noviembre 8, 2010 Publicaciones 2 comentarios

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Voy a continuar avanzando un poco más con el último libro de Martín Caparrós, look “Contra el Cambio”. Estoy siguiendo su primer capítulo, “Amazonas”, donde despliega sus objeciones básicas y prejuicios para con los “ecololos”, como le gusta llamar a ecologistas y a todo aquelos que tenga inclinación a preocuparse por cuestiones ambientales, y particularmente, con las climáticas.

Recordemos que este libro es un sub-producto del trabajo realizado por su autor para la UNFPA titulado “En la frontera. Jóvenes y cambio climático”. En su recorrido por el mundo buscando “casos” de jóvenes enfrentando el cambio climático, su primer capítulo lo lleva al Amazonas. Allí, en una descripción vaga y poco precisa de las iniciativas conservacionistas que se desarrollan en el amazonas (y más allá también) arriba al ejemplo de Carlos Miller, el fundador del IPA (Instituto de Permacultura da Amazonia) en Manaus, donde dice: (pág. 27)

Miller había trabajado en fundaciones ecologistas que, para preservar ciertas áreas, las vaciaban y creaban parques naturales; 

-Yo estaba incómodo: no podía ser que para salvar una tierra hubiera que echar a las personas que vivían en ella. Cuando me encontré con la permacultura, thumb pensé que podía ser una solución. El hombre cuando planta saca todo lo que hay y planta en ese vacío. El bosque amazónico hace lo contrario, porque está asentado sobre un suelo muy pobre en nutrientes, y necesita vivir de sí mismo, de su propia descomposición. Nosotros lo copiamos, y usamos abonos naturales y mezclamos distintas plantas que se ayudan unas a otras para crecer sin arruinar el medio ambiente.

Realmente desconozco la trayectoria de Carlos Miller, buscando en internet puedo ver que es el nodo Manaus de Avina y que su trabajo se asocia a lo más “conservador” de las organizaciones de conservación. Aún así, no me animaría a ser despectivo con su trabajo. Todo lo contrario. De esa experiencia personal que relata el señor Miller Caparrós hace una generalización para consolidar el prejuicio de que a los ecologistas sólo les interesan las plantas y no las personas. Es una generalización brutal, por lo rústica y lo poco ilustrada.
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Desconocer el gigantesco trabajo que desarrollan innumerables organizaciones para poder preservar ecosistemas, no sólo valiosos en su rol como tales, sino también como sustento directo de poblaciones y comunidades, procurando equilibrar ese objetivo con el desarrollo social y las actividades productivas de gran escala, es una injusta manera de simplificar tan compleja situación. El sistema productivo vigente lo resuelve de manera sencilla, deforesta y pone soja o vacas. Nada dice Caparrós sobre eso, al menos en profundidad. ¿Quién, sino los ecologistas han puesto el dedo sobre esa llaga?. Pensemos lo que sucede en la Argentina con los bosques, es un buen ejemplo, porque también sucede en la Amazonia. Vienen las topadoras, siembran soja, se acabo el bosque ¿y la gente?. Se tuvo que ir! seguramente en algún barrio suburbano de alguna ciudad como Rosario o Buenos Aires. ¿Fue el “conservacionismo” el que lo hizo?. 

El tema es mucho más complicado. ¿Qué pasó frente a este drama en la Argentina? no fue ningún otro que el movimiento ecologista el que promovió y generó la “ley de bosques nativos” cuyo objetivo combina, de la manera más sabia que se pudo pensar, conservación, con permanencia de los habitantes criollos e indígenas, las necesidades productivas de gran escala y la explotación forestal. La ingeniera más apropiada posible. Ese es el mundo real del ambientalismo, no sus ejemplos más específicos, marginales, experimentales o heterodoxos. No se puede generalizar desde esas aristas. Es un mal truco.

Por ejemplo, quienes en estos días están poniendo el acento en la ausencia de fondos para implementar la “ley de bosques” en el presupuesto 2011 son los ecologistas, acompañados por actores locales y políticos que comienzan a ver el descalabro. Recomiendo esta nota de Clarín de estos días.
Avanzando en su texto, Caparrós agrega más adelante: (pág.30)

Parece que resulta más fácil ser ecologista a la distancia, y lamentar la destrucción de la selva amazónica desde San Francisco o París, que resistir la tentación de quemar los árboles de ese terreno que, una vez desmontado, podría alimentar al que lo quema. 

