Para muchos, hace 30 años cumplimos un sueño de adolescencia. Transcurríamos por el primer año de democracia, era la primavera alfonsinista y un sueño se hacía realidad… Yes venía a la Argentina!!

Ese verano la noticia nos sorprendió y encima habría shows en diferentes puntos de la Argentina.

Toda una década mirando absortos las fotos borrosas de la Pelo con shows inalcanzables mientras escuchábamos “Roundabout”. Era todo muy lejano y siempre estaban los rumores de que “capaz que el año próximo vengan a Brasil y…”, pero eso nunca ocurría. Hasta que ocurrió!

Ese año arranca Rock in Río, y de lo que ese festival traería para Sudamérica, no veríamos beneficiados por aquí.

Yes, a inicios de los 80, había renacido con “90125” y su visita al festival “Rock in Río” hicieron posible que, ese verano, Yes acomodara fechas en Argentina. Más aún, habría show en Rosario!

Pero la fiesta casi se nos escapa por los idiotas nacionalistas que comenzaron con amenazas de bombas y panfletos de supuestas juventudes nacionalistas y peronistas que repudiaban al “enemigo ingles” que desembarcaba en la Argentina. Todos los shows en el interior se levantaron y solo hubo 3 shows en Vélez con un impresionante operativo de seguridad. Eso era la Argentina entonces. Todavía no salimos del todo.

Entonces hacia Vélez peregrinamos, previo canje de las entradas ya compradas para asistir en el estadio de Rosario Central.

Mucho calor ese febrero y una noche inolvidable. Creo que asistí a la primera  noche. Esa tarde hubo concentración de los recién llegados del interior en Plaza San Martín y de allí partimos más tarde hacia Vélez. Esa tarde nos encontramos a muchos que habían estado para los shows en Brasil.

Por supuesto, eran ya otros tiempos, era otro Yes, pero eso no importaba en absoluto. Fue inolvidable y hoy quiero recordarlo a 30 años.

Vaya además un recuerdo (porque no hay que olvidarlo tampoco) a los idiotas de siempre que se opusieron a que Yes tocara en Argentina.

Cali

Rock Notes On-Line
Interview with Jon Anderson
John Perry
“We had to be escorted into Argentina by private air force jet and were surrounded by 30 militia the whole trip. It was an extraordinary experience. We had to be kept in the hotel, we couldn’t go out for fear of being shot at. I remember as we were walking onstage to play in front of 50,000 people, Chris Squire turned to me and said, “You know who they’re going to shoot at first!” And I said, “Oh no, the singer!” I ran around that stage like crazy. The band played amazingly…playing under incredible duress that we were going to be shot at.”

 

Aquí un audio completo de una de las noches en Vélez

 

Una crónica rescatada

YES, entre la cordura y el delirio

El debut del grupo de rock internacional más importante que haya llegado hasta la Argentina, YES, resultó un espectáculo tecnológico-musical de antología, seguido fervorosamente y sin incidentes, por un público ávido de sensaciones estéticas de vanguardia. Un eficiente operativo de control -había amenazas de bombas en el estadio- enmarcó la actuación del quinteto, que proseguirá su gira por el país con sendas actuaciones en Cordoba y Mar del Plata, completando así una experiencia sudamericana que comenzó en Rio de Janeiro y Punta del Este.

por Carlos Polimeni

((entre corchetes algunas observaciones sobre la rimbombante nota de Polimeni realizadas por un fan que la rescató))

Apabullante por su perfección tecnológica, arrasadora por su nivel cualitativo, la actuación del quinteto británico YES será recordada aquí por mucho tiempo como una de las más sólidas evidencias de los infinitos a que se acerca la música contemporánea electrónica de este siglo de los pasos gigantescos y las bombas nucleares [¿qué comiste, Polimeni?].

YES, una máquina de tocar y tocar, se irguió una vez más como artífice del espectáculo artístico total: el del canto y la poesía, la cordura y el delirio, las luces y el teatro, los hombres y la ciencia. Despegarlo del contexto de la era atómica, de la inminencia del siglo XXI sería reducirlo, entenderlo sólo en parte [¿qué tomaste, Polimeni?].

El concierto en el estadio de Velez Sarsfield -15 mil personas pidiendo energía, el cielo estrellado de verano, 150 toneladas de energía al servicio del espectáculo- fue claramente la apoteosis de un estilo, el rock sinfónico, nacido al comenzar la década pasada pero con una palpable proyección hacia horizontes aún inciertos.

Una inagen: Tony Kaye ha comenzado su solo de teclados, y cuando su sutileza grave empieza a convertirse en la tocata en Fa de Juan Sebastián Bach, una “campana” de rayos láser lo enmarca de verde, y un humo denso, grávido, empieza a envolverlo, formando una imagen onírica, diabólica, irreal, que encerrará a la multitud en un solo ronquido de incredulidad.

Eso es YES: Bach y el rayo láser, la técnica virtuosa del guitarrista sudafricano Trevor Rabin -la estrella del concierto- y su furioso punteo rocanrolero, la voz sugerente de Jon Anderson y su aire de gnomo fantasioso, el talento escénico de Chris Squire y su imagen de ogro danzarín, el festival dionisíaco [?] de Alan White desde la batería.

