El hombre que le puso música a la Quebrada

Con el doble propósito de recordar que esta semana se cumple un año de la muerte de Ricardo Vilca y seguir rescatando el material del anterior blog, medical quiero publicar la nota que en ese momento sacó Página/12. Ricardo Vilca es un músico de características extraordinarias. Sobresale su sencillez y profundidad. Recomiendo su música, una mezcla de viaje interior y por la Puna. Músico admirado por muchos y un enorme desconocido. Vale dedicarle este espacio.

Cali


Página/12, Miércoles, 20 de Junio de 2007
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El hombre que le puso música a la Quebrada

No quiso, cheap no supo o no pudo dejar Humahuaca, y allí lo espera hoy una multitud para darle el último adiós. Compositor, cantante, guitarrista, maestro de música, Vilca era un interlocutor natural del paisaje quebradeño.

Por Karina Micheletto

La Quebrada de Humahuaca es inaprensible para el ojo del visitante. Un pueblo como Huamahuaca lo es, así fijado en el tiempo y el espacio, una perfecta postal de tonos ocres. Uno puede ir y volver a la Quebrada, admirar una y otra vez tanta belleza distinguible de lo conocido, pero nunca alcanzará a capturarla del todo. Los ojos del que llega siempre serán extranjeros, extrañados; tanto más si son los de esos visitantes que pretenden no serlo, en ese gesto siempre patético del disfrazado. El oído del visitante, en cambio, es capaz de captar algo de todo ese paisaje inaprensible; puede guardarlo en la memoria como una presencia cierta, hospital verdadera. La música tiene esa virtud poderosa: la de tender puentes, y hasta hacer desaparecer distancias. Ricardo Vilca fue uno de los que ofrecieron, desde la Quebrada, algunos de esos puentes posibles. Refinada y típica a la vez, sabia, podría decirse, jamás domesticada, su música fue para muchos una forma de descubrir, conocer y admirar el paisaje quebradeño. Ricardo Vilca falleció ayer a los 54 años, tras sufrir una neumonía que derivó en complicaciones hepáticas. Su música seguirá contando y cantando a la Quebrada más allá de las fronteras regionales, aun cuando el mismo autor no quiso, no supo o no pudo dejar Humahuaca para encarar lo que hoy se conoce como carrera artística.

Entre los puentes que tendió Ricardo Vilca están los que llegaron a los más jóvenes junto a la música de Divididos o de León Gieco. Los primeros incorporaron, no bien lo descubrieron, su tema “Guanuqueando” (que Vilca había compuesto en honor a su amigo, el instrumentista Carlos Guanuco), invitándolo a tocar con ellos en varias ocasiones. Gieco le puso letra a su “Plegaria de sikus y campanas”, con un nuevo nombre, “Rey mago de las nubes”. En Humahuaca, y en ocasiones especiales como la fiesta del Tantanakuy, a Vilca lo hacía feliz mostrar esta obra con las campanas de la iglesia principal de su pueblo, las mismas que, según explicaba, influían determinantemente en la musicalidad con la que parecen nacer dotados todos los lugareños, que “escuchan y aman este sonido desde la panza de las guaguas”, según decía Vilca, en el tono bajo de su voz.

Hijo de un empleado del ferrocarril que fue maquinista de una locomotora a vapor, Vilca fue incorporando a su música los sonidos que lo rodeaban. El viento y el silencio profundo de la Quebrada, el vuelo de las aves y el andar de las llamas, y también las campanas de la plaza, o el tren que llevaba a su padre, suenan en su música. Por eso hizo canciones como “El último tren”, que llevan el sonido de la máquina en marcha. “En la Puna cada ruido merece su atención. Yo los escucho, me inspiro y los musicalizo”, explicaba en una entrevista a este diario. También supo incorporar la música clásica, que amaba y admiraba: en su “Homenaje a Bach”, por ejemplo, hizo sonar y bailar a Johann Sebastian en plena Puna.

Compositor, cantante, guitarrista, Vilca fue también maestro de música, un oficio que, ejercido en lugares como Humahuaca o Tilcara, lo transformó en maestro rural, y en San Salvador de Jujuy lo llevó al conservatorio. Tenía “estrategias” para enseñar. Entre otras, el Himno Nacional y “Aurora” en ritmo de carnavalito. “A los alumnos no les gusta cantar el Himno tradicional. Se aburren. En cambio así lo cantan, aprenden y se divierten”, explicaba. Contaba que su música también se había nutrido de su labor docente. Todos los domingos, religiosamente, actuaba en la Casa del Tantanakuy de Humahuaca, “un honor para el lugar”, tal como lo recuerda con agradecimiento el músico Juan Cruz Torres, coordinador de ese centro cultural.