No sólo parece Caparrós. Es así. Es más fácil ser ecologista a la distancia como también es más fácil ser solidario, revolucionario, pacifista o combativo. Todos somos valientes y estamos en las grandes causas cómodamente a la distancia. Es más fácil ser comunista a la distancia como es más fácil ser indigenista. Es una trivialidad señalar ese hecho, y no es una característica distintiva del ecologismo “ecololó”.
Y por supuesto que es más fácil adoptar una pose preocupada que estar muerto de hambre y de frío. Por supuesto, y supongo que cualquier lector se lo puede imaginar.

Por otro lado, difícilmente se encuentre alguna organización o expresión ecologista que ponga el acento en las economías de subsistencia que deben deforestar o quemar bosque para su supervivencia. Si se hace referencia a ello, en aquellos casos que alcanzan niveles relevantes, no he visto acción tendiente a culpabilizar o expulsar, por el contrario he visto la mil y un maneras de buscar alternativas. En cambio si he visto como los gobiernos provinciales, por hablar de nuestro país, los criminalizan y/o los corren de todas las formas posibles.  Por lo general, gobernadores envueltos en las banderas de la patria libre, justa y soberana. También es más fácil ser justo, libre y soberano a la distancia votando cretinos. ¿Como los podríamos llamar?
Pero el tema es el cambio climático, y tampoco le resulta convincente a Caparrós el ejemplo que él mismo seleccionó relatar sobre los esfuerzos que se hacen algunos jóvenes para frenar la deforestación en la Amazonía: (pág.32)

El problema de estos esfuerzos por conservar los bosques es que no atacan la cuestión central. Lo que más aumentó las emisiones de CO2 en los últimos treinta años fue la generación de electricidad que se triplicó –y que, obviamente, no tiene nada que ver con selvas y sabanas

El problema es la selección de los casos que describe en su libro ya que todos los casos son víctimas de algún  suceso meteorológico o emprendimientos minúsculos que poco y nada hacen a la cuestión energética. Nuevamente, ¿por qué sacar conclusiones mirando aristas tan particulares? El debate climático está centrado en el cambio de las fuentes de energía, a todo nivel y en todos los foros. Es el tema estructural en las discusiones climáticas globales y el centro de las campañas de las organizaciones ecologistas en todo el mundo. ¿por qué tergiversar hechos que se pueden comprobar fácilmente? La realidad es mucho más compleja que una colección de ironías.
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En los últimos años la situación climática se ha agravado lo suficiente como para volverse relevante poner el acento también en la deforestación. La deforestación representa el 30% de las emisiones, detener los procesos de deforestación en algunos sitios claves, Amazonas es uno de ellos. Disminuir la deforestación representa una reducción que puede alcanzarse relativamente rápido y de una proporción muy grande de emisiones, algo que con el cambio tecnológico requerido en el sector energético puede demandar mucho más tiempo.

Esto no significa olvidar lo estructural. Todo lo contrario. Insisto, el centro de la discusión global climática está puesto en las fuentes energéticas por ser el problema que crece y que necesita más tiempo y fondos y tiene un voltaje político y económico superlativo!. Sucede que si uno va a buscar respuestas a las emisiones del sector eléctrico en los sitios inadecuados (Ej. un proyecto de permacultura en Manaus) difícilmente las encuentre: (pág.34)

El centro de permacultura es un esfuerzo importante y es, al mismo tiempo, algo tan ínfimo. Sus impulsores ya me explicaron que su principal utilidad es el ejemplo, la posibilidad de convencer a otros campesinos de seguir el modelo; yo me pregunto si esas pequeñas iniciativas individuales, tan bienintencionadas, tienen alguna posibilidad de influir seriamente. Suelo pensar que para que las cosas cambien deben cambiar en un ámbito más general, más poderoso: un cambio político. Pero con ese modelo nos salió todo mal. Éste, sin embargo, no termina de parecerme suficiente.

Esta reflexión es medular. Es estrictamente cierta y es una crítica, o autocrítica tal como está formulada, que explica muchas cosas.

