septiembre 26, 2010 Publicaciones 4 comentarios

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A raíz del nuevo libro de Martín Caparrós la revista “Veintitrés” publicó la nota “verde que no te quiero verde” que ya puse aquí. En esa nota hago referencia a un artículo en el que Caparrós desarrolló por primera vez su particular visión del ecologismo, sovaldi sale “Ecololós”. Quiero publicar esa nota porque es un texto, para mí, “histórico”. Lo fue en su momento, por eso guardé ese recorte por años, y lo es, ya que ahora vuelve potenciado en “Contra el cambio” (Anagrama, 2010).

Argumentaciones como las expresadas por Caparrós se escuchan con bastante frecuencia. Pero se vuelven de particular importancia cuando las dice alguien como él, con una estatura intelectual tal, que hace que merezcan una revisión prolija. Uno suele encontrar esa lectura “pavota” o “descalificante” del movimiento verde, por ejemplo, en boca de periodistas como Rolando Hanglin o como en el caso de Eduardo Ferreyra, un ex milico vuelto observador permanente (por decirlo elegantemente) de las organizaciones verdes.

Uno de los comentarios de la entrada anterior decía: “ojalá que el debate pueda darse porque no le haría mal al ecologismo poder polemizar sobre cuestiones más de fondo y menos coyunturales”. Estaría bien, pills sin duda, pero…

…hay algo que lamentablemente (o afortunadamente) caracteriza al movimiento verde y es que no es un movimiento intelectual. Digo esto con el mayor respeto y reconocimiento a los muchos intelectuales, escritores y teóricos que le dieron marco a las múltiples expresiones del movimiento verde. Si bien yo soy devoto de algunos “popes” del ecologismo intelectual, debo decirlo con franqueza, no es en ese terreno donde se despliega el brillo del combate verde. No es allí donde podemos salir a mostrar el libro más gordo ni que tenemos la teoría más larga.

El ecologismo es profundamente “pragmático” y “activista”. Por eso, lamentablemente o saludablemente, se lo ve siempre envuelto en peleas “coyunturales”. Para hacer referencia a esto me interesa citar a un trabajo de Manuel Castells donde dice: “Si hemos de evaluar los movimientos sociales por su productividad histórica, por su repercusión en los valores culturales y las instituciones de la sociedad, el movimiento ecologista del último cuarto de este siglo se ha ganado un lugar destacado en el escenario de la aventura humana”. Lo mismo que le desagrada a Caparrós con la “popularización” de lo verde, health es lo que fascina a Castells por el grado de “productividad histórica”, por su poder de impacto en tan corto plazo.

La cita pertenece a capítulo 3 de la "Introducción: Nuestro Mundo, nuestras vidas", del Volumen II, "El Poder de la Identidad", de la obra "La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura" de Manuel Castells de 1997. Agrega en otro párrafo: El ecologismo no es sólo un movimiento de concienciación. Desde sus comienzos, se ha centrado en hacer que las cosas cambien en la legislación y el gobierno. En efecto, el núcleo de las organizaciones ecologistas (como el denominado Grupo de los Diez de los Estados Unidos) dirige sus esfuerzos a presionar para obtener legislación y a apoyar o oponerse a candidatos políticos atendiendo a su postura sobre ciertos temas. Hasta las organizaciones orientadas a acciones no tradicionales, como Greenpeace, han dedicado cada vez más su atención a presionar a los gobiernos e instituciones internacionales para obtener leyes, decisiones y la aplicación de decisiones sobre temas específicos. De forma similar, a nivel local y regional, los ecologistas han hecho campaña en favor de nuevas formas de planificación urbana y regional, medidas de salud pública y el control del desarrollo excesivo. Es este pragmatismo, esta actitud orientada a un tema concreto, la que ha otorgado al ecologismo la delantera sobre la política tradicional: la gente siente que puede hacer que las cosas sean diferentes aquí y ahora, sin mediación o demora. No existe distinción entre los medios y los fines”.

Volveré sobre estas cuestiones, pero antes de colocar la nota “histórica” de Martín Caparrós, quería destacar que si bien existe un ecologismo “teórico”, que explica su razón de ser a través de la crítica radical al “desarrollismo”, tanto capitalista como estatista; que como ninguna otra expresión política muestra la necesidad de construir equidad en el presente y equidad inter-generacional, que como ninguna otra expresión ideológica es radicalmente global e internacionalista, por ende, pacífica y no violenta, que como ninguna otra expresión ideológica ha puesto el ojo crítico en las ortodoxia tecnocrática; que ha reivindicado lo local frente al orden imageimperial (sea cual fuere la bandera, marca o logo uniformador), y que si bien hoy son diversas las iglesias que militan en algunas de estas cuestiones, debemos ver en dónde tomaron cuerpo esas ideas, y es esa “productividad” histórica del movimiento verde, la que señala Castells.

Bueno, va la nota escrita por Caparrós en 1992, unos meses después de la reunión de la Cumbre de Río de Janeiro (ECO´92).

Cali

 

Ecololos (Martín Caparrós)

El oso bailoteaba agitando sus cascabeles como aquella duquesa sus joyas en ese recital de los Beatles. Albert may, 1964. Pero el oso estaba en una calle de Atenas o, mejor, en la televisión. La televisión mostraba al oso junto con sus dueños y explicaba, porque la televisión siempre explica.

-Y sus dueños, una familia de gitanos croatas, no han encontrado mejor forma de sobrevivir en su nuevo exilio que maltratando al nuevo animalito…- explicaba con acento español la tele; que los dueños del oso habían tenido que huir de su país devastado por la guerra; que estaban vagando por Grecia sin más recurso que las limosnas de la gente; y que pobre oso. Pobre oso, por suerte somos gente educada, sensible: ecológica.

