Cansado

Luego del derrumbre en cadena de todas las mentiras sobre las que se construyeron las ideologías del siglo pasado, me resultó siempre preocupante y penoso esas personas portadoras de un pensamiento “progre” sensiblero, pero patético a la hora de traducirse en acción individual cotidiana o de mayor pretensión.

Cada tanto me topo con alguno de esos especímenes que llevan esa caricatura a cuestas a niveles extremos, quienes andan decodificando el mundo con un código obsoleto e imposible de homologar con la sensatez. La estupidez no reconoce fronteras ni ideologías. Eso está claro. El problema es que la zoncera disfrazada de solidaridad y de categorías sociales e ideológicas mentirosas puede ser muy dañina.

Confieso que escribo esto sintiéndome cansado. Cansado de escuchar la sanata y los discursos truchos de los “progres”. Me cansan porque supuestamente son “ellos” los que están de mi lado y suelo tenerlos cerca mío. A veces compartiendo una mesa. Y me hablan como si yo pensara igual que ellos!

La palabra clave es “cansado”. Cansado de las gansadas que escucho todos los días de parte de políticos inoperantes y de montones de periodistas y bienpensantes que con su zoncera y miopía alimentan la maquinaria que nos mantiene paralizados y en situación agonizante a la mayoría.

Esto sucede en todas partes, pero me refiero al fenómeno local, que tiene sus particularidades y son las que tenemos que desentrañar, y en lo posible superar, nosotros sólos.

En relación a esto, Martín Caparrós me ha sorprendido y ha sido un hallazgo de los últimos años. Lo conocí haciendo TV o radio antes que escribiendo. Confieso que entonces me resultó soberbio e insoportable. Luego descubrí que como escritor desplegaba una dimensión que en otros medios no transmitía. Caparrós hoy es uno de los más lúcidos y arriesgados observadores de la Argentina. No hay concesión en su mirada y por eso, les molesta a los progres. Porque criticar a ciertos gobernadores feudales de ciertas provincias es bastante fácil, el tema es mirar el centro de nuestro ser argentino y, en particular, el ser “progre”. Ahí empiezan a saltar chispas. También debo señalar que tengo en la “protohistoria” una diferencia sustancial con su pensamiento, espero encontrar “ese” artículo alguna vez para sacarlo a luz otra vez.

Volviendo al punto, quiero destacar este artículo que muestra que Caparrós con su “cansancio” hace un sano ejercicio del decir “basta con el verso”. Esta vez metiéndose con algo central para los “progres” argentinos: el peronismo.

Cali

¿Peronismo?

El peronismo, si existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre. Es una suerte que no exista.

Por Martín Caparrós
15.08.2008


Siempre pensé que si fuera fiel ferviente seguidor de un dios me dedicaría más que nada a negar su existencia. Haría de todo: expondría sus contradicciones para desprestigiarlo, le lanzaría desafíos para menoscabarlo, difundiría novedades de la ciencia para desmentirlo, me pelaría el upite para que nadie creyera que Él existe. Todo por Él, para Él, de puro feligrés. Es que hay autorías que es mejor negar: como si alguien pensara en defender la influencia de Bilardo en la invención del antifútbol, de Tinelli en el estilo de la televisión criolla, del comisario Lugones en la renovación de los sistemas de tortura. A nadie se le ocurre. De la misma manera, si yo creyera que un dios –mi Dios– es responsable de este mundo de mierda, lo negaría por todos los medios: trataría de evitar que lo hicieran responsable de este desastre que vivimos. El verdadero creyente simula ser ateo –como yo-, y eso hace que los ateos seamos siempre sospechosos.


Digo, porque el amigo Artemio López me escribió hace unos días en estas páginas que hay que “asumir sin rodeos que la única ‘identidad política realmente existente’ es el peronismo, justicialismo o como quieran llamarlo, da igual. Lo lamentamos, entre otros, por el compa Caparrós, al que sabemos algo agobiado, pero Todos Peronistas es la consigna del momento”, dice, celebra. Me preocupo por él: si yo fuera fiel ferviente peronista me dedicaría más que nada a negar su existencia, disimularla, minimizarla todo lo posible. El peronismo ha gobernado 18 años de los últimos 20 y lleva más de medio siglo como la fuerza política decisiva en la Argentina. El peronismo, si existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre. Es una suerte que no exista.

–Ah, me va a hacer la del ateo. Ya decía yo que al final usted era peroncho.

–No, no se confunda.

–Vamos, peruquita, peronio. ¿Qué se cree, que me va a tomar por pelotudo?