Es cierto que esas experiencias “micro”, a escala “piloto”, no alcanzarán por sí solas jamás la escala necesaria para producir un cambio de proporciones en el sistema productivo ni para mitigar el cambio climático.
Lo que no es cierto, lo que está equivocado, es creer que la estrategia “verde” sea lograr tales cambios “sólo” por medio de esas iniciativas locales. No es así. En este momento hay ecologistas en Alemania en las vías del ferrocarril bloqueando el transporte de basura nuclear desde Francia, en este momento hay ecologistas discutiendo en las discusiones presupuestarias del Congreso Nacional para que aparezcan los fondos  de la “Ley de Bosques” y hay un número importante de activistas y algunas de los mejores dirigentes verdes viajando a Seúl, Corea, para la reunión del G20, la próxima semana. Van a discutir políticas de subsidios y políticas climáticas con las principales economías globales. Hay infinitos frentes así todos los días. ¿Cuál es el más importante? Hace rato que digo que esa pregunta la hacen los que aún no entendieron el estado de las cosas.image

Lo más importante: ni quienes están en los pasillos de los parlamentos, o las salas de conferencias, piensan que quienes están en las vías en Alemania hacen algo menos importante, ni éstos últimos lo piensan de quienes están en un proyecto piloto en la Amazonía ni en una reunión con el bloque del FPV por los fondos de la ley de bosques. La práctica verde es diferente a la práctica política de los movimiento contestatarios o revolucionarios que le precedieron. Tales movimientos basados en la acción política y en el debate ideológico, tuvieron serios límites, “con ese modelo nos salió todo mal” dice Caparrós.

Hoy no es posible discutir el sistema de subsidios agrícolas de la UE y el comercio de alimentos sin contar con algo más que una reivindicación ideológica. Se hace necesaria una base práctica sólida que permita ser convincentes al proponer un modelo alternativo. Allí juegan un rol más que importante las experiencias “minúsculas” que permiten saber qué funciona y qué no. ¿De qué serviría “un cambio político” si el único modelo agrícola que sabemos aplicar es el modelo de Monsanto? Esos malos ejemplos ya se vivieron..

Si hoy se logró la “ley de bosques nativos” en la Argentina, en buena medida se debió a que conocemos que “otro modelo” de explotación del bosque es posible. Porque por muchos años se desarrollaron “experiencias” que condujeron, por ejemplo, a tener el sistema FSC que permite certificar buenas prácticas de explotación forestal, asegurando no sólo la sustentabilidad del bosque sino también las condiciones laborales, muchas veces, con mayor efectividad que los propios ministerios de trabajo.
Sigo con Caparrós: (pág.40)

Los países centrales ya hicieron su conquista de la naturaleza, su desarrollo sucio. Y el mundo está como está porque ellos lo hicieron, pero ahora se dedican a dictar normas a los países más pobres sobre cómo proteger esa naturaleza, que ellos ya se cargaron: cómo seguir siendo pobres pero verdes. Digo: es como un chiste que los grandes impulsores de la ecología sean las sociedades que ya cambiaron sus ecosistemas hace tres, cinco, dos siglos para adaptarlos a su necesidades y apetitos –y que sacaron de todo eso pingües beneficios. Ahora quieren que los otros, los pobres, respeten lo que ellos no respetaron, so capa de “salvar al planeta”. Esa es, ahora, una de las claves del debate.

Esta última argumentación es la más pura ortodoxia anti-ambiental. Hasta es la línea argumental de los gobernadores, como el de San Juan, Jujuy o La Rioja, durante el reciente debate sobre la “Ley de Glaciares”: “Los porteños, que ya hicieron pelota todo, ahora nos quieren decir que hacer”.
Argumento defensivo, que a veces resulta en un buen ataque, y que sólo debería ser utilizado para obligar a compartir responsabilidades, históricas y presentes, como corresponde. Pero lamentablemente, la mayoría de las veces es una argumento para decir “compartamos la irresponsabilidad”.

Finalmente, Caparrós señala las urgencias del hambre en el Amazonas y en el Sur Global (como ahora se le dice). El problema es que contrastar esa urgencia con el problema del cambio climático es un simple golpe bajo. Es lo mismo que taparle la boca a quien quiera discutir el saneamiento del Riachuelo con la urgencia de los pibes desnutridos en Misiones. Si así fuera, debemos suspender todo debate por la ley de medios, reforma política, etc. Si uno usa ese tipo de argumentos hace un zafarrancho mayúsculo. Caparrós, más o menos, hace eso: (pág.43)

Insoportable –auténticamente insoportable- es no comer.Y eso, por ahora, no depende del cambio climático.

Hasta aquí por hoy.
Cali
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Written by Juan Echeverria