Me sucede frecuentemente que, sildenafil con las mejores intenciones en la mayoría de los casos, a cada intervención que uno hace o dice, aparece alguien con el reclamo, por ejemplo, «¿Che!, cómo no hablás de decrecimiento?«. Así se repite con infinitas expresiones y etiquetas que no pasan de ser eso, viagra meros símbolos verbales.

Yo sé que la claridad de conceptos es muy importante a la hora de transmitir ideas y visiones. Pero me parece que con frecuencia nos convertimos en guardianes de las palabras  antes que en ser custodios de aquellas cosas que verdaderamente debemos custodiar y seguir de cerca. Es como si fuese más fácil estar atento a lo que digan los que piensan muy parecido a nosotros, pharm a estar atentos y enfrentando al mundo real y sus equivocaciones garrafales que se comenten con el ambiente y la gente.

Creo que cuando un grupo de personas o movimiento político comienza a ser policía de las palabras y de los manuales, está herido de muerte.

Si los conceptos y las mentes están vivas, se reconoce fácilmente que hay una coherencia y una misma conversación entre quienes desde los 60 nos hablan de «los límites del crecimiento», o desde los 70 hablan de «desarrolllo sin destrucción» o «desarrollo a escala humana», o más tarde cuando se habla de «desarrollo apropiado» o «eco-desarrollo», o en los 90, cuando comenzamos a hablar de «desarrollo sostenible» o «desarrollo verde»  o más recientemente cuando se habla de «decrecimiento» o de «buen vivir» o «economía circular».

Es una visión compartida: reconocer los límites del planeta y encontrar cuál es la forma o los modos de convivencia viables que puedan brindar bienes y servicios apropiados a, por ejemplo, 9.000 millones de personas en el 2050. Ese es el desafío, no el juego de palabras. El de las palabras es un juego endogámico, improductivo y crepuscular.

Esta nota me trae a la memoria el tema «tordos y caracoles» de unos de los discos malditos de Joan Manuel Serrat, dedicado al conservadurismo moribundo. Un puñetazo del mejor Serrat.

Written by Juan Carlos Villalonga