Hay varias ideas erróneas o cargadas de prejuicios acerca de conceptos tales como deuda, decease crédito, deuda externa, bonos y tantas otras vinculadas a la economía. Entiendo que las malas políticas históricas relacionadas a estos temas hicieron mella en la percepción generalizada sobre estos conceptos. Pero eso no justifica repetir hasta el cansancio equívocos o medias verdades.

Veo, por ejemplo, dos errores frecuentes: a) culpabilizar a la banca internacional, Banco Mundial y al FMI de manera sistemática e indiscriminada; y b) Tener una visión errónea acerca del crédito internacional y el endeudamiento.

Sobre  el primer punto:

La historia negra del endeudamiento argentino, fundamentalmente durante la década  del 70  y años posteriores, al igual que en muchos otros países de la región, generaron la gran crisis de la deuda a mediados de la década de los 80. Fueron préstamos otorgados sin ton ni son a gobiernos ilegítimos e irresponsables y cuyos propósitos eran muy poco claros o sin ningún sentido social.

La propia CEPAL acuñó la expresión «la década perdida» a las zozobras económicas y sociales vividas por la región de América Latina debido a  la gran crisis de la deuda externa durante los años 80. Quiero recordar que en aquellos años, Raúl Alfonsín realizó ingentes esfuerzos para crear un agrupamiento de los países deudores y así enfrentar conjuntamente una renegociación y tener mayor capacidad negociadora. Fracasó por los antagonismos, egoísmos y falta de visión política de la mayoría de los gobiernos de la región. Gran oportunidad perdida.

Luego de esa década, en medio de una ola de críticas crecientes, se iniciaron diversos procesos de revisión de las políticas de los organismos financieros internacionales. La crisis  en América Latina, similar a muchas otras sufridas en distintas regiones del planeta, provocaron algunos cambios significativos en el sistema multilateral de crédito. Cuando en 1994 se conmemoró el 50 aniversario de las instituciones emergidas del acuerdo de Bretton Woods,  Banco Mundial (en realidad, Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), estas instituciones se encontraban ya en un proceso de revisión y de evaluación por parte de organizaciones sociales de todo tipo y que eran fuertemente críticas de la actuación de esas instituciones.

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Durante la década de los 90, muchos procesos se dieron, particularmente en el seno de la ONU, que generaron nuevos  mecanismos de transparencia y procedimientos que permitieron la revisión de las políticas de desarrollo promovidas por la banca multilateral, entre otros elementos, incorporando participación ciudadana en tales  procedimientos. Desde entonces, la actuación, el control y las políticas de esos organismos de la ONU, así como de muchos otros, como el BID en nuestra región, fue cambiando notablemente. Pero la historia negra en nuestra región dejó su marca.

El endeudamiento y el pésimo manejo de la misma en las últimas dos décadas, corresponde casi exclusivamente, a nuestras propias falencias políticas, como haber sostenido una ficción fenomenal como fue el «1 a 1» de los 90. No quiero hacer aquí una historia de la deuda argentina, tan sólo quiero señalar algunas características del procesos de endeudamiento y hasta dónde fuimos víctimas y hasta dónde responsables.

Las críticas y diatribas contra el Banco Mundial, FMI y otros organismos, que se realizan en formato de slogan y consignas, en la mayoría de los casos, me resultan en consignas pasadas de moda. Más como un producto de una lectura de libros viejos de que la realidad que hoy vivimos. Desde  hace años, una de las estrategias más efectivas de los movimientos sociales para frenar proyectos destructivos o poco razonables, es apelando a los organismos de financiamiento. Estos organismos comenzaron a ser, por lejos, el eslabón más débil (o sensible) en la cadena de decisiones,  mucho más que los propios gobiernos y las corporaciones.

Para que nos entendamos, no estoy diciendo que sean organismos exentos de culpas ni errores. Digo, no son los mismos organismos que eran hace 3 o 4 décadas atrás. Mecanismos de transparencia, revisión y de participación ciudadana, hoy nos dan un reaseguro mucho mayor que hace  años. Puedo asegurar que los requisistos ambientales y de licencia social son hoy más altos en esos organismos que en la mayoría de los gobiernos.

Por lo segundo:

Existe un prejuicio acerca del «endeudamiento» o en «tomar deuda» por parte de los Estados. La verdad que aquí también, las malas prácticas han generado un prejuicio equivocado. Tomar crédito es la manera más razonable para enfrentar grandes gastos que debe realizar un Estado, básicamente, para realizar obras de infraestructura. Por ejemplo, la realización de una gran obra energética, una obra ferroviaria o vial, las que pueden costar varios miles de millones de dólares.

Tomemos dos ejemplos:

  • Hidroeléctricas Río Santa Cruz: 4.800 millones de dólares.
  • Soterramiento ferrocarril Sarmiento: 3.000 millones de dólares.

Estos son dos ejemplos de obras de infraestructura cuya vida útil y prestación de servicios son de largo plazo y cuya inversión es muy difícil que un gobierno pueda afrontar con el presupuesto usual. Hacerlo, significaría castigar económicamente a los actuales contribuyentes con una enorme carga impositiva o restricciones en otros servicios del Estado, cuando el beneficio de la obra será aprovechado por los ciudadanos a lo largo de 20, 30 o 40 años. Entonces, el crédito sirve para hacerse del dinero, afrontar la obra y poder pagar a lo largo del tiempo, repartiendo la carga entre los beneficiarios de la misma, a lo largo de los años en que se usufructúa de los beneficios de la obra misma. Este es el aspecto equitativo intergeneracional que tiene el crédito.

La manera más simple de verlo es que permite afrontar el pago de la obra o del bien de uso que podrá ser pagado con el beneficio de la misma (energía, servicio de transporte, etc.). Es lo mismo que sucede cuando uno utiliza un crédito hipotecario para adquirir una vivienda, se paga el crédito con el ahorro que significa dejar de alquilar. Es decir, endeudarse no es algo en si mismo malo. Es un modo virtuoso de emprender un gran gasto, ya sea una casa o una inversión productiva. Como cuando alguien quiere iniciar un negocio o emprendimiento productivo.

El endeudameinto comienza a ser malo cuando el pago de las deudas comienzan a superar el flujo de caja o nuestros ingresos usuales o cuando se lo utiliza para financiar los castos corrientes, como por ejemplo, mantener a un precio artificialmente bajo el dólar, como lo hemos hecho ususalmente.

Entonces, quienes repudian la adquisición de deuda sin distinguir las condiciones y las razones de esa deuda incurren en un error.

Son dos comentarios para oxigenar un poco el debate y no estar repitiendo o dando vueltas sobre ideas estáticas y poco realistas. Y  por favor, no saquen conclusiones apresuradas, no soy un defensor acrítico del sistema financiero internacional, ni considero que la la totalidad de la deuda argentina haya tenido un origen virtuoso. Si?

Written by Juan Carlos Villalonga