o Buscando a Nemo, y como adulto, hay quiebres humorísticos de un nivel altísimo, que seguramente resulta incomprensible para un niño. Sin embargo, al mismo tiempo, hay otra capa para los niños. También me pasa cuando leo a Borges, que le capto, siendo indulgente conmigo mismo, un 40 a 50% de lo que pone pero sin embargo disfruto como un cochino. Yo trato de hacer algo parecido, una primera capa, que es el redondeo de lo que yo siento que anda en la calle. Lógicamente, mi comprensión de la calle tiene grandes limitaciones, porque yo no sé, no capto lo que pasa en las zonas marginales, porque es un mundo terriblemente alejado de mí. Yo soy un clase media cuadrada, me manejo más o menos en ese rango, no me pidan que maneje también otros sectores tan alejados de mi medio. También capto cosas por ir en ómnibus y escuchar la charla de la gente, o por hablar con la cajera del supermercado.
Una fuente inagotable de sabiduría popular son los tacheros. Como llego siempre tarde a todos lados, ando mucho en taxi. Y al tachero le das un manijazo y te suelta todo, te sacan su bolsa de verdades, que son algo así como doscientas ochenta verdades consecutivas. El otro día, por ejemplo, uno me dijo, respecto a dos guachos que iban por la calle en Malvín “A éstos hay que pegarles un tiro en la nuca a cada uno”. Son cosas dichas en forma inapelable y yo, como soy tan cagón, nunca les discuto, les contesto “aha, uhu”. Además, no quiero confrontar con un taxista, un señor que generalmente tiene un chumbo en la guantera, preferiría no confrontar.

Es una política muy saludable.

Pero además porque me parecería gratuito hacerlo. Entonces prefiero maravillarme con los disparates que pueden llegar a decir. Por ejemplo, me han dicho “acá tendrían que volver los milicos” me lo han dicho y yo no lo podía creer, no salía de mi asombro, y les decía, “bueno, capaz que tiene razón usted, maestro”.

Darwin, tu personaje, dice cosas que reflejan cosas que están implícitas en nosotros y que no nos atrevemos a decir, pero Darwin sí las dice, es impresionante.

Claro, el personaje tiene una licencia que surge de su caracterización muy baja. Es un viejo resentido, tiene la impunidad del indigno, de ese tipo que está revolcándose en el barro, que cuando pasa de verdad es terrible, da mucha bronca y mucho asco ver a un individuo caer a esos niveles, tratando de enchastrar a todo el mundo porque él ya está completamente enchastrado. Pero cuando es en joda es divertido, un viejo de mierda, que nunca le ganó a nadie, que se maneja con una jactancia como si él manejara los hilos del universo. Es el juego de poner en la boca de un tipo de esas características ciertas cosas que uno piensan que muchos están pensando pero no las dicen.

¿Vos no creés que lo que hacés a veces es una especie de parábola de nuestra idiosincrasia?

Nunca me puse a pensar tan en grande.

Darwin tiene como dos dimensiones. Por un lado el personaje cínico, a veces brutal, pero por otro lado, y pienso en el caso de Bordaberry, hubo un momento en que se produjo un desdoblamiento y el personaje dijo muy directamente lo que piensa su creador.

