image Comodoro Rivadavia (1998) Instalación del segundo tramo de molinos eólicos por la Cooperativa local

Vuelvo sobre el libro de Martín Caparrós “Contra el cambio”.

Es un poco difícil realizar comentarios sobre un texto tan cargado de ironías. Se torna difícil porque cuando algo se dice de manera irónica es algo dicho, pero no dicho del todo. Es algo que se dice para que pueda ser leído por su sentido opuesto, actúa como un guiño cómplice con el lector, pero no llega a ser una afirmación de la que ni el autor ni el lector se terminan haciendo cabalmente cargo. Hay algo implícito que queda flotando pero no tiene la solidez de una afirmación o argumentación.

La ironía es un excelente recurso para incentivar a ver o pensar de un modo distinto las cosas. Sirve para desenmascarar lugares comunes, frases comunes, conceptos comunes, etc. Puede aportar una cuota de humor sobre algunas situaciones difíciles. Siempre la ironía requiere de una dosis importante de conocimiento e inteligencia. Al menos, cuando esas dos elementos están presentes, es cuando la ironía tiene su efecto más demoledor.

Ahora bien, en el caso de los textos de “Contra el cambio” no siempre se da esa feliz coincidencia. El recurso irónico, repetidamente utilizado pasa a ser simplemente estilo sobrador y que busca la respuesta automática y cómplice de un lector entrenado en el ejercicio de “a mi no me vengan con…”, sea lo que sea.

El ejercicio intensivo y repetido de la ironía nos vuelve escépticos. O quizás el escepticismo nos hace cada vez más irónicos.

También es cierto que cuanta más información uno acumula más motivos tiene uno para el escepticismo. Más motivos para ver que la cosa no camina. Pero lo único que nos salva del abismo del descreimiento es una mezcla de esfuerzo de voluntad y deber de racionalidad.

Por eso siempre tengo en mente la frase de Barbara Ward: “Tenemos el deber de la esperanza”. Frase que encierra escepticismo, una enorme dosis de pesimismo, pero expresa la opción militante por la esperanza. Uno opta por generar esperanza a pesar de todo. Esa opción militante está en el ADN del ecologismo.

Vuelvo a lo inicial, no es fácil tomar como verdaderos argumentos todas las ironías dichas a lo largo del texto por Caparrós. Sólo me centraré en aquellos fragmentos que tiene una estructura argumental tal que permiten intentar una réplica.

En su capítulo 1 “Amazonas”, pág.13, dice:image

“Creer, a mí , me cuesta más que nada. Por eso, supongo, nunca creí en la ecología  y ahora el castigo del gran dios verdoso –aliado con el Fondo de Población de Naciones Unidas—consiste en mandarme por el mundo a buscar historias de jóvenes afectados por la mayor supuesta amenaza contra el ecosistema: el cambio climático o, si acaso, su manifestación aterradora, el calentamiento global.”

No he leído el resultado final del trabajo realizado el año pasado por Martín Caparrós para la UNFPA titulado “En la frontera. Jóvenes y cambio climático”. La elaboración de ese trabajo y reportajes es lo que dio origen a su libro “Contra el Cambio”. Sin embargo, es destacable que de la cita anterior se puede inferir que el descreimiento de Caparrós con la materia de la que se tratarían las historias de sus reportajes era anterior al trabajo realizado para la UNFPA.

De leer sus historias en su libro puedo deducir un error metodológico o diseño caprichoso del trabajo de la UNFPA: buscar jóvenes que “enfrentan” el cambio climático en situaciones bastante extremas y difíciles. Tal el caso que describe en el capítulo “Amazonas”, donde un proyecto de permacultura queda ridículamente pequeño y marginal frente a un problema super-estructural como el calentamiento global. Comunidades atravesadas por todas las urgencias por satisfacer necesidades básicas, donde es obvio que el clima global es y será una entelequia. ¿Qué otra cosa más que ironías se pueden escribir de semejante disparidad de realidades?.

“Nunca creí en la ecología”. Una afirmación obtusa. Pudo intuir por dónde rumbea, pero no es una aseveración feliz. Podría uno decir “nunca creí en el electromagnetismo” y sería una aseveración tan obtusa como la de Caparrós. Entiendo que quiera decir otra cosa, pero estoy tratando de citar aquellos fragmentos donde la carga irónica es menor y permiten una mínima contrastación de datos y opiniones.

Luego de varias páginas, hace un repaso sucinto de la ciencia climática y finaliza diciendo:

“Los pronósticos no eran precisos: el IPCC decía que, para 2100, la temperatura podría aumentar entre 1,4 y 6 grados centígrados, y que las consecuencias serían catastróficas” (Pág.20)image

La rapidez en la descripción de la evolución del conocimiento climático global le lleva a decir  que la imprecisión de los pronósticos tienen esa amplitud. Pero se ignora que, además de los márgenes de error en las estimaciones de las temperaturas a lo largo de este siglo, allí están contemplados diferentes escenarios de evolución de las emisiones de gases de efecto invernadero debido a diferentes hipótesis de crecimiento demográfico, evolución de la economía y del desarrollo de políticas de mitigación o tecnologías de reducción de emisiones. Es decir, la temperatura global, asumiendo diferentes escenarios de la evolución de las emisiones, puede aumentar entre 1 y 6 grados. Pero eso no se debe únicamente a la imprecisión de los pronósticos.

El escenario hoy más probable nos conduce a los 3,5 grados.

Aclaro este punto porque de otro modo quedaría como que con datos absolutamente imprecisos se está generando un alarmismo que sólo se justificaría en la tontería o en negocios ocultos o en ambas cosas a la vez. La cosa es mucho más complicada: hay tontería, hay negocios ocultos y hay pronósticos lo suficientemente precisos como para saber que estamos enfrentando la mayor amenaza ambiental.

Seguiré.

Cali

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Una versión más de Autum Leaves, ¿cómo elegir?

Esta es de Keith Jarrett en trío.

 

  

  

  

Written by Juan Echeverria