En base a un texto que originalmente publiqué en Facebook el 19 de julio del año pasado, quiero ahora ampliarlo para enfatizar algunas verdaderas malas artes que se practican en las redes sociales, o simplemente, a veces se trata de simple mala onda con el universo no del todo bien administrada.

La redes sociales son instrumentos radicales de comunicación que han cambiado muchas conductas de la vida cotidiana, que nos permiten interacciones impensadas sólo algunos años atrás. Nos permiten ser parte de una conversación mayor que no podríamos sostener de otro modo. Mucho se ha escrito sobre el excesivo narcisismo, la falta de pudor y el manejo irresponsable de las mismas. También se señala el imperio de la imagen y los textos breves por sobre toda reflexión pormenorizada y bien escrita.

No me es claro si las redes sociales realmente nos alejan de la escritura y la lectura. Pero en líneas generales, creo que es mucho más lo que nos dan que las cosas negativas o lo que perdemos con ellas. Según Jeremy Rifkin, son un instrumento que está potenciando una empatía global que debemos destacar. Esto nos habla de cualidades potenciales y esperanzadoras de las redes sociales.

Sin embargo esto no siempre es así y, con bastante frecuencia, todo lo contrario.

Si usáramos las redes sociales como un espacio de intercambio para entender, entendernos, comprender mejor a los otros y los asuntos que nos interesan, tal vez nos demos cuenta de cuánto se pierde en discusiones y en la búsqueda permanente del disenso.

Pareciera que acordar, o expresar un disenso de manera correcta, amistosa y cordial, es una conducta que en las redes sociales no es común. Más bien, el estilo imperante es una rápida escalada de provocaciones y agresiones, que en muchos casos, muestran que ni se ha leído correctamente  a quien se responde. Se pierden energías en crear disensos o en encontrar rápidamente las diferencias. Anatomía de un troll

En tanto ágora pública, hay quienes vamos a las redes sociales a parlamentar y conversar sobre diferentes asuntos con nuestros vínculos –“amigos” o “seguidores”—a veces sobre simples banalidades, otras, procurando intercambiar información y pareceres sobre asuntos públicos de interés general.

Sin embargo, en la lógica de la comunicación en las redes prevalece un modo binario des-balanceado: un click en “me gusta” refleja un acuerdo o apoyo a lo que se publica, sin embargo, un “no me gusta” no se traduce en un simple click. El disenso y el modo de expresarlo suele traducirse frecuentemente en una catarata de descalificaciones y en manifestaciones de total desprecio por lo que otro ha dicho. Esa es, lamentablemente, la dinámica dominante. 

Deberíamos utilizar las redes sociales para encontrarnos, para co-incidir (incidir juntos en la realidad). Aunque estemos físicamente lejos, aunque no seamos iguales, aunque pensemos un tanto diferente, siempre hay un espacio común. Precisamente, las redes nos deberían facilitar encontrar nuestros espacios comunes con los demás. Sin embargo, son usadas con demasiada frecuencia como escenario público para las provocaciones, los prejuicios y mostrar con desparpajo, y penosamente, cuánto descreimiento y cinismo hemos sabido acumular en nuestras cabezas.

Otro fenómeno indeseable es que muchas de esas provocaciones no son otra cosa que la manifestación de pequeñas y venenosas  expresiones disparadas por envidias, celos, despechos, frustraciones o pura impotencia.

Hace poco leía una nota en donde se  describía el riesgo que significa para cualquier empresa o empleador la combinación entre un empleado despechado y las redes sociales. La nota en cuestión la transcribo más abajo, me parece muy útil. Su conclusión es sencilla y desalentadora: no hay mucho o muy poco para hacer. A modo de consuelo, señala que “Lo bueno también se difunde, pero en menor medida. No obstante, si una empresa o un funcionario tienen un buen prestigio ganado, serán menos creíbles las acusaciones negativas. Es el mejor antídoto.”

Las discusiones frenéticas, las obsesiones y la necesidad de descargar ataques a mansalva en las redes sociales son un fenómeno muy conocido hoy. A esto debemos sumar el ejercito de investigadores free lance, entusiastas de la “libertad de información” que consideran que cualquier basura hecha texto debe ser publicado, sin constatar origen, veracidad o idoneidad del autor.

También aparecen aquellos que no pueden con su alma detectivesca, por decirlo de un modo elegante, y andan patrullando las redes sociales buscando el error del prójimo. Incluso se han desarrollado sistemas que hasta revelan si uno ha borrado un tuit! Para los que solemos tener que redactar las cosas un par de veces por errores de tipeo somos delatados como si fuésemos vándalos o algo parecido. En fin, personajes que montan un estado policial de vigilancia y un clima de paranoia.

También están los picaros que roban datos ilegalmente y luego pasan por investigadores y paladines de la libertad de palabra y le revelan al mundo información “sensible”.

Así la fauna electrónica de las redes sociales se multiplica. Espero que esto sólo sea un mal momento de la historia de internet.