Si claro, existen muchos temas en los que se me cuelan las opiniones personales. Yo trato de no hacer catarsis con el personaje, pero hay momentos, sobre todo los que tienen que ver con las cosas que me aterran, cuando veo que tácitamente se está aceptando algo que yo no puedo comprender, entonces no me contengo y me cuelo en el discurso del personaje. Porque yo no puedo comprender que defiendas a tu padre si realmente ha sido un reverendo hijo de puta. Que lo acompañes está bien, que lo visites, que le lleves cigarros. Pero no voy a ir a defenderlo a un programa, a hacer caer a otro con una grabadora, eso me parece terrible. Decir “hago cualquier cosa por mi sangre” me parece algo totalmente alejado de lo que yo entiendo como una forma de manejo en sociedad.
Por otro lado, cuando cascan a los ambientalistas de Gualeguaychú en la Plaza Independencia y todo el país festeja eso, se me ponen los pelos de punta y se me escapa lo que pienso. Vos al escucharme decís, bueno, ta… se le escapó pero está bien. Si lo hace cada tanto, no hay problema. Incluso a veces a la gente le gusta eso de que muchas veces uno no puede dominar lo que está diciendo. Hay momentos donde el discurso te maneja a vos, donde no podés seguir acorralando esa retórica donde te estás moviendo. Y a veces el chovinismo es un grito desesperado.

¿Cómo sentis tu laburo en la radio?

En cuanto a mi trabajo en concreto, yo cuando me levanto tengo la sensación de que tengo una bomba que desactivar. Y en cuanto al pensamiento colectivo nacional, tengo la necesidad de atacar, en vez de desactivar la bomba, de bombardear. No porque me crea en un trabajo muy importante, considero que lo que hago es mínimo e irrelevante, pero sí a pesar de eso siento la necesidad de desarmar algunos discursos y que le sirvan al que le sirvan. Para que yo pueda sentir que dije algo con cierta carga de mínima importancia que a tres o cuatro les pueda haber servido para reafirmarse o para discutir a la noche. Esto me pasa muy pocas veces, pero cuando me pasa, siento una necesidad muy grande y escapa a la otra dimensión. Una dimensión mucho más angustiante en realidad y que tiene que ver con una necesidad y no tanto con el oficio. Tiene que ver con un producto mucho más íntimo. La radio para mí es maravillosa. Por coincidencias o por divergencias, en esos momentos, hay un acercamiento mucho más íntimo entre la persona que está escuchando y el tipo que está hablando. Y es parte de ese juego que tiene la radio de que yo me encuentro con Daisy hoy y parece que ya nos conociéramos y es parte de ese abanico de la radio.

Toda esa pacatería nuestra vos te la pasás por el culo, y eso es tal vez lo que hace que tenga tanto gancho…

Sí, asimismo hoy yo estoy más rompebolas y más agresivo con los que dicen romper esa pacatería que con la pacatería misma. En la presentación del programa se dice algo así como “un programa diferente a todos los programas diferentes” o sea igualito a todo el resto. Ya estoy medio podrido de todo el “periodismo joven”, por eso hay una carga sobre ciertos íconos como Cecilia Bonino, pero es que me tiene más podrido y me parece más divertido atacar a los tipos que dicen romper con la pacatería y levantan esa bandera,que con la pacatería misma. A mí por ejemplo hay algo que me está enloqueciendo que no sé cómo activarlo o desactivarlo que es el síndrome del “te clavo la sombrilla” como le puse yo. La propaganda esa que habla del tema que se convierte en el éxito del verano. Hay una constante autorreferencia: la televisión habla de la televisión, las murgas habla de las murgas, los políticos hablan de los políticos, los medios hablan de los medios, uno ve “Bendita TV” que es la televisión hablando de la televisión. Hay una constante autorreferencia disfrazada de autocrítica. Y esto es lo que más me molesta.

Y disfrazada de trasgresión…

Sí, además. El tipo que viene con el cartel “venimos a trasgredir”.

Escanlar…

Exacto. Gustavo Escanlar es un asusta viejas. Es la clásica de “salgamos a asustar viejas” para que peguen el grito y les podamos decir “usted es parte del viejo Uruguay”. No entiende nada de esto porque nosotros rompemos con la pacatería”.