El fantasma empezó recorriendo, como corresponde, Europa, pero ahora es tan internacional como cualquier sesenta. Y ha ido cambiando, poco a poco, con el tiempo.

Ahora la ecología es algo así como la solidaridad de los individualistas, la excusa de una época de escépticos. Y tiene sobre las demás opciones una gran ventaja: ofrece mejoras personales evidentes. Hubo momentos en que alguna ideología- cristianismos, socialismos- había convencido a mucha gente de que no podía ser feliz si su prójimo no lo era, no podía sentirse satisfecho si su vecino tenía hambre. Ahora, que tales antigüedades han quedado en el desván de la historia, la ecología triunfa como una actriz de Hollywood: es fácil darse cuenta de que la degradación del medio ambiente no deja- en principio- a nadie a salvo, que si el agujero de ozono se agujerea el sol saldrá para todos, y que preocuparse por la conversación de las rain forest sudamericanas no es puro altruismo, ni requiere el esfuerzo de imaginar la desgracia de un chico morochito: su destrucción amenaza muy directamente el régimen de aguas del planeta, el calor y la lluvia sobre el propio sombrero.image

Lo cual es muy sensato. Pero tan pequeño…que es necesario arruinar mejor el planeta ni se discute. El mundo es para el hombre y no hay que ordeñarlo al punto de que ya no de leche. Pero es esto: puro sentido común, banalidad. Hacerse ecololó- hacer de eso la preocupación principal- es otra historia.

El hombre es el peor desastre para el medio ambiente. Desde que se civilizó produjo las peores catástrofes ecológicas. De todo tipo. Francia era hace mil años un gran bosque, y los franceses se morían de hambrunas y de gripe. Los ecololós hubieran alertado contra la destrucción de ese patrimonio forestal que dejaría sin madera a las generaciones venideras. Sin madera, indispensable para estructuras y combustibles. Y, sin embargo, desde entonces, el hombre ha inventado otros materiales estructurales, otros combustibles. La ecología, entre otras cosas, supone que las mismas técnicas requerirán siempre los mismos recursos naturales, y se aterra porque proyecta las carencias futuras sobre las necesidades actuales.

Es una de sus grandes ventajas: la ecología es la forma más prestigiosa del conservadurismo. Es, en sentido estricto, un esfuerzo por conservar – los bosques, los ríos y las montañas- y eso tras tantos años de suponer que lo bueno era el cambio, debe ser muy tranquilizador. Fantástico, haber encontrado una forma de participación que no suponga riesgos, beneficie directamente a uno mismo y proponga la conservación de lo conocido. Fantástico: y sirve, incluso, como materia para enseñarles a los chicos en la escuela.

Está claro: la peor amenaza para cualquier ecosistema sigue siendo el hombre, lo cual no nos autoriza a suprimirlo inmediatamente. Y además, no cualquier hombre. Según un informe reciente del Banco Mundial, para el año 2000 se supone que habrá 9000 millones de personas: el 80% de ellos, en los países pobres. Y esto es muy malo para el medio ambiente, porque esa gente quiere comer en lo inmediato y carece de la visión de futuro necesaria para pensar en que, si arrasan una selva para plantar comida, algún ecosistema se desequilibrará de aquí a veinte años. por eso los ecololós americanos hacen helados con frutos del Amazonas: así contribuyen a que los nativos no desarbolen sus selvas, y contribuyen a sus propias conciencias sintiéndose los benefactores del planeta tierra. y su calidad de vida aumenta sin tapujos.

Hubo otros tiempos: recuerdo que hace quince años, en Francia, en los indicios del auge ecologista, algunos estábamos contra las centrales nucleares no porque ensuciaran el arroyuelo circundante, sino porque significaban la más formidable concentración de energía- de poder- que nunca se había visto. Era hace años, un poco antes de que Greenpeace empezara a surcar los mares y las pantallas con su barco con camarotes de primera para el capitán y los jefes, y de segunda para la tropa.

Hay- supongo que hay, y además esto siempre hay que decirlo- algunos ecologistas realmente rebeldes. Pero cada vez más se ven, so pretexto de ecología, todo tipo de Alsogarayes preocupados por el oso, el chancho y los demás animalitos.

– Ay, estos negros ensucian todo, son tan poco ecológicos…

– Sí, son tan nocivos para el futuro de la humanidad.

Su modelo deben ser los baños alemanes. A mí me encantan los baños alemanes. Son tan cuidados, tan limpitos. Los baños de los turcos son mucho peores: hasta el jabón es peor. Y, además, no usan ese papel higiénico adorable, tan terso, tan suave, tan tentador, que dice cada dos hojitas que es papel reciclado: que no amenaza la supervivencia de las selvas del Tercer Mundo. Alemania vende armas a todas las guerras que se arman en el mundo, para mayor lisura de las autopistas con Porsche, y usa papel higiénico que no ofende a la naturaleza.

Los ecololos son así, han encontrado su lugar en el mundo, su prisma perfecto. Yo cada vez los soporto menos. Son tan bien educados, tan bien intencionados, tan dueños de la buena palabra. Son- casi- como los mimos. Son buenos, comprensivos. Incapaces, se supone, de matar a una mosca. Es más: si te llegaran a ver matando a una, serían capaces de romperte la cabeza.

(Página/12, 28 de octubre de 1992)

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Acabo de escuchar a Litto Nebbia cantando esta canción de Los Iracundos, así que comparto la música de esta entrada, je.

Written by Juan Echeverria