Descarbonizar la economía, misión impostergable

Por Juan Carlos Villalonga, Diputado Nacional (Cambiemos) (I)

El mundo ya está dando los primeros pasos hacia una transición energética que no tiene precedentes, tanto por su dimensión como por la velocidad a la que deberá desarrollarse. Este proceso de cambio ha venido siendo impulsado tanto por la dinámica de la política global como por el vertiginoso desarrollo de las modernas tecnologías de las energías renovables.

En el plano político, una voluntad global mayoritaria se expresó de modo contundente a través del Acuerdo de París adoptado en 2015, que estableció un objetivo climático esencial, no superar un aumento de la temperatura promedio global de 2°C. Ahora, cumplir ese objetivo significa, de manera inequívoca, el abandono de los combustibles fósiles para mediados de este siglo y su reemplazo por fuentes renovables y limpias. Los combustibles fósiles son la principal fuente de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, la causa principal del calentamiento global. En tan sólo 35 años, la “era del petróleo”, en la que hemos vivido a lo largo de nuestras vidas, deberá cerrarse de manera definitiva.

Por otro lado, el veloz desarrollo tecnológico actual permite que la transición energética tenga un sustento sólido y prometedor. La madurez tecnológica alcanzada por las energías renovables y los dispositivos de almacenamiento ha permitido que se logren niveles muy altos de crecimiento en todo el mundo y una permanente baja en sus costos. Por su parte, la movilidad eléctrica, que ya ha despegado, augura un despliegue exponencial en los próximos años.

Tengamos en cuenta que durante los próximos 10 años deberemos reducir a la mitad nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, algo así como disminuir a la mitad el actual consumo de combustibles fósiles. La descarbonización impone un desafío doble, ya que se trata de una transformación profunda y que debe desarrollarse en forma veloz.

El tiempo del “gradualismo” climático, el de una transición suave, lo hemos perdido por la inacción de los últimos 20 años. Ahora debemos comenzar a reducir emisiones de manera drástica, a más tardar a partir de 2020. Este cambio abrupto genera dudas y temores justificados en la sociedad y desconfianza en el mundo político. Es necesario entender que surgirán tensiones importantes. La transición genera ganadores y perdedores, una economía nueva surge y otra, basada en los fósiles, debe terminar ¿Habrá voluntad política, recursos económicos y dinamismo social suficiente como para hacer una transición justa, equilibrada y no traumática?

En el plano tecnológico no parecen existir mayores dificultades, más bien podemos inferir que tenemos las herramientas tecnológicas para acelerar la transición energética y, además, sus impactos económicos serán beneficiosos y sostenibles. El dilema político aparece en el corto y mediano plazo, ya que habrá que administrar pujas de intereses, descontento social, compensaciones diversas y construir liderazgos bien informados y comprometidos.

Sin embargo, lo que ha comenzado a surgir por estos tiempos son expresiones políticas de rechazo a lo que se conoce como “acción climática” – entendida como la adopción de políticas tendientes a descarbonizar la economía-, buscando eludir responsabilidades, aferrarse al status quo o, al menos, demorar los cambios el mayor tiempo posible.

Es cierto que, desde el inicio de las negociaciones en torno al cambio climático ha existido una resistencia basada en el “negacionismo”, que no reconoce ni el fenómeno en cuestión ni la validez de la ciencia climática. Pero ese “negacionismo” fue mermando durante el proceso de negociaciones que derivó en el Acuerdo de París. Hoy lo que viene surgiendo con fuerza son otras formas de rechazo que ya no niegan el fenómeno, sino que se desentienden del problema. Los liderazgos nacionalistas y conservadores de Donald Trump en Estados Unidos y de Jair Bolsonaro en Brasil son un ejemplo de esta nueva corriente que se opone directamente a la acción climática, adoptando una prédica basada, sobre todo, en la defensa de sus economías nacionales.  

El desencadenante que motivó las masivas y violentas protestas de los “chalecos amarillos” en Francia fue el aumento en los combustibles por la aplicación de una tasa a los fósiles. Si bien no fue la causa única, este episodio nos preanuncia lo difícil que será el proceso de cambio y la necesidad de liderazgos sociales y políticos que comprendan este cuadro. Por lo general, todos nos referimos a la transición energética por sus aspectos atractivos y prometedores, pero suelen esquivarse estos aspectos conflictivos, de difícil resolución.

En este sentido, Trump representa con crudeza a aquellos sectores políticos tentados a no asumir la responsabilidad que les toca, y contarán para ello con una ciudadanía asustada ante un cambio que les complicaría aún más su presente de angustias. Es un gran riesgo que la política se vea dominada por la tentación de pretender demorar el cambio. El retraso que estos liderazgos pueden generar en la acción climática representa un costo enorme para todos.

Acorde a lo que describen los pronósticos globales, los desastres climáticos y el deterioro progresivo de fuentes de recursos alimentarios serán extremadamente graves. Recordemos que un evento como la sequía que sufrió nuestro país en 2018 representó un impacto de unos 6.000 millones de dólares y deterioró severamente la economía nacional. Si fenómenos como ese comienzan a tener una mayor frecuencia, tal como se espera que suceda, es claro que no pasará mucho tiempo para que lo que hoy es un infortunio doméstico escale a una controversia internacional. Es otra postal anticipada de lo que se viene. (II)

Quienes advertimos de la necesidad de acelerar la transición energética debemos asumir con responsabilidad su complejidad. Es preciso ser conscientes que la desactivación de los fósiles supone necesariamente un serio problema para las economías regionales, enclaves industriales y polos productivos asociados a los hidrocarburos. Todas esas economías deberán transitar de un mundo fósil a otro completamente diferente en muy pocos años. Es factible hacerlo y es un deber, ya que la demora no es ya una opción válida. La transición hacia una economía descarbonizada es el desafío que caracterizará el Siglo XXI.

(I) Nota originalmente publicada en Infobae el 17/1/19. Esta versión contiene actualizaciones.

(II) La estimación de US$ 6.000 millones corresponde al informe “Counting The Cost: A Year of Climate Breakdown” (27/12/18) de Christian Aid. Según un informe publicado por la Bolsa de Comercio de Rosario, esa cifra se estima en US$ 8.000 millones!.

Written by Juan Carlos Villalonga