Lo de Gregorio Álvarez dio asco…

Sí, lo de Pablo Tosquellas yendo a la casa de Gregorio Álvarez y leyéndole la lista de desaparecidos. Reportaje que tenía algo maravilloso que es cuando terminaba y mostraban el auto del Goyo y un tipo de una motito de delivery que se saca el casco y le grita “usté es un hijo de puta”, demostrando no sólo lo fácil que era putear al Goyo sino que además le estás pegando a un viejo de mierda que está revolcándose por el suelo y que ya nadie le tiene respeto, un tipo que hace treinta años daba miedo. Hoy un pibe de delivery se saca el casco y lo putea, vos decís cómo es que no sacaron esa parte, la dejaron y se termina el circo del periodista guapo: ¡un delivery se sacó el casco y le gritó a cara limpia al Goyo! Entonces estás haciendo un circo. Esto me tiene muy caliente.

Recién dijiste autorreferencia

La autorreferencia es una trampa, porque si no tenés nada que decir, no lo digas. Eso de deschavar los piques, esa cosa que está anunciando todo lo que va a pasar me parece sumamente tramposo porque además hay una pretensión de inteligencia. “Mirá cómo te muestro los cliché y los lugares comunes”. Yo también los conozco pero además hay lugares comunes que están buenos. Hay una cosa coercitiva además que es que si no aplaudís esto que yo te estoy diciendo, sos estúpido, y si lo hacés también. He decidido no discutir más en los asados cada vez que alguien dice “pah qué bueno el reclame ese de ‘te clavo la sombrilla”. A mí me parece terrible, porque está deschavando unos piques que conocemos todos, que cualquiera que se ponga a escuchar un hit del verano lo saca en cinco minutos, no te estás haciendo el inteligente, estás usando esos piques y estás actuando de una manera coercitiva con la gente que si no le gustan esos, se va a sentir menos inteligente porque no se dio cuenta de que eso eran lugares comunes. Entonces hemos llegado a un nivel de trampa que es altísimo. Esto pasa muchísimo y en varios niveles. Ahora hay una nueva tendencia a la autocrítica de la “uruguayez” que es mucho más autorreferencia, más “hablemos de nosotros mismos” porque la autocrítica necesita de la autorreferencia pero creo que atraviesa un par de capas más. Que es meter el dedo un poquito más en el culo. Hay una cosa sumamente superflua disfrazada de autocrítica. Entonces ese es el nuevo gran enemigo.

Pero además te estás peleando con tu propia generación.

Con parte de ella. Aunque en realidad con generaciones más grandes. Después están aquellos que quedaron perdidos a partir de la apertura. Esa etapa que vivió su casi tierna adolescencia y juventud en la dictadura y la cosa se les abrió cuando tenían 18 ó 20 años. Son los tipos, como Daniel Figares por ejemplo, que tiene una concepción de sí mismo tan exagerada, que están como paranoicos. Se consideran grandes personajes de la historia y de la cultura nacional. Cada vez que veo una entrevista a Figares no lo puedo creer. El loco está convencido de que está censurado y que el Frente Amplio le tiene mucho miedo. Gente que estuvo en esa primavera en la que eran jóvenes, donde se sintieron que manejaban todo. Hay una especie de cosa mesiánica en esa generación: “yo ya las viví todas y me manejo con la verdad” y también bajo una “pulcritud moral”, el “yo nunca transé”. Es un poco rudimentario hablar de quienes transan o no con esa facilidad. Sí, uno a veces en la vida tiene que transar y negociar.

¿Vos nunca te sentiste censurado por las cosas que decís?

Jamás. Me llevo maravillosamente con Ligia (Almitran), la adoro porque tuvo una actitud de madrina conmigo. Mirá que yo le caí a Hierro con todo. Porque es como un tarro de dulce de leche, divino pa´pegarle, cada vez que habla hace cagadas. Nunca entendí como Ligia no se dejaba la barba y lo mandaba a él para la casa. Yo le pegaba mucho a Hierro porque a Batlle ya no tenía gracia y me acuerdo una vez que lo senté por la compra de unos paraguas, que le habían costado carísimo y lo tuve diez minutos en la máquina a Hierro. Después me cruzo con Ligia por un pasillo y me hacía señas del paraguas matándose de la risa. Los políticos jamás se ofendieron conmigo. No es el caso de los periodistas deportivos.