Pero además es indefinible, un nudo de sensaciones, un espectro errante por campos desconocidos. YES es Squire bailando freneticamente sobre sí mismo, abrazado a su bajo eléctrico inalambrico hasta hacer el rictus de un perfecto suicidio escénico mientras reitera con obsesión una nota, pero también Anderson abriendo los brazos con ternura de un niño para mirar al cielo, en éxtasis, y susurrar que “la música es magia”.

YES no es inglés, siendo en ciertas armonías tan inglés. YES es un patrimonio de la cultura de esta época, una ejemplificación clara de que los límites no existen para la ciencia. YES es un fabuloso conjunto de cinco solistas de vanguardia, empeñados en hacer una música que siempre explora y sólo a veces -casi siempre por exigencia del público- accede a la tentación de lo facilmente digerible.

Se encontró en el estadio de Vélez con un público adicto, que pese a los consabidos 35 minutos de demora en el inicio del espectáculo, le tributó la cálida recepción de miles de encendedores prendidos en la tribuna, uno de los códigos rockeros argentinos, como el “canto de Woodstock”.

De ahí en más fueron 135 minutos de pasión de cinco hombres por sus instrumentos, de catarsis multitudinaria al compás de una de las mejores músicas que ha escuchado el público joven del siglo XX. El órgano casi religioso de Kaye se entremezcló con la batería electrónica de White y después de que dos rayos láser brotaron del escenario buscando el infinito, estalló cinema en el fraseo de Anderson, ese Prometeo electrizado.

Jugando con todas las posibilidades de una batería de recursos tecnológicos nunca vista en la Argentina, YES eslabonó luego un total de 18 temas, de los viejos y los nuevos. Mostró, por ejemplo en Leave It, que Squire, Rabin y Kaye pueden ser un coro de ángeles detrás de la voz inconfundible de Anderson y que White pasará a la historia como uno de los bateristas más persuasivos y dúctiles de la historia del rock internacional.

Desparramada por el césped del campo de juego, apiñada en las tribunas, la multitud ya ha sido impactada por la música que llueve desde el escenario. YES se toma ahora un descanso y mientras el bajo puntea la melodía, un mar surge de los teclados. Pero empieza otra vez el crescendo, y en la garganta de Anderson brilla Hearts, mientras se dibujan corazones de láser en el cartel electrónico del estadio.

El progreso del quinteto hacia los vértices del éxtasis es implacable: acabó de acribillar al público con una guitarra de escalas impecables, aceleradas hasta el frenesí y atacó ahora con All Good People, con Anderson gritando su convicción de que en este mundo “cada uno se satisface a su modo” y que al fin y al cabo tal vez ése no sea el problema final [¡qué filosofía de cuarta!].

Vienen ahora los primeros solos, y Kaye -con uno de sus teclados iluminado de verde- está parado sólo en la oscuridad, con un spot rosado sugiriendo su figura. Saca del alma un sonido como de manantial, lo profundiza, lo torna grave, lo lleva hacia Bach, lo trae hacia un desgarrón, y se pierde después entre el humo y su campana de láser, como un ser de otra galaxia.

El público apenas si tiene tiempo de estremecerse: con la guitarra acústica ha surgido, sentado en la oscuridad, Rabin, con sus 29 años y sus manejos del mundo clásico, para alocarse los dedos primero en un rasguido torturado y juguetear después sobre aires españoles. Showman también, correrá sobre el escenario vacío, bajará hacia el contacto con la platea para ofrendar su digitación y se irá finalmente hacia el camino del rock universal.

Changes, And You And I y Soon, tres temas históricos del grupo, preludiaron al éxito comercial actual Owner Of A Lonely Heart, con una concurrencia de amarras soltadas, de sentimientos rebosantes. Dueña de la situación, al cabo destinataria de todo esfuerzo, pero respetando por respetada.

Kaye demostró que es un tecladista menos excitante y efectista que Rick Wakeman, su antecesor, pero más solidificante para el grupo, y a continuación vino el show personal de Squire, pulsando primero melodías sencillas con su bajo -solo el baterista White quedaba sobre en escena- para hacer luego un monólogo músico-corporal que concluyó con esa especie de “canto del cisne” que fue la situación de su propia muerte tocando.

Enronquecida, la guitarra de Rabin sonaba cercana a la perfección, cuando con Starship Trooper y Roundabout empezó el final de un espectáculo en que la terrible poesía del delirio cruzó camino siempre con el acento terreno de la mejor música universal. Squire cae como un muñeco desarticulado, Anderson flota sobre el escenario, Kaye y Rabin son rituales para persegurise en dos riffs enloquecedores, y cuando White destroza sus palillos sobre un redoblante, ha terminado el rock and roll puro del final y la multitud ya no puede más, pese a que quiere…

YES propuso sangre sudor y lágrimas y la mejor música de hoy. Urdió un final fuertísimo, con los instrumentos sonando a muerte, los rayos láser cruzando como espadas el escenario, y un arsenal de spots y seguidores girando y haciendo de mil colores al humo denso que todo lo invadía. Sus integrantes bajaron como caminando sobre la ovación. Habían tocado parte de la mejor música del mundo, la que hermana sensaciones más allá de las barreras y las trampas que tiene el poder para dividir.

Artículo publicado el 03.02.1985 en el diario Clarín.

Written by Juan Echeverria