“estás enferma de frustración…”

Quiero destacar la nota de opinión de Jorge Lanata de hoy en Crítica (y su predecesora de ayer). En estos días he visto cómo el cinismo canchero argentino y la profunda frustración que arrastramos, brotó con particular vigor.



La asunción de Barack Obama despertó en muchos una urgente necesidad de descalificar y ningunear al nuevo presidente de Estados Unidos. Caramba.



No detectar y ponderar la magnitud de la expectativa que generó a escala mundial la llegada de Obama, es no interpretar la fragilidad de algunas cuantas cosas en el mundo que penden de algunos hilos a los que Obama ahora tendrá acceso. Creo que la expectativa y la esperanza se justifican. Eso no es garantía de nada, por supuesto.



“Demócratas y republicanos son lo mismo”, frase obvia o estúpida, según lo que se quiera decir. No inteligente en ningún caso. Ambos partidos defienden las instituciones de la democracia de los Estados Unidos y ese combo implica que ninguno piensa en desmantelar nada estructural en ese sistema, obvio. Si uno lo mira en cuanto a las sutiles diferencias de prioridades internas y externas y el acento que cada uno pone en aspectos económicos, de seguridad, multilateralidad, etc., decir que son lo mismo es la manifestación de un profundo desconocimiento en política internacional. Una verdadera idiotez. Esas “sutiles diferencias”, en semejante país, representan en cada decisión que cientos de miles de personas puedan o no caer al abismo en algún lugar del planeta.



Pero bueno, brotó la argentinidad al palo.



Va la nota de hoy y luego su antecesora de ayer. En el medio, pongo un tema que me sonó en la cabeza cada vez que escuchaba las explicaciones de por qué Obama es un fiasco.



Cali



Zamba de mi esperanza

Jorge Lanata

22.01.2009



“Cuando uno pierde la esperanza se vuelve reaccionario.”

Jorge Guillén, poeta español, 1893-1984.



“La esperanza ha contribuido a perder al género humano.”

Henrik Johan Ibsen, dramaturgo noruego, 1828-1906.



“Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.” (dejad, pues, los que entráis aquí, toda esperanza).

Inscripción en la puerta del infierno según Dante Alighieri en La Divina Comedia.



OK, manga de cínicos, cobardes y frustrados, me convencieron: el Negro no va a cambiar nada. Nada. Ni una puta cosa. Tuve –en la edición de ayer– un momento de debilidad: la musiquita, los niños con los globos frente al Capitolio, el inconcebible moño de Aretha Franklin: demasiado Sony, ya sé. Cometí el pecado de la ingenuidad, escribí en este diario que quizá, que por qué no, que al menos una vez. La jauría me cayó encima:



–¿Pero no ves que no es TAN negro?



–Es la continuidad del capitalismo explotador.



–¡Quiere que su país sea grande, y si su país es grande el nuestro es chico!

–¿Y Vietnam, y Pearl Harbor, y El Salvador y todas las otras películas de Stone?



–Ya lleva un día en el gobierno, ¿no? ¿Y qué hizo? ¿Nacionalizó Wall Street? ¿Disolvió el Fondo Monetario? ¿Condonó la deuda? ¿Bajó el precio del Big Mac?



Amanecí avergonzado de optimismo y hojeé las primeras planas de 721 diarios de 73 países (lo recomiendo, métanse en www.newseum.org ): desde el Al-Ryadh de Arabia Saudita hasta The Dominion Post de Wellington, New Zealand, o The Winnipeg Sun de Canadá, pasando por el Bild alemán o toda la prensa de Nicaragua. Y supe, entonces, que el mundo vive equivocado y los argentinos tenemos razón: todos, en algún lugar, hablaban de esperanza. Pobre gente, ¿no? Deberíamos empezar a avivar giles.



El mundo no discute si el Negro nos va a cagar. El mundo observa que:



• Por primera vez después de Kennedy surge un candidato con una capacidad de liderazgo inusitada.