Se ofenden por cualquier cosa.

Ellos tienen la sensación de que el mundo los está mirando constantemente y que sus programas tienen millones de televidentes, todos hablando de ellos y todos los escuchan.

¿Sos conciente del éxito que está teniendo Desbocatti?

No, porque las mediciones nos han dado tan mal, que no. Yo se que en ciertos círculos hay gente que escucha pero yo tengo siempre el mismo latiguillo… ¿qué terrible no? Veintisiete años y ya con latiguillos, cuando tenga cuarenta y cinco me voy a convertir en un ser detestable. Me iré a vivir a Ginebra así no les cago la vida a mis hijos.
Bueno, pero yo no conozco a nadie que escuche Montecarlo y es la radio más escuchada. Y no conozco, de verdad, una persona que la escuche. Entonces eso de que me escucha todo el mundo, capaz que son tres mil personas. Y sí, en mi micromundo hay un éxito pero no está esa masividad que a uno lo tensione. Eso es la televisión, la tele es impresionante. Lo viví con mi amigo Camarotta, no puedo salir a la calle con él porque la gente te atornilla las pelotas. No sabés lo que es, le gritan: Camarotta la c… de tu madre, eh! puto… me vuelven loco, me enferman. La televisión es una enfermedad, es demencial, a vos Daisy te debe pasar.

¿Cuánto tiempo más dura Darwin?

No tengo idea, yo tenía planes pero ahora no lo sé. Se va a agotar cuando yo me agote. Cuando mi sobrina que cumple cuatro años la semana que viene cumpla quince y me diga: “che tío, estás haciendo el ridículo, mis compañeras de clase me tienen en la vara diciéndome que sos un idiota que no hace reír a nadie”.

¿Cómo te definís ideológicamente?

Yo soy hijo de una madre que me ponía “Canciones para no dormir la siesta” y me llevaba al tablado. Soy hijo de la clase media zurda de este país, así son todos mis amigos y así soy yo. Hay cosas de la generación de mi madre que detesto y hay otras que me maravillan, por ejemplo el compromiso. Ideológicamente soy un clásico burgués con culpa.

Sí, evidentemente te inculcaron a la culpa.

Claro, yo recuerdo a mi madre diciéndome cosas horribles, como hablarme de los niños de Biafra cuando yo no quería terminar la comida. Alguna vez me hizo llorar, no hay derecho a hacerle eso a un chiquilín. Bueno, era la forma de, en vez de cagarte a piñazos, te cagaban la vida.

De las piñas te olvidabas a los diez minutos, lo otro te quedaba toda la vida.

Ni siquiera podías juntar ira contra tus viejos, porque si te daban un golpe, te rescatabas sintiéndote víctima de una injusticia, pero así, el único hijo de puta eras vos, del otro lado estaban los hambrientos de África. Evidentemente soy hijo de eso y de ver a mi madre sintiéndose culpable todo el tiempo, por no estar en casa lo suficiente y no haberme atendido como hubiera querido y por las veces que le erró, etc. etc.

¿Fuiste a guardería?

Fui a guardería, por supuesto, iba a AEBU.

¡A AEBU, claro! ¿Y a qué escuela fuiste?

A la de Evaristo Ciganda y luego a la Simón Bolívar.

Sólo te faltó ser hincha de Defensor.

No, de chico era hincha de Central, pero después me cambié, porque me pareció que ya estaba siendo una especie de estereotipo de hijo de madre zurda, tenía que salirme de la raya en algún momento. Me hice de Peñarol. Mi vieja era hincha de Tabaré y de Miramar.

Tabaré en básquetbol, ¿verdad?

Sí, Tabaré en básquetbol.

