Historia del llanto

Luego de años (décadas?) que no leía una novela. Tiempo en las que sólo me dediqué a leer ensayos, buy viagra historia, informes, análisis de algún tema y otras variantes (o “piezas” de comunicación, como dirían ciertos comunicólegos) me decidí por leer la última novela de Alan Pauls.

Tuve interés en hacerlo porque, en primer lugar, ahonda en un aspecto que en los últimos tiempos ha ocupado mucho de mi interés, los ’años 70 y sus mil demonios sueltos. Década que a partir del 2000 en adelante (por poner una fecha aproximada) comenzó a escribirse sin prejuicios y narrando las cosas en su verdadera magnitud, aún con sus miserias y contradicciones más profundas. Creo que el paso del tiempo, fundamental, ha hecho posible la aparición de una nueva camada de libros que arrojan una luz mucho mas certera que la conocida en los escritos de los inmediatos años post ´70. El otro motivo es que muchos me habían recomendado leer a Pauls por sus dotes de escritor. Bien por esas razones “Historia del llanto” (2007) ocupó mi fin de 2007.

¿Qué es lo que en realidad cuenta “Historia del llanto”, cuál es su tema?

La educación sentimental de un chico que en los años 70, ya adolescente, se convierte en un groupy de la lucha armada. La biografía de un lector fanático que se pregunta: “¿Me mancho los ojos de sangre cuando leo algo sangriento que ocurrió?”. El dolor como fuerza primordial de la pedagogía progresista. Una reivindicación de la distancia. Podría seguir. Prefiero decir que el libro no tiene tema, que más bien hilvana núcleos temáticos múltiples con un criterio musical.

(05-01-2008, Río Negro)

No soy crítico literario. Si bien el libro me gustó y encontré una sintonía particular con varios tramos del mismo, en otros me resultó demasiado cruel. Una experiencia rara, pero recomendable. De todas maneras, vuelvo a mis lecturas frecuentes, seguramente pasarán varios años nuevamente para que vuelva a agarrar un libro de ficción. O no, no sé.

Aquí una entrevista a Alan Pauls, para abundar un cachito. Gracias por hacerme llegar la misma.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2007/12/30/z-03815.htm

A FONDO: ENTREVISA AL ESCRITOR

Alan Pauls: “La pasión incontrolable es más interesante que un amor de verano”

Al amor se le han dado significados muy variados. Hoy suele pensarse como un sentimiento sustituible, de corta duración. Pero esta mirada liviana nos priva de experimentar sensaciones mucho más atractivas.

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Daniel Ulanovsky. ESPECIAL PARA CLARIN

Los escritores tienen algo de brujos. En sus ficciones toman los fantasmas de una época, les dan vida y logran mostrarnos espejos en los cuales encontramos pequeños pedazos de nosotros. A veces, también bucean en sus propias vivencias y tejen libros que huelen a autobiografía. Alan Pauls reconoce cierto espíritu de juego -¿perverso?- al restringir, exagerar, invertir su historia y luego convertirla en parte de las tramas.

Los lectores, agradecidos. Su novela más conocida, El pasado, Premio Herralde de Novela 2003, lleva la pasión a límites sofocantes. Sin embargo, muchos se le han acercado en la calle para contarle su identificación con los personajes. Algo así como que, de cerca, todos somos seres extraños. Pauls, autor de ensayos destacados como El factor Borges, guionista de cine y, esencialmente, novelista, publica desde hace más de dos décadas. Su último libro, Historia del llanto, editado hace sólo unos meses, agrega a las relaciones amorosas -su núcleo tradicional y duro- la política y los años 70. Pese a su trayectoria exitosa, Pauls cree tener cierta “pasta de perdedor” y reconoce haber firmado ya algún pacto con el Diablo.

