septiembre 24, 2010 Publicaciones 3 comentarios

Esta nota se hizo unos días atrás mientras estaba en San Juan con Mauro y Alberto, generic apenas unos minutos antes de salir del hotel para la audiencia que, inesperadamente, nos había dado el gobernador José Luis Gioja para discutir sobre la Ley de Glaciares. A pesar del apuro en esos minutos, bien valía hacer un alto con glaciares para hacer algunos comentarios sobre las opiniones de Caparrós en su último libro.

Quienes me conocen saben de mi valoración sobre los libros y artículos de Martín Caparrós, de hecho en el blog hay parva de textos de él. Aunque mi admiración no me imposibilita disentir enormemente en cantidad de temas. Este es uno de ellos, que sigo desde aquella primera nota titulada “ecololos” de hace una pila de años.

Cali

 

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Caparrós acusa a los ecologistas de conservadores y Greenpea ce le contesta

Verde no te quiero verde

Defensa. Para el representante de Greenpeace, healing el debate que plantea Caparrós es anacrónico.

16-09-2010 /  En su última obra, Contra el cambio, el escritor afirma que los ambientalistas se oponen a las transformaciones. Le responde el conservacionista Villalonga.

Por Diego Rojas

La ecología no sólo se conforma mediante voluntades que se unen para salvaguardar la naturaleza sino que, dicen, también se trataría de un discurso conservador, fruto de una ideología que carece de proyecto de futuro, además de un motor de negocios formidable. No lo dice mister Burns, el dueño de la contaminante planta nuclear que baña con sus residuos la laguna de Springfield, hogar de los Simpson. Tampoco lo dice algún empresario de la curtiembre que no duda en arrojar los desechos químicos al Riachuelo. Y ni siquiera el responsable de la Barrick Gold Corporation en defensa del uso de ácido sulfúrico en las minas a cielo abierto. No. Lo dice Martín Caparrós: escritor y periodista, cialis una persona dada a pensar lateralmente las cosas de la vida y autor de Contra el cambio (Anagrama), que se plantea algunas dudas respecto del cambio climático, la ecología y los ecologistas. Los “ecololós”, como los llama el escritor. Bah, esos conservadores.

Caparrós afirma que quizá la amenaza del cambio climático no es nueva, sino que la alarma generalizada se debe a que hoy contamos con las herramientas necesarias para mensurar ese cambio. Como ejemplo, escribe que, en 1975, la revista Newsweek alertaba contra un inminente enfriamiento global y la opinión científica señalaba la posibilidad de una nueva era de hielo. El escritor especula que el abroquelamiento actual en torno a la ecología no sólo es una fuente inconmesurable de nuevos negocios capitalistas, sino que es la expresión de un conservadurismo que impera debido a la falta de un proyecto político que mire hacia el futuro: el ecologismo sería una ideología que valora no sólo que las condiciones naturales se mantengan como están, sino que tampoco cambien las condiciones sociales ni la estructura de clases de nuestra época. A lo largo de crónicas realizadas en distintos lugares del planeta, Caparrós fundamenta su desconfianza hacia la ideología verde.

“El ecologismo calma las buenas conciencias en general, no solamente las de la progresía –describe Caparrós–. En los países centrales es una de esas ideas comunes en la que casi todo el mundo está de acuerdo. De allí que concluyan que lo mejor que le puede pasar al mundo es estar como está y que cualquier cambio que se produzca es negativo.”

–Su libro señala que el cambio climático se ha transformado en una amenaza apocalíptica general. ¿Sostiene que no es un riesgo para el planeta?image

–No sostengo eso ni lo contrario. Hay científicos que dicen que lo es y otros que no. Sin embargo, a pesar de que el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, que es la autoridad científica sobre la cuestión, señale ese carácter, creo que aun así sería infinitamente menos urgente que otros problemas a los que se les presta menos atención, como el hambre y la distribución de los ingresos. Esta idea de miedo al cambio refleja la falta de proyectos de futuro. Me parece que se puede pensar el ecologismo en relación a la revolución francesa. Después del racionalismo y la ilustración, y como reacción a ellas, hubo un auge del romanticismo, que exaltaba la naturaleza y la vida salvaje en oposición al desarrollo industrial y al progreso. El ecologismo funciona del mismo modo en relación a los proyectos políticos revolucionarios del siglo XX, a la apuesta por el socialismo.

Juan Carlos Villalonga, representante de la sección local de Greenpeace, no podría estar más en desacuerdo con Caparrós: “Si la preservación del ambiente va primero y después el desarrollo económico o al revés, es un debate anacrónico. Nadie en el ambientalismo propone un ‘no desarrollo’. Lo que se discute son modelos, premisas de ese desarrollo: por ejemplo, que sólo los índices económicos den cuenta de él. La felicidad de la población no se puede medir solamente mediante el producto bruto interno. Por supuesto que si voy a un barrio marginal sus habitantes estarán atravesados por infinitos problemas más allá del cambio climático. Pero si el cambio climático persiste, las condiciones para acabar con esa marginalidad probablemente sean más complicadas. No sólo se debe discutir la distribución de los bienes y del capital, sino que vivimos una época en la que se erosionan los recursos. Hoy hay que actuar en todos los frentes para satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin poner en riesgo la posibilidad de que las generaciones futuras se queden sin recursos. Es una discusión que está saldada, lo que no quiere decir que sepamos cómo se logra. Pero desde el punto de vista teórico, hay que ser muy obtuso para negarlo.

