noviembre 3, 2013 Publicaciones 2 comentarios

¿Qué me está pasando? ¿Qué nos ocurre con la forma en que escuchamos música? Sobre esto ya he hecho algunos comentarios previos, pills pero los síntomas se extienden y acrecientan. Si alguien viera el estado en el que se encuentran mis CDs, consideraría que jamás presté atención a eso de “tener” música. Sin embargo, nada más lejano de la realidad.

He sido un melómano y un enamorado del buen sonido y así fui pasando, decidida y felizmente, a la etapa del CD. Tratando de armar una buena cadena de audio. Pero algo pasó en estos años que ese no parece ser el camino a seguir. O no, no sé.

Por un lado, tuve mi primera desilusión cuando hace algunos años comprobé la finitud del los CD-R. Los CDs grabados o “quemados”, mecanismo que creíamos perfecto para piratear discos, es inútil. Se destruyen con el tiempo. Esta  semana puse mi copia de “Universo ao meu Redor” de Marisa Monte y descubrí que ya ingresó en su etapa de degradación irreversible. Pero aún así, el olvido progresivo en que ingresaron los CDs (originales) me cuesta mucho revertirlo y, por el contrario, ahora ando por la vida escuchando “streaming”. ¿Qué me está pasando?

Siempre lamenté la rápida decadencia del CD en manos de la portabilidad del MP3, llegando al ridículo de comprarme CDs para luego “comprimirlos” para escucharlos en el MP3. Luego la tara de escuchar música on line de manera casi indecente por su facilidad y vastedad, accediendo a casi absolutamente cualquier cosa, aunque sea en calidad miserable. En el camino, fue quedando atrás el sonido de calidad y la necesidad contar con componentes “High Fidelity” o los costosos “High End”.

En toda este proceso en que se ha ido desmaterializando la música y su portabilidad, treat un fenómeno para mí increíble, en el cual no entro ni a palos, es el enamoramiento vintage por los vinilos o LPs. Crecí con ellos y los adoro. Pero ni a palos vuelvo a esa locura. Esa reivindicación del sonido más “cálido” es una reverenda idiotez que sirve para explicar la inexistencia de un sólo parámetro en el cual el vinilo pueda mejorar el sonido de un CD o DVD. La única “calidez” del vinilo es el tibio recuerdo de nuestra adolescencia perdida, después es un mercado para un nicho. En fin.

Todo esto, para comprobar día a día que esto que me ocurre también le sucede a muchos otros. Aquí va una serie de artículos que hoyimage se publican en La Nación con los nuevos fenómenos del streaming. En este punto debo recomendar fervientemente visitar y probar a Jazz24.org, una radio hecha para y por amantes del jazz (en su infinitas modalidades) sin avisos comerciales y sin pavadas. Una ONG a la que he comenzado apoyar económicamente y soy “activista” todas las horas del día que puedo.

Cali 

PS: va la nota de hoy de Franco Varise y recomiendo la columna de Alfredo Rosso.

Hábitos

La música que suena ahora

(Suplemento Sábado, no rx La Nación, 2 de noviembre de 2013)

Con los servicios pagos de streaming y la reaparición de los vinilos, se imponen nuevas formas de consumo que marcan el fin de las descargas y los CD

Por Franco Varise | LA NACION

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Valentina Ruderman, de 23 años, no puede parar de escuchar música. En su casa, cuando camina, cuando trabaja y, si pudiera, también mientras duerme. En su iPhone, de manera online , tiene todo lo que necesita para musicalizar la película de su vida. Lucy Patané, de 28, en cambio prefiere descubrir grupos o canciones online , paladear un poco los sonidos, conocerlos, para después comprar los discos de vinilo y disfrutarlos en su casa.

La llegada a la Argentina de Spotify , el anuncio de YouTube (Google) de su servicio de música pago por streaming y el espectacular crecimiento de las ediciones de discos de vinilos nuevos (no de saldo) acompañados con tarjetas para que el usuario descargue el disco digital conforman el nuevo combo para disfrutar de uno de los placeres centrales de muchos: escuchar música. A esto se le suma el último lanzamiento de los Hertzios del sitio local Taringa Música! , que promueve cambiar el formato físico del CD, un poco decrépito, por objetos (libros, esculturas) definidos por los autores con un código para descargar la música.