Hay algo que llama la atención en sus novelas: el amor siempre aparece en una dimensión vampírica. Los protagonistas se agotan y se vacían amando o, al contrario, al intentar romper el vínculo amoroso. ¿Para usted no corre eso del posmodernismo y los amores light?

A mí me gusta convertir las excepciones en reglas: tomo un caso singular, más o menos extremo, más o menos patológico y lo convierto en un principio de amor. Entonces, lo que parecía ser un accidente anómalo, incluso negativo, pasa a ser la ley. Yo creo que las cosas están bien en la medida en que todo caiga dentro del amor. Quiero decir, los amantes pueden ser vampiros recíprocos, psicópatas que tomen al otro como blanco, extorsionadores, perseguidores, traidores, pero en cierto sentido me da la impresión de que hay una especie de ley superior que rige. Es decir, mientras eso suceda en el contexto de la experiencia amorosa, no tengo ningún juicio moral que aplicar.

¿Pero cómo sería que ocurra fuera de la experiencia amorosa?

Que no haya relación.

¿Falta de interés, pasión?

Claro, que todo se convierta en un acuerdo sadomasoquista, que se contractualice, en especial en relación al tiempo. Algo al estilo de “durante quince minutos vamos a compartir esta pequeña sesión de sexo y violencia, y después no nos habremos conocido”. Que ésa es como la otra variante, ¿no? Los espacios amorosos con una función única, específica, sin que importe la totalidad. Pero a mí me parece que la idea de liberarse del amor, de quitárselo de encima es una idea antiamorosa.

¿Los amores de verano -con los que mucha gente ya está soñando en esta época- para usted tampoco serían amor, entonces?

No me parecen dignos de generar ficción. Sus “protagonistas” controlan demasiado la situación, el amor funciona ahí de un modo instrumental. Como uno se va de vacaciones sólo o sola y en la playa hay muchos estímulos eróticos, no va a desaprovechar el mes sin curtirse a alguien. Hay algo como de paquete turístico en el amor de verano. Yo soy chapado a la antigua: es mejor la pasión incontrolable (incluso como material de ficción). La pasión incontrolable es más interesante que un amor de verano. Se convierte en un campo nada aburrido, ni de aburguesamiento ni autodegradación.

¿Sus personajes, sin embargo, no se degradan bastante a menudo?

Sí, pero es una degradación que forma parte de la experiencia amorosa. Como si yo dijera: ¿qué extremos puede resistir el amor? ¿A qué cosas puede sobrevivir? Es un poco esa idea, la de poner a prueba la resistencia de una experiencia sentimental, humana. Me parece que el amor es totalmente cultural. Pero eso hace justamente que matemos por amor, que muramos por amor, que traicionemos por amor, que el amor se convierta en una gran causa.

Pero hay hechos que no son culturales, como el hambre, que también llevan a matar.

No creo que la gente mate por hambre. La gente mata para tener algo que no tiene; mata porque el otro es un rival, pero no diría que mata por hambre del mismo modo en el que un tigre mata a otro, si los encierran en una celda, por el simple hecho de que tiene hambre. Me parece que no se aplica a la especie humana, ni siquiera en los niveles más aterradores de miseria y de hambre. Una persona se muere de hambre, no mata por hambre.

En sus libros, se percibe un tono autobiográfico. ¿Qué se siente al lanzar los propios fantasmas a territorio ajeno?

El impulso más fuerte, en verdad, es experimentar conmigo. Algo así como la idea del científico de película de ciencia ficción clase B de los años 50, que se inyecta savia de árbol o sangre de rata -a falta de conejillos de indias o porque ya se le murieron todos- para ver los efectos en su cuerpo. Me gusta saber qué pasa si a esa materia prima que yo soy, que es mi vida, la someto a toda clase de tratamientos disímiles: exageración, restricción, inversión…

Técnicas varias de photoshop, diríamos.

