Quiero compartir una nota del gran columnista Jorge Fernández Diaz de La Nación de hoy. Pero antes, quiero hacer algunos comentarios.

Argentina enfrenta, y por muchas razones, la necesidad de un programa de desarrollo intenso durante los próximos años (10?, 15? 20?) de modo tal que alcancemos a tener una infraestructura educativa, sanitaria, en comunicaciones, transporte y energética diseñada para los 40 millones de habitantes del país. Hoy estamos lejos de semejante objetivo, y esa lejanía se debe a las pésimas políticas económicas y sociales aplicadas durante décadas. Así las cosas.

Cuando se habla de un programa de desarrollo intenso, de “desarrollismo” y tales conceptos están en alza y logran gran respaldo político, debemos entonces resguardar seriamente algunas condiciones que  el “desarrollismo” del siglo XXI no puede dejar de reconocer.

                      Pilares de la Economía Verde

En primer lugar, el concepto central que el industrialismo y el desarrollismo del siglo XX desconoció y procuró ocultar al máximo posible es que el planeta tiene sus límites y esos límites ya están traspasados, por lo tanto hay que pensar las cosas de un modo bastante diferente. Cuando comenzó a hablarse de “Desarrollo Sustentable” se aplicó una fórmula aspiracional que reflejaba esos límites diciendo que el desarrollo debía “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades”. En tal enunciado está presente no sólo los límites de la naturaleza, sino también un principio de solidaridad presente e intergeneracional. Esto último no es trivial porque implica abandonar una idea muy arraigada en el desarrollismo, que en el mañana se generarán las condiciones para que la escasez sea resuelta con más desarrollo tecnológico y económico. Un optimismo que carece de sustento, sólo ha servido para no hacerse cargo del futuro.

En un paso para precisar estos conceptos en algún tipo de formulación más concreta en términos económicos, el concepto de “economía verde” comenzó a explicitarse poco a poco. Esta idea económica enuncia tres pilares sobre los que deberán adoptarse todas las decisiones y herramientas económicas: Una economía eficiente en materia de recursos naturales (renovables y no renovables); ser una economía baja en emisiones de carbono, en virtud de que el cambio climático es uno de los límites más severos que enfrentamos; y ser una economía inclusiva para todos, ya que la marginación social es inaceptable moralmente  y un impedimento para aliviar las tensiones sociales que nos alejan de la sostenibilidad.

Una economía verde puede generar el mismo nivel de crecimiento y empleo que una economía marrón, teniendo un mejor desempeño que ésta a mediano y largo plazo y generando unos beneficios ambientales y sociales significativamente mayores. Existen, por supuesto, muchos riesgos y desafíos en este camino. El cambio hacia una economía verde exigirá que los líderes mundiales, la sociedad civil y las empresas más importantes emprendan esta transición de forma colaborativa. Será necesario el esfuerzo sostenido de quienes formulan las políticas y sus electores para analizar y redefinir las formas tradicionales de medir la riqueza, la prosperidad y el bienestar. No obstante, es posible que el mayor riesgo sea el de permanecer en el statu quo.

Estos desafíos y encrucijadas debe transitarse más temprano que tarde en Argentina. Entre tanto, volviendo a la política de estos días y en plena campaña, ojalá sirva esta nota de Fernández Díaz para incentivar a pensar cómo a un programa de desarrollo inevitable se lo enriquece con conceptos propios de este siglo. Sería muy peligroso que sólo sea nutrido con visiones que, por más inspiradoras que hayan sido, nacieron en un contexto local y global totalmente diferente al actual.

Cali

 

Una encrucijada ideológica para Mauricio Macri

La Nación, Domingo  23 DE JULIO DE 2017

“No hay una interna ideológica en nuestro equipo, hay una batalla íntima en la cabeza del Presidente.” La intrigante revelación la susur

Rogelio Frigerio escribió a fines de los años 50 un libro fundamental, que la Universidad de Lanús rescatará pronto del olvido, y que tal vez le convendría repasar al Presidente, a sus ministros, a los opositores demagógicos que presumen del palo, a muchos politólogos y a los propios monetaristas. El texto se llama “Las condiciones de la victoria” y a pesar de que el mundo ha cambiado (fin de la Guerra Fría, globalización, revolución tecnológica) guarda una vigencia asombrosa, aunque para releerlo con provecho sea preciso desprenderlo de la experiencia específica de Frondizi, que está constreñida a un tiempo donde los militares condicionaban con las armas y el justicialismo proscripto entraba en guerra, básicamente cooptado por una inflexible corriente de izquierda nacional liderada por Cooke. La obra de Frigerio alude a ese período tan particular, pero se eleva para la construcción de un proyecto sin tiempo. Formado en el marxismo, el director de la revista “Qué” no se limita a copiar ni a importar un modelo; lo dibuja con rigor científico e intelectual sobre la base de la mismísima idiosincrasia argentina. Toma lo mejor del peronismo y del radicalismo, de los liberales y de los nacionalistas, y produce una síntesis que deja afuera los errores de esas doctrinas e integra sus mejores valores en un mismo sistema. Critica cada una de esas posiciones (tiene incluso una teoría de la historia que supera la división entre liberales y revisionistas) y acepta de ellas las piezas esenciales. Con esa ocurrencia articulada, que otros hubieran transformado en una ensalada pero que él convierte en un mecanismo de relojería, responde a tres premisas del inconsciente colectivo: todos tienen una parte de la verdad, todos deben estar adentro para cerrar las grietas, todos propenden al centro más allá de las desmesuras. La justicia social del peronismo histórico, el institucionalismo radical, el amor por las inversiones extranjeras del liberalismo y la defensa del trabajo local de los proteccionistas pueden convivir. Bachelet, muchos años más tarde, lo pondría en estos términos: “Acá no sobra nadie”.

Rogelio Frigerio 1914-2006)

Menem le juró a Albino Gómez que era frondizista, Kirchner le pidió a Bordón que armara un plan a la manera de Frigerio, y Dujovne se siente mitad desarrollista y mitad radical. Tanto en el kirchnerismo como en otras variantes justicialistas, socialdemócratas e independientes, muchísimos dirigentes declaman los mismo, aunque lo interpretan de distintas formas. Se podría decir, parafraseando a Perón, que a esta altura del partido todos somos desarrollistas. Pero lo cierto es que el desarrollismo parece un alma en pena y en busca de un cuerpo, un mito añorado pero eternamente saboteado por la comunidad política; su derrotero coincide, por contraste, con la decadencia autodestructiva en la que estuvimos inmersos a lo largo de tantas décadas de frustración y malentendidos.

 

Written by Juan Carlos Villalonga