Empecemos con algo de historia. A principios de la década del ochenta, el stowaways empezó a cambiar la forma en que la gente escuchaba música. Ese dispositivo con un nombre tan extraño terminó masificándose como el walkman. Lo maravilloso del momento, lo revolucionario, era que uno podía escuchar mientras caminaba o viajaba. Y que el soporte en el que venía la música era en cassette que, incluso, podía regrabarse.

De aquella pequeña revolución a esta segunda década del siglo XXI pasaron casi 30 años, y el nuevo stowaways ahora se llama streaming. Por primera vez en mucho tiempo, la forma en la que escuchamos música tiene nombres nuevos: Spotify, Deezer, Shazam y, próximamente, YouTube entre otras aplicaciones. El usuario accede mediante el pago de un canon mensual (Spotify cuesta 36 pesos) a millones de grupos y canciones que no necesita almacenar, porque los temas corren de manera streaming (como el YouTube tradicional, pero sin video). Sería como el Netflix de la música, con la ventaja de que puede emplearse en modo offline (sin conexión a Internet) y compartir listas con amigos: de ahí el nombre de social music.

“Con este sistema terminé de cerrar el combo para escuchar música. Ya probé todo: descargar, el Grooveshark , pero ninguno terminaba de convencerme. Con Spotify tengo toda la música que quiero en mi iPhone para escuchar en el auto (por Bluetooth), en mi casa en el microcomponente y mientras viajo”, cuenta Clara Arean, de 26 años.

Al igual que Clara, Nicolás Vajnenko, de 29 años, abandonó la descarga de música, el traspaso de archivos en pendrive entre amigos y la compra de CD, porque le resulta más sencillo tener todo online y sin ocupar espacio. “Me simplificó el tema de estar buscando sitios para bajar música y ese tipo de cosas; ahora busco lo que quiero y lo escucho en el auto, en mi casa o donde quiera con el iPhone. La verdad es que busqué muchas bandas y me sorprendió que estuvieran disponibles”, dice Vajnenko, que trabaja en una maderera.

Spotify fue fundado por Daniel Ek y Martin Lorentzon en 2006, en un pequeño departamento de Estocolmo, Suecia. En 2008 hizo su primer lanzamiento en siete países de Europa. Hoy cuenta con 6 millones de usuarios pagos en todo el mundo que acceden a más de 20 millones de canciones. Es lo que suele denominarse un sistema on demand: que los usuarios seleccionan lo que quieren escuchar, cuando quieren y donde quieren…

Gustavo Diament, Managing Director para América Latina de Spotify, dice a LA NACION que la idea es poner a disposición de los fans toda la música del mundo. “Fue creado para ofrecerles a los fanáticos de la música una alternativa a la piratería que aseguraba que los titulares de los derechos de la música y los artistas fueran compensados por su trabajo”, explica. Si bien hay algunas críticas de algunos autores, el sistema tiende a perfeccionarse tanto para el artista como para el usuario. No sería descabellado pensar que más pronto que tarde, el proveedor de música estará incluido en la factura hogareña de servicios pagos mensuales (como ya ocurre con Netflix).

Fer Isella, director creativo de Limbo Music y creador del PAM (Plataforma Argentina de Música), de la Secretaría de Cultura de la Nación, cree que el camino es inexorable: “Todos recordamos ese momento de quiebre total: la llegada de Napster, esa instancia donde el cambio de paradigma encontraba su vértice y abría los ojos (y orejas) al público. Al mismo tiempo, lamento que la industria no se esté adaptando al paso que corresponde, y que aún le tenga miedo al desafío. Un visionario salvó a una industria musical ciega y sin capacidad de cambio: Steve Jobs. ¿Y por qué? Porque era una persona que comprendía el futuro de las formas de consumo de la gente. La palabra clave es acceso. La gente quiere todo: ya, fácil, cerca y en todos sus ambientes; quieren experienciar la música y pagar un precio relativamente justo por ello”.