Exacto. Ver cómo queda uno después de esas transformaciones. Yo creo que si hay algún morbo en esto de incluir la autobiografía, pasa por ahí. Es un morbo mucho más autista que exhibicionista. Para mí, experimentar con uno mismo no es revelar, es un trabajo completamente diferente, casi enemigo. No me interesa lo autobiográfico en un sentido confesional, simplemente por una razón: no creo en la verdad de las confesiones ni en que las personas dicen la verdad sobre sí mismas. Y llegado el caso, lo que dirían como verdad sería de una trivialidad absoluta, del tipo “Traicioné a alguien”, “Odié a alguien”, “No hice lo que me pediste porque…”. Eso no me atrae, no me lleva a ninguna parte. En cambio, me gusta lo personal que hay en la experimentación autobiográfica cuando yo dejo de ser yo, cuando mi mamá deja de ser mi mamá y nos convertimos en otras cosas, básicamente en criaturas de ficción. Y es ahí donde eso puede rebotar o resonar en alguien.

Usted está en pareja con Vivi Tellas, una conocida mujer de teatro. ¿Cómo trabaja esta experimentación autobiográfica? ¿Ella, u otra gente cercana a usted, tiene derecho a voz y a voto si hay algo que la involucra?

En mi caso, no hay voz ni voto del otro mientras escribo. Yo me arrogo el derecho de experimentar con mi vida personal y por lo tanto, con todas las piezas que forman parte de ella. Y lo hago sin escrúpulos. Tengo, sí, límites éticos. No me interesa escribir para perjudicar a alguien, ni para vengarme de nadie; no creo que la literatura arregle cuentas entre personas. Igual, no me parece descabellado que llegue a tener problemas, incluso con las personas más queridas. Se trata de un terreno muy resbaladizo donde siempre se va mucho más allá de la cuestión de “¡Cómo me hiciste quedar!”, “¿Soy yo o no soy yo tal personaje en tal libro?”, “¿Tenés derecho a trabajar con mi vida?”. El inconveniente es cuando alguien siente que el libro le pertenece porque lo ha, supone, inspirado.

Hablamos del amor y del vampirismo. Fuera de la ficción, ¿cómo es usted frente a la tentación? Le pregunto porque conozco mujeres que estudiaron Letras en su misma época y suelen decir: “Alan era el bombón que todas las chicas querían”.

Nunca fui un playboy. Me di cuenta muy pronto de que no iba a serlo, en particular cuando veía a aquellos playboys de mi niñez y de mi adolescencia que se movían por la Costa Azul. ¿La razón? La misma por la que supe que nunca iba a jugar al tenis profesionalmente: no tenía chip ganador, no me interesaba el triunfo. O porque tenía pasta de perdedor. Para ser un Don Juan o un deportista de competición, se necesita una especie de instinto de aniquilación: yo o yo. Y creo que nunca tuve eso. Además, no me interesan los muchos objetos. Siempre preferí quedarme con una mujer e ir hasta el fondo. Ese fue siempre mi camino.

La pasta de perdedor no le ha funcionado en la literatura: ahí se ha esforzado por tener un “yo” fuerte.

Quizá haya elegido la literatura porque no obliga a entrar en una relación de intercambio con el mundo: escribir es una práctica muy autista. La gente que realmente quiere hacerlo, escribe, le den premios o no, lo publiquen o no, lo elogien o no. Yo escribí durante veinte años y realmente me hicieron mierda, tuve críticas horribles, vendí poco, vendí poquito, vendí un poquito más. El mío no fue un ascenso fatal.

Pero llegó.

Podía no haber pasado nada, también. Puede incluso, que de aquí en más no vuelva a pasar. Créame, eso es algo accidental.

Mmmm…

Le quiero decir que el buen escritor no tiene pasta de ganador, no escribe bien por la fama, ésta después puede llegar o no. En cambio un tenista no es grande si desde el principio no tiene en mente batir al otro. ¿Entiende la diferencia?

Copyright Clarín, 2007.