Antes de hacer su propia música, Vilca tocó en conjuntos como Sonido Libre, donde abundaba la cumbia. Con el grupo Ricardo Vilca y sus Amigos grabó los discos Música del Altiplano. La Magia de mi raza (1993), Nuevo día (2000) y Majada de sueños (2003). Películas de distinta calidad también llevan su música, que en ocasiones termina siendo un paisaje más verdadero que el de esas imágenes consumidas por extranjeros con ganas de exotismo en museos de la Recoleta: Río arriba, de Ulises de la Orden (que sigue en cartel en el Malba); Una estrella y dos cafés, de Alberto Le-cchi; El destino, de Miguel Pereyra, que se estrena el próximo jueves. Entre los reconocimientos oficiales figura el que en 1983 recibió de la Unesco, por su contribución cultural a la Quebrada.

El municipio de Humahuaca declaró tres días de duelo con la bandera a media asta e invitó a un cese de actividades en el sector privado para despedir hoy los restos del músico. Ayer, mientras el sol se ponía, los amigos músicos de Vilca (los integrantes del grupo Ricardo Vilca y sus Amigos, pero también todos los músicos de Humahuaca, que, se sabe, son muchos) esperaban la llegada de los restos desde San Salvador de Jujuy, donde Vilca había sido internado hacía dos semanas. Iban a despedir al amigo con su música, transformando la pena en un baile compartido.

Palabras para una pérdida

– Tomás Lipán: “Lo primero que se me aparece en el recuerdo de Vilca es su hombría de bien. Era un hombre muy dado a los demás, a veces demasiado. Por ahí yo lo aconsejaba: ‘Cuidado, Ricardito, que no se abusen…’ Adonde lo llamaran, él iba, con su guitarrita y sus músicos. Fue un hombre bueno, en todo sentido. De los que siempre tienen las puertas de su casa abiertas. Y también un hombre sabio, un músico de una sensibilidad enorme. Yo siempre decía que Ricardo era nuestro Beethoven, nuestro Mozart, porque fue un revolucionario de la música de la Quebrada. Expresaba su sentir como quebradeño, hacía música desde Humahuaca, con los sonidos que lo rodearon desde la cuna; pero sus obras no eran del común de la música de la región que uno viene escuchando. Sus composiciones se apartan de lo quebradeño más típico, y a la vez transmiten una gran sabiduría, por eso logran enquistarse dentro del corazón de los demás. Hoy siento el dolor de la partida de un amigo, un hermano y un genial músico. Sólo me queda una resignación, y es que sus obras están con nosotros. Está vivo en su música”.

– Fortunato Ramos: “A Ricardo lo recuerdo por su espíritu, su grandeza y su gran humildad. Era, sobre todo, un muchacho muy humilde, calladito, silencioso y, sin dejar de lado esa forma de ser, era un maestro. No solamente porque era maestro de música en las escuelas rurales o porque sus creaciones han recorrido el mundo. Con su estilo, él les contó a todos cómo es la Quebrada. En su música mostró desde el silencio hasta el sonido de los elementos naturales de la región, y también los animales, o las campanas. Lo que él lograba era como poesía musical. Tengo una grabación que se llama Fortunato dice sus poemas, donde él me acompaña en la música. ¡Qué lindo, qué suerte que pude compartir tantas cosas con él!”

– Jaime Torres: “Siento que con Ricardo Vilca ocurre lo mismo que con tantos artistas que, lamentable y dolorosamente, juegan siempre este papel. Reconocemos su valor recién cuando no están, cuando nos faltan. Pareciera que nos cuesta mucho una palabra de apoyo, de aliento, en vida. Seguramente en este momento hay un manto muy oscuro en la Quebrada de Humahuaca, porque se fue uno de sus hijos predilectos, que tanto le ha cantado, con amor, con hondura y con conocimiento. Nunca olvidaremos esa modestia y esa humildad que lo caracterizaban. A ese maestro que se trasladaba en un colectivo por los pueblitos, a altas horas de la noche, para ir y entregar lo suyo. Hoy soy uno más de los que lamentamos no haberle entregado más cosas a un hombre que siempre se valió sólo de sí mismo. Fue un artista que no esperó nada de nadie y que siempre se brindó”.

– Tukuta Gordillo: “La muerte de Ricardo es una mochila muy dura, porque éramos compinches de un montón de cosas. El fue el más fino e iluminado de nosotros, el que comprendió que la música es un elemento más de la naturaleza, y por eso hizo sonar la música de los zafreros, de los hacheros, de los andinos, y el sonido profundo del hombre parado en medio del todo y de la nada, que es la Puna”.