Valentina ya encontró su método perfecto. Lo resume así: escuchar música online y comprar vinilos. “Es como con los libros, soy muy ansiosa y si algo me gusta mucho me gusta ir a comprar el vinilo”, plantea. “Ocurre que online podés escuchar mucha música, pero en definitiva no es tuya y a mí me gusta tenerla”, agrega.

El formato de discos de vinilos vendría a compensar hoy la ansiedad de Valentina como la de muchos otros a la hora de poseer un fetiche. Parece bastante extraño que un formato de más de 50 años vuelva a transformarse en una de las nuevas maneras de escuchar música: el sitio Amazon informó que la venta de vinilos, en lo que va de 2013, aumentó un 100% respecto de 2012. Si este dato ya parece una rareza, lo es más que desde 2008 la venta de vinilos en ese sitio creció un 745 por ciento. El disco más vendido este año es Random Access Memories, de Daft Punk. “Internet permite acceder a servicios que añaden al simple placer de escuchar un disco, tal cantidad de información y tantas posibilidades, que la desaparición de los soportes físicos tradicionales se me antoja inminente. En lo que se refiere al fetiche: vinilos, sin duda”, asegura Diament de Spotify.

Lucy Patané heredó una buena colección de vinilos de su padre. Cuenta que de muy chica, uno de los rituales con su papá era ponerse a desempolvar los vinilos y escucharlos juntos. El cruce generacional hoy permite que los discos que los padres fueron atesorando también puedan ser disfrutados por los hijos. A la vez, el segmento activo musicalmente es mucho más grande que en otras décadas cuando, a determinada edad, los adultos cambiaban sus gustos musicales o dejaban de actualizarse. La cultura rock, como la denomina el escritor y periodista inglés Simon Reynolds, incluye para arriba a personas de 60 años. Y lo determinante de ese tipo de cultura, señala, es el apetito por nuevas músicas y bandas.

“La música es mi vida. No sé si tengo un estilo o gusto particular a la hora de escuchar, sino que tiene que sorprenderme. En este momento me gustan mucho las orquestas tropicales y el calipso, pero es parte de un momento”, dice como introducción Lucy. Según relata a LA NACION, su método para encontrar cosas nuevas comienza con Bandcamp, un servicio online donde los artistas suben sus obras para compartir en las redes sociales como Facebook. “Escucho mucho Bandcamp donde está muy presente la escena de bandas locales, pero siempre me gustó mucho el formato de los discos de vinilo. Ahora con el hecho de que se editan nuevos me gustan más”, relata Lucy que, además, abrió su propia disquería de vinilos, Mercurio. El lema de la disquería: Escuchar online, comprar en Mercurio dice mucho acerca de este momento. “Estuve en Europa y me compré ediciones preciosas, pero las que se editan acá también son muy lindas y no cuestan tanto, unos 150 pesos”, grafica Lucy.

Los nuevos discos de vinilo pesan 180 gramos (bastante más que los tradicionales) y las ediciones vienen acompañadas con lo que en la industria se denomina anabólicos: una tarjeta para descargar el disco a formato digital, un simple de regalo u otros objetos. Por ejemplo, el último disco de David Bowie o el de Depeche Mode, por mencionar dos artistas, traen estas opciones de descarga y, en Mercado Libre, pueden conseguirse por unos 395 pesos.

El sonido de los discos de vinilo también es otro de los aspectos revalorizados por los consumidores de música. Es que la producción musical había cambiado mucho con la entronización del CD, porque para incluir más canciones terminó adoptándose un criterio de masterización basado en la comprensión y el mayor volumen posible de los temas. En el camino se perdieron la calidez y el rango dinámico de los sonidos que estaban muy presentes en los vinilos. Ahora, esos dos aspectos vuelven a cobrar valor para los melómanos que ya se cansaron de que todos los discos suenen igual. El furor por los auriculares de calidad es otro de los frutos de esta combinación donde el sonido, otra vez, resulta importante. Y si durante el reinado del MP3 o el CD, un buen equipo de música era sinónimo de alguien que escucha mala música, eso comenzó a cambiar ya que los vinilos requieren de parlantes y bandejas que reproduzcan con mayor fidelidad. De hecho existen en la Argentina bandejas nuevas como la Numark TTUSB (3200 pesos) que posee una conexión USB para transformar digitalmente la música o la Stanton STR8 (7174 pesos) para amantes del sonido perfecto.