• Ese candidato crece en base a las nuevas tecnologías y a los aportes de cinco y dos dólares para la campaña en un país donde vota la mitad del electorado.



• El candidato recurre a un discurso épico, de sacrificio y de corrección del rumbo histórico.



• Dos millones de personas asisten durante horas a su ceremonia de asunción, bajo temperaturas de cinco o seis grados bajo cero. No llegaron hasta allí en micros contratados por el gobierno, y –si comieron o tomaron– pagaron por su choripán, tal vez llamado en origen “choribread”.



¿Algo de esto convierte al Negro en el Mesías? No. El Mesías sigue siendo rubio y de barba rala. Tal vez, entonces, el problema sea otro: ¿qué esperan o esperaban del Negro aquellos que hoy sentencian que no cambiará nada?



• Que eliminara la Green Card.



• Que organizara koljós en Arizona.



• Que impusiera la lectura obligatoria de Pierre Proudhon, al grito de: “La propiedad es un robo”.



Es curioso, porque en la confusión mundial, en el terrible error de la Humanidad que se permite creer, quizá, un poco, que Obama sea mejor que Bush, se escuchan voces insólitas:



• En el Centro de Estudios sobre la vida del Che, de próxima inauguración en El Nuevo Vedado, Adelaida March, la última mujer de Guevara, dijo a El País de Madrid:

–Niña, ni Jesucristo sabe lo que va a pasar. Ojalá Obama cumpla y haga un cambio.



• En un programa de televisión en Moscú, Vladimir Putin, primer ministro ruso, le respondió al público que asistía a la emisión en vivo:

–En estos momentos nos están llegando señales de cambios positivos en la relación con los Estados Unidos. Albergamos esperanzas.



• En Medio Oriente, Mahmud Abbas, el presidente palestino, felicitó a Obama, insistió en la palabra esperanza y lo instó a involucrarse inmediatamente en el proceso de paz. El movimiento islamista Hamás se mostró dispuesto a conversar con el nuevo presidente: “No nos oponemos a mantener un diálogo con él. Obama debería aprender de los errores de su predecesor”, dijo Fawzi Barhum, portavoz de Hamás.



¿Y si el Negro no puede? ¿O no quiere, o nunca quiso?



¿Habría sido en vano esperar? Escribí ayer, en este diario, que no: porque la esperanza pone a prueba a quien la genera, pero mejora al que la profesa, a quien puede sostenerla, al que cree que este mundo, alguna vez, comenzará a cambiar en serio.



OPINIÓN

Esperanza

“Durante meses se nos burlaron por hablar de esperanza. Pero siempre supimos que no es optimismo ciego”, les dijo Obama. Quienes lo apoyan hoy son mejores que ayer: volvieron a tener esperanza. Jorge Lanata.

20.01.2009



Lo primero que escuché fue que no era tan negro.



–No es tan negro… –como si la negritud fuera prueba de algo.



Después vi por la televisión su discurso de Chicago. Y el video en YouTube fue lo que me hizo emocionar: Will.i.am y la música de Black Eyed Peas en un rap con Scarlett Johansson, Herbie Hancock, Eric Olsen, John Legend, Jesse Dylan y otros treinta y dos personajes diciendo “Yes, we can”.



–Estos yanquis son increíbles, eh. Saben cómo vender a un tipo…



Y ahí estaba yo, frente a la computadora, hipnotizado como si en la pantalla estuvieran pasando Lo que el viento se llevó. Los inventores de Hollywood tratando de venderme esperanza. Nadie podría hacerlo mejor (solamente, quizá, el Vaticano, la otra formidable fábrica de sueños). Leí a analistas políticos, intelectuales, banqueros, pseudofilósofos –todos los que ahora opinan sobre hechos consumados– diciendo que quizá, que jamás, que era ésta la reformulación del sueño americano, que el imperialismo volvía a atacar, que llegaría tan condicionado que nunca, que tal vez, que al final.