Cristina K. lo había entendido en su discurso inaugural. Entonces fue una peronista astuta y no dijo ni una vez –ni una vez sola– la palabra peronismo. Pero después se asustó y se le pasó, volvió a esas fuentes cual cántaro cantarín. Y ahora, de nuevo, dale con el bombo.

Pero el peronismo ya no existe. No existe por pura falta de sentido. Si una palabra no significa nada –si no se sabe qué significa, si significa demasiadas cosas, esa palabra no funciona y tiende a desaparecer. Si perro quisiera decir mamífero carniza de ojos tristes, engaño socarrón, adolescente que ese día se quedó sin plata, cuarto planeta del sistema solar de la vigésima de Andrómeda, la hojita que al caer produce en su refrote contra el suelo un chistido que recuerda vagamente al canto gregoriano, el segundo órgano sexual, empleado perserverante, atropello violento con los codos y venticuatro más, nadie diría perro porque no está diciendo nada. Hablar es poner en acto un pacto: yo digo uch y vos sabés que uch significa más o menos uch; para que una palabra sirva tiene que significar poquitas cosas. Peronismo no cumple con este pacto: con éste tampoco.

Una designación política que designa, según lugares y momentos, a un general populista nacionalista macartista o una guerrilla socialista nacional o unos privatizadores liberales proyanquis furibundos o unos caudillos provinciales hambreadores clientelistas o unos conservadores populares sin demasiado pueblo o unos socialdemócratas demócratacristianos redistribuidores que no redistribuyen y tantos tantos otros; que nombra al mismo tiempo a Menem Duhalde Cafiero Scioli Kirchner Kirchner Rodríguez Sáa Firmenich Moyano Duarte Reutemann D’Elia Favio Iglesias Walsh designa tanto que no designa nada. Un movimiento o partido que puede ser tantas cosas es tan confuso que no es nada: no existe.

Pero ellos tratan de hacernos creer que sí: todavía suponen que les interesa, les conviene. El peronismo es un engaño, un arma: les sirve a los autodenominados peronistas para convencernos de que son parte de lo mismo y, por lo tanto, los demás deberíamos considerarlos como un todo, votarlos como un todo, temerlos como un todo. El peronismo, al final, es el 60: una línea de colectivos que en realidad son muchas. Todas tienen el mismo color, el mismo número, pero una va a Tigre, otra a Escobar, una va por Ayacucho, otra por Libertad, y todas se pintan igual, aunque sean tan distintas. Así lleva a sus clientes, entregados, apiñados, a cualquier lado, el peronismo.

Los autodenominados peronistas lo saben pero no quieren reconocerlo, claro. Entonces te dicen que el peronismo existe y se define porque los autodenominados tienen en común su voluntad de poder, su sapiencia en el logro y uso del poder. Es cierto: el poder político suele usarse para organizar sociedades de tal o cual modo; ellos en cambio organizan sociedades del modo que sea necesario para tener poder. Pero si el peronismo es eso entonces llamémoslo nietzschismo o ambición o codicia.

O están los autodenominados que conceden que el peronismo, claro, no es una definición política pero sí un sentimiento. Siempre pensé que la política no era un sentimiento sino un modo de conseguir que más gente viva mejor –o peor, según quién y cómo se ejerce. Y que es un conjunto de decisiones, de entusiasmos, de procedimientos, de entrega y de inteligencia. Pero decir “un sentimiento” es evitar cualquier discusión política: no tienen que explicar a quién representan, cómo, para qué, a quién tratan de beneficiar o combatir: no, alcanza con hablar de tradiciones y sensaciones y los que no lo entienden son amargos, gorilas o intelectualosos. Es curioso que hayan podido currar tanto tiempo, compañeros autodenominados, con pavada semejante. Y que tantos sigamos aceptándolo.

Por ahora, la mayor muestra del poder del peronismo es que creamos que existe, y que sigamos usando esa palabra. Eso es lo curioso: para los demás, para lo que no lucramos con esa palabra, decir peronismo, hablar de peronismo, es una debilidad, una concesión. ¿Por qué tenemos que darles el changüi de seguir aceptando que existen, que son uno, cuando todo muestra que no es cierto?

Quizás algo podría cambiar, en la Argentina, si dejáramos de hacerles el favor de llamarlos como ellos dicen que se llaman, si decidiéramos no usar esa palabra que no sirve como palabra porque designa cualquier cosa, que sólo les sirve a ellos para buscar poder, y empezáramos a llamarlos por sus diversos nombres. Algo podría cambiar, insisto, si tratáramos de llamar, alguna vez, las cosas por su nombre.