Caparrós señala concordancias entre el conservacionismo y el conservadurismo: “Un paper que se filtró aconsejaba a políticos norteamericanos que no usaran el término ‘ambientalistas’ sino que usaran ‘conservacionistas’, que tiene implicancias que no apelan al cambio –explica y, luego, ejemplifica–. La España del siglo XII era un bosque. Se decía que un mono podía ir desde Gibraltar hasta los Pirineos sin tocar el suelo, tan poblada de árboles estaba la región. Pero la madera era un elemento indispensable de tal modo que, nueve siglos después, España se convirtió en una llanura yerma, pero capaz de sostener a diez veces más personas que en el siglo XII que, además, vivían el doble de años que aquellos. Los ecologistas habrían alertado contra la deforestación porque suponen un mundo estático donde se requerirán siempre los mismos recursos naturales.”

–Sin embargo, plantean desarrollos alternativos para la energía.

–Dicen que debería ser eólica o solar. Sin embargo, Al Gore, uno de sus representantes (que cuando empezó sus conferencias ecologistas declaraba tener dos millones de dólares de patrimonio y ahora tiene 100), dice que ese tipo de energías no están preparadas para funcionar todavía y que entonces hay que pensar en la energía nuclear. Se produce la paradoja de que los ecologistas terminan promoviendo una forma de energía de las más riesgosas y que, además, supone una concentración de poder enorme.image

Villalonga se indigna: “El movimiento ambiental no propone tal cosa. Caparrós cae en tres errores. Primero, el rechazo a la energía nuclear es una definición que no está en duda, no sólo por los riesgos que supone, sino por los valores ambientalistas. Segundo, cree que Al Gore representa al ambientalismo, cosa que no es así, aunque Al Gore no necesita a Greenpeace para que aclare sus posiciones. Tercero, más allá de esa aclaración, Al Gore no dice eso. Cuando analiza las alternativas de energía, deja un interrogante y un rechazo al pensar la energía nuclear. Caparrós tendría que leer el libro de Gore sobre el asunto, pero se basa en prejuicios. Conoce bastante poco sobre el movimiento ambientalista. No pronunciarse sobre el cambio climático implica que se comió el verso de quienes quieren hacer pasar algunas ideas negacionistas que no tienen fundamento científico. Es probable que haya diferencias respecto de los tiempos o algunas otras variables, pero no hay bases sólidas para avalar ese negacionismo. Es más, muchos de quienes lo sostienen responden a intereses petroleros. Caparrós escribió en los ochenta un artículo en Página 12 llamado ‘Ecololós’ y no ha salido de esa posición”.

– ¿Pero tienen los ecologistas un proyecto político sobre el futuro?

–No hay un programa político detrás de los nuevos movimientos sociales, en los que el ambientalismo tiene preponderancia. Sin embargo, se puede afirmar que valores esenciales, como la democracia y los derechos humanos (que las ideologías tradicionales defendieron o no según su conveniencia), son parte de sus valores permanentes. Tanto la economía de mercado ortodoxa como los socialismos hicieron desastres en esas áreas. Aunque no tengamos un programa político, sí tenemos un enfoque pragmático, superador: no estamos esperando acceder al poder para acceder a tal reivindicación.

Caparrós, como en las casi trescientas páginas de su libro, no se queda sin argumentar: “Dicen que Al Gore no es ambientalista, pero lo es: así es percibido por la mayoría de la población. De todos modos, James Lovelock, el creador de la teoría Gaia y uno de los más reconocidos ambientalistas, publicó numerosos artículos en los que señala que la única opción es la energía nuclear. No digo que todos los ecologistas sean iguales, pero los hegemónicos, los líderes de la tendencia, actúan de manera paralela a los intereses del establishment y de los grandes intereses económicos que el ecologismo puso en circulación. Hasta la banca Morgan hace negocios en África con hornitos ecológicos que le permiten no sólo recaudar entre 150 y 350 millones de dólares, sino que además quedan bien y pueden decir que ayudan a la gente pobre. Pero en algo coincidimos: los grandes movimientos del siglo XX que se propusieron crear sociedades que fueran justas crearon monstruos, aunque la conclusión que yo saco es que hay que buscar nuevas formas de crear esas sociedades justas. Sin duda que los ecologistas son pragmáticos y han decidido renunciar, mediante ese pragmatismo, a producir cambios importantes en nuestras sociedades. Yo lo llamaría resignación”.

Las cartas están echadas y el debate puesto en circulación. Siempre es positivo que la sociedad discuta los alcances políticos de los movimientos que dicen defenderla. Habrá que ver hasta qué punto esta discusión contamina o nos salva de la polución.

Written by Juan Echeverria