Me encontré una noche en el teatro, pasando el tape de Black Eyed Peas:



–No quiero que lo vean por una razón política sino humana. Creo que alguna vez tenemos que empezar a combatir el cinismo. Tanto cinismo nos oxida el alma, y lo que van a ver tiene la fuerza de la ingenuidad. “Yes, we can”. Parece un cándido aviso de Cola-Cola. Yes, we can. ¿Y si nos miente? ¿Y si el cínico es él, ese que ni siquiera es tan negro? Poco importa, porque el cambio se logró en nosotros: somos menos cínicos, recuperamos nuestra posibilidad de creer en algo, podemos intentarlo otra vez.



Escribo estas líneas en nuestro puto y querido país en el que las palabras han perdido el sentido; fueron vaciadas, gastadas, saben a chicle viejo y seco. País de eufemismos, de frases hechas, de silencios cómplices. Leo, acá, que él dice allá: “Tenemos más riqueza que nadie, pero eso no nos hace ricos. Tenemos las mayores fuerzas armadas sobre la Tierra, pero eso no es lo que nos hace fuertes. Nuestras universidades y nuestra cultura son la envidia del mundo, pero no es por eso que el mundo se acerca a nosotros. Es el espíritu americano, esa promesa americana que nos empuja cuando el camino se hace incierto. Esa promesa constituye nuestra mayor herencia”. Lo leo y me emociona esa épica que, en otro rincón de mi cabeza, sé mentira. Pero sé también que es imposible construir un país sin ella. Ésa es la mentira que hace posible a Nueva York, aquella ciudad donde todos se duermen pensando que mañana será el gran día, y quizá mañana nunca llega, pero vuelven a dormirse soñando en eso. Esta mañana, dos o tres o más millones de personas soportarán en las calles de Washington cinco o seis grados bajo cero sintiéndose parte de la historia. La Historia, después, verá qué hace con su camino, si abrirá o no sus puertas.



El tipo les dijo: “Durante meses hemos sido objeto de risas, incluso de burlas, por hablar de esperanza. Pero siempre hemos sabido que la esperanza no es el optimismo ciego. La esperanza es lo que vi en los ojos de una joven de Cedar Rapids que trabaja en el turno noche tras todo un día en la universidad y que a pesar de ello no puede permitirse pagar la asistencia sanitaria para una hermana que está enferma; una joven que sigue creyendo que este país le dará la oportunidad de realizar sus sueños.(…) La esperanza es lo que llevó a una banda de colonos a levantarse contra un gran imperio (…), lo que condujo a hombres y mujeres jóvenes a sentarse en comedores de los que estaban excluidos por su color (…) La esperanza es lo que me ha conducido hasta aquí, con un padre de Kenia y una madre de Kansas, la creencia de que nuestro destino no será escrito para nosotros sino por nosotros”.



Ellos, los tres o cuatro millones que se frotan las manos para combatir el frío, el 53% de los americanos que lo votó, el 79% que lo apoya, son esta mañana mejores que ayer: volvieron a tener esperanza. Este tipo no tan negro la despertó. Ojalá pueda mantenerla.



3 Comentarios

  • creo que a la larga los cínicos descreidos terminan siendo mas ingenuos que muchos que manifestaron su esperanza con la victoria primero y la asunción de Obama. Es que los esperanzados con el”negro”, no están creyendo que un hombre cambiará la historia, sino que significa el final de la violencia marca Bush. No creo que la esperanza en Obama sea la esperanza en el mesías, este último sí esperado por los ” cínicos” que esperan que Obama no nos salve. Quien es mas ingenuo, el que cree que Obama puede cambiar algo, o el que cree que Obama podría ” salvar al mundo pero no va a hacerlo y nos va a cagar? Quien le otorga más poder y por lo tanto cree más en sus capacidades y posibilidades?
    Por otro lado creo que, en relación al Lanata, y como leí en un comentario de lectores en Critica, suena raro ver esperanzado hacia afuera a Lanata cuando fronteras adentro es tan cínico como aquellos que ahora crítica.