Personalmente, me encuentro con frecuencia con gente (“amigos” o “seguidores”) que necesitan descargar su odio a través de mi propio Facebook de manera casi compulsiva. No puedo menos que dejarlos que se tranquilicen y esperar que se les pase. El diálogo los incentiva aún más ya que necesitan de la polémica y el peor error sería una respuesta que no sea amable, en tal caso, tienen la situación soñada: una polémica en el tono crispado que buscan denodadamente.

Por lo general, el tópico que plantean podría, potencialmente, ser de gran interés para el debate o el intercambio de opiniones: política pública, religión o temas internacionales. Cualquiera de esos temas podrían ser grandes conversaciones, pero lamentablemente, estos personajes descubrieron a través de las redes que son portadores de una súbita claridad y sabiduría, lo que les permite sermonear a media humanidad.

No importa de qué se trata, desde la soledad y frente a un teclado, vomitan su resentimientos, sus prejuicios y odios en forma de juicios terminantes y condenatorios. Su mundo está lleno de grandes verdades, ideas absolutas y una lógica binaria exasperante. Replican, en cierto modo, el clima de debate que se ha instalado en la tv en programas como “Intratables”, un modelo de debate basado en chicanas, provocaciones, conceptos duros y superposición inaudible de voces.

Así, estos personajes suelen interponerse frente a las buenas cualidades y las potencialidades de las redes sociales, precisamente, generando el ruido suficiente para que el diálogo no puede sostenerse y, entonces, la conversación sana debe retirarse, esperando mejores tiempos para volver.

Cali

“El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de certezas” Charles Bukowski

Cuidado con los despechados y su poder en las redes

Por Jorge Mosqueira | LA NACION

Angry Bird es un juego online que ha tenido más de 1000 millones de descargas, lo que demuestra el enorme nivel de su éxito. La revista The Economist ha titulado, con gran acierto, un artículo con las siguientes palabras: “Beware the angry birds” (“Cuidado con los pájaros enojados”). La base argumental del juego es una guerra que se produce entre unos cerdos que gustan comer huevos de pájaros, los cuales son defendidos por las aves. Los logros y fracasos durante el desarrollo del juego llevan a distintos niveles, como premios y recompensas. Es decir, lo habitual.

La advertencia del título en The Economist hace referencia a que, en los tiempos que corren, las empresas y también sus responsables se encuentran expuestos como nunca lo fueron antes.

Una cadena de mensajes a través de Twitter, Facebook o cualquier otra, puede destruir la posición y el prestigio obtenido tanto interna como externamente durante años. La comparación sobre cómo han cambiado los tiempos es muy ilustrativa: “Durante las dos semanas siguientes tras el vertido de crudo de Exxon Valdez en Alaska, en 1989, las acciones de Exxon perdieron un 3,9% de su valor, pero se recuperaron rápidamente. Durante los dos meses posteriores al vertido de petróleo en el Golfo de México de BP en 2010, el valor del petróleo de la petrolera británica cayó a la mitad [y aún hoy no se han recuperado completamente]”.

La realidad de las empresas ha cambiado radicalmente, desde el punto de vista de su exposición. Dejaron de ser ámbitos cerrados y cualquiera puede convertirse en delator. El ejemplo más contundente es el de Julian Assange y la publicación de WikiLeaks, que introdujo a un informante, Edward Snowden, nada menos que en organismos de inteligencia de los Estados Unidos. Un simple pendrive puede dar lugar a la difusión de informes y conversaciones que pretendían ser privadas y confidenciales. El espionaje industrial, tan complicado en otras épocas, hoy es un camino fácil para cualquiera que lo intente.

Pero la cuestión va más allá, porque el acceso a la información, incluyendo la más delicada, puede tener una circulación viral con consecuencias imposibles de prever. Un empleado despedido que, a su criterio, es el resultado de una acción injusta, tiene la posibilidad de hablar pestes de la empresa, con datos y fundamentos tan sólidos que la mayoría de los que reciben el mensaje lo creerán a pie juntillas. Ni siquiera es necesario firmarlo con su verdadero nombre y apellido.

Aceptar esta situación puede dar paso a una paranoia institucional. Todos los empleados, de cualquier nivel, se convertirían en desconfiables por naturaleza. El poder de la información se ha diseminado por todo el conjunto de la población interna. De algún modo, pueden ser una amenaza. La manera de sortear esta situación, según diversos consultores, es cuidar que cualquier comentario imprudente quede registrado en un mail u otro registro informático, pero no mucho más. Los búnkeres del Directorio se han transformado en cajas de cristal. En el artículo que hacemos referencia, opina Eric Dezenhall “que la mejor defensa, en la era actual de escándalo global e instantáneo, es ser bueno en tu trabajo”.

Lo bueno también se difunde, pero en menor medida. No obstante, si una empresa o un funcionario tienen un buen prestigio ganado, serán menos creíbles las acusaciones negativas. Es el mejor antídoto..

Source: Tester de Violencia

Written by Juan Echeverria