Teníamos que aclararlo porque si no, nos parábamos todos y hacíamos la venia. En realidad el nombre Tabaré es una exclusividad de Fasano, premios Tabaré, colaboración con el equipo Tabaré, apoyo incondicional a Tabaré…

Sí, yo lo jodo a un amigo que se llama Tabaré, le digo que vaya a tocar la puerta a Fasano, porque es como Chávez con Bolívar; a todo lo que se llame Tabaré él va y lo apoya. Cuando vino Chávez, yo estaba con un amigo en la Rambla y lo vimos pasar, y le gritábamos “Yo me llamo Simón, y yo me llamo Bolívar”, porque a todo lo que huele a Bolívar él le tira un montón de dólares.

¿Como ves el gobierno en estos primeros dos años? Es una pregunta para Carlos Tanco, no para Desbocatti.

Estoy muy decepcionado con algunas cosas, que me tienen muy mal.

¿Por ejemplo?

No haber dado un mensaje claro, cuando pasó lo que pasó en la Plaza Independencia con los ambientalistas de Gualeguaychú, me pareció terrible. Fue un momento en que yo esperé que el gobierno, que es la cabeza para un montón de gente que lo respeta muchísimo, saliera a marcar la cancha. Pero nadie salió a marcar la cancha.

¿Lo marca con el chovinismo?

Claro, porque el silencio ahí es otorgar. A mí me importa tres carajos que los tipos hayan venido a provocar, no me importan los puentes, qué están haciendo del otro lado, no me importa qué hubiera pasado si las papeleras hubieran estado de aquél lado. Lo que me importa es cómo estamos reaccionando nosotros. Y nosotros estamos reaccionando, en primer lugar, despectivamente, como con el codo en el mostrador y hablando de costado. La actitud del gobierno fue de soberbia: atrincherarse en esa terrible autoestima de “los uruguayos somos gente con respeto, así que aquí se van a respetar las normas”. Parece que siempre estamos mirando las encuestas de popularidad y por eso no se marca la cancha cuando hay que salir a marcarla, entonces, no me sentí representado. Para mí, pegarles a cuatro o cinco viejas en la Plaza Independencia no está nada bien. Que bajen los “yuppies” de la Ciudad Vieja, arremangándose para zamarrearlos me parece un terrible ejemplo de brutalidad humana. Y eso ha ido creciendo porque se lo estamos permitiendo e incluso promoviendo con nuestra permisividad.
Por otro lado todos hemos experimentado un resarcimiento del alma con todo lo que se ha hecho por los derechos humanos, y además, hay cierta cosa de paciencia afectiva, porque yo todavía siento resonar el llanto de mi vieja cuando se anunció que había ganado el FA. Por otro lado, me enojan más ciertas cosas cuando el responsable es el FA, que cuando los responsables eran Sanguinetti, Lacalle o Batlle. No me enoja ver a Abdala salir a decir que hay que romper relaciones diplomáticas con Argentina, me enoja cuando no veo al FA ir en algún rumbo en el que creo que debíamos ser firmes y como todo enojo con una carga afectiva es mayor. Yo pienso que la esperanza extremadamente dilatada es peligrosa, porque se torna en una sobrecarga de expectativas que en el caso del FA llegaron hasta el extremo de adjudicar poderes mágicos a su futuro gobierno.

Tu personaje les da a los políticos como adentro de un gorro.

Les doy en lo circunstancial, nunca los ataco como clase, “los políticos son todos iguales, o no laburan” o cosas por el estilo, porque me parece injusto y peligroso. Yo respeto mucho a los políticos, es una actividad que supone un desgaste tremendo, estar sometido a presiones y conflictos permanentes, es una decisión de vida muy difícil. Puede haber una cantidad de cosas cuestionables, pero yo parto de una base de admiración por estar en la palestra, sometidos al escarnio público, yo la pasaría muy mal, sufriría mucho.

Written by Juan Echeverria