    Anonymous 24 enero, 2009
  • y por qué no pusiste la columna de Martín Caparrós? después de todo la complementaba mucho mejor a la de Lanata, aparte de estar excelentemente escrita y establecía de manera clara e inteligente el por qué de la recepción cínica, atribuir el cinismo a una mera cuestión de “frustración” es un discurso bastante simplista. De hecho, el que Lanata haya salido a publicar otra columna explicando again! su punto era admitir implícitamente la superioridad del escrito de Martín.

    Se puede tenerle simpatía a Obama y no por eso comprarse toda esa parafernalia mediática y ridícula especialmente para ojos de un no-“americano” del YES WE CAN. Más de un cínico esta contento de la partida de Bush, con su mismo cinismo razona: que otro peor no puede haber. Tampoco me gusta la constante auto-referencia argenta, como si la recepción cínica fuera patrimonio exclusivo de estos lares, dejen de mirarse el ombligo. Ahí en el mismo diario Crítica un inglés-norteamericano Christopher Hitchens toca también el temita este de la “esperanza” y dice: “Es simplemente que hay un elemento de arrogancia en la actual incitación a la esperanza” y también aclara por las dudas que un “arrogante” lo tilde de “frustrado”: “Pero no me arrepiento de haber votado a Barack Obama”.

    A mí lo que me asombra de todo esto es la mentalidad colonial, uno tiene que esperanzarse con Obama porque sino lo hace, es un “frustrado” o un “cobarde” (Lanata dixit). Ahora si se esperanza con algún político local, ah, no! eso ya no está permitido, tenes que ser muuuy naif para permitirte eso. Todavía recuerdo cuando Lanata se sorprendía a modo de burla de la popularidad del recién electo K, era un momento en que el país estaba en llamas literalmente y Jorge no solo no concedía ni la “luna de miel” política sino que se dedicaba a hacer revisionismo histórico cuando la cohesión nacional estaba en dudas, siempre con el [Cinismo Mode On] a full.

    “… y en tu locura no hay acuerdo”

    Quiénes son los verdaderos cínicos?

    Lector 24 enero, 2009
  • Muy bienvenidos los comentarios. Voy a agregar mi respuesta en lo que tiene que ver con la pregunta/desafío “…y por qué no pusiste la columna de Martín Caparrós?”.

    Claro que leí la nota de Caparrós. Es muy buena y no necesito decir mucho sobre Caparrós ya que a lo largo de este blog he puesto innumerables escritos de él, y seguiré seguramente incluyendo nuevos. Aunque a veces disienta con él. Sucede que lo que me interesaba destacar del episodio Obama, en el contexto argentino, es la mirada que puso Lanata. Creo infinitamente más desafiante para el lector ya que coloca la mirada no sobre Obama, sino sobre nosotros mismos. Ese es el tema que me interesa. Y Obama despertó el argentino canchero como lo suelen despertar de su siesta algunas otras cosas. Lanata no pone el acento en Obama. Habla de la gente y su capacidad para sacar esperanzas de donde no cabe suponer que ya la hubiera. Caparrós habla de Obama. Son dos cosas distintas. Estoy convencido que Lanata escribe su primera nota sabiendo que deberá escribir la segunda. Escribe la primera para desmarcarse de lo obvio y lo cínico. La segunda, para expresar que efectivamente provocó lo que era esperable. No es porque una nota fuera mejor que la otra, no hay tal cosa. No creo mucho en esos rankings, mucho menos en estos temas. Además, si esa fuera la regla, lo primero que debería hacer yo, es dejar de escribir!

    Cali 24 enero, 2009