A todo esto, el lanzamiento de los Hertzios por parte de Taringa Música! agrega opciones al combo musical. Se trata de formatos diferentes que contienen un código para la descarga musical. Un hallazgo.

Al final de cuentas, queda claro, cada época encuentra su manera de conectarse con la música..

 

 

Opinión

En defensa del formato CD: porque nada (ni nadie) es eterno

Por Alfredo Rosso | Para LA NACION

La posibilidad de la desaparición del formato físico de la música es algo triste, por varios motivos. Primero porque se rompe el concepto de una obra discográfica, como algo completo, como una unidad. Se pierde la posibilidad de apreciar, de una manera reflexiva y con todos los elementos literalmente en la mano (música, arte de tapa, letras) un trabajo que tiene una unidad estética, conceptual, que ocupa un lugar concreto en tiempo y espacio. Esto que es verdad para la música de rock, lo es mucho más para una obra clásica, digamos una ópera. ¿Se imaginan tratando de escuchar arias en Spotify o Napster? ¿Buscando desesperadamente un libreto de “Rigoletto” en iTunes? ¿Y en el jazz? ¿Te subís a la Nube para escuchar una versión de 20 minutos de “My favourite things”, de John Coltrane? ¿Y cuál versión, porque en general nunca se especifica?

Muchas veces, en la música que las radios tienen ahora en su disco rígido vos querés pasar la versión original, pongamos por caso, de “Smoke on the water”, de Deep Purple, la de “Machine Head”, y de repente sale una versión en vivo sin saberse su origen ni la formación de la banda que la interpretó. Lo mirás al operador y en su rostro se lee: “Y? qué querés? Acá no dice nada sobre qué versión es ésta”. Por otra parte, las famosas “nubes” de música alejan el control de la obra del usuario y la disponibilidad o no de ese material musical pasa a ser prerrogativa de los dueños o administradores de esa “nube”, y no del oyente. Y algún día pueden negarte el acceso.

El formato físico permitía una transmisión de la cultura mucho más eficiente. Compartías un vinilo, un casete o un CD. “Fijate en el tema 4, es fantástico”; “Mirá la tapa de ese disco de King Crimson. La música es un buen reflejo de ella?” Prestabas un disco, intercambiabas discos. Los llevabas con vos de aquí para allá. Te juntabas con gente para oírlos. Ahora, ¿qué vas a hacer? “Chicos, vengan a casa a comer, que después nos subimos a la Nube a escuchar MP3…” Nah. El vinilo estuvo bien para su época. Es cierto: el sonido es más “cálido” que el del CD, pero, a su vez, te limita a escucharlo en un lugar estático. Y a mí me gusta escuchar música en casa, pero también caminando por la calle, en la bici, en un auto, en el bondi, en la playa… Entonces, para mí, el CD es ideal porque te da la mejor fidelidad posible en un formato conveniente, retiene la parte de arte de tapa (convengamos que reducida y no tan atractiva como el vinilo) y permite una mejor información en términos de letras. Y para los que dicen que el CD no es eterno, les respondo: nada es eterno. Nosotros tampoco. Pero yo tengo CD que tienen más de 15 años y están perfectos.

 

 

Opinión

Nada resulta más sencillo que escuchar canciones en streaming

Por Guillermo Tomoyose | LA NACION

Las ventajas de la transmisión online de contenidos, o streaming en la jerga tecnológica, es la nueva alternativa a las descargas digitales de música y video. A pesar de las ofertas legales y muy buenas, como el catálogo de música y películas de Apple en la tienda iTunes, nada resulta más sencillo que Spotify o Deezer, por mencionar algunos de los servicios de este tipo que he probado. Por supuesto, algunos optan por métodos mucho más trabajosos, tales como la descarga directa o en redes P2P. Todos estos procedimientos, muy flojos de papeles en la mayoría de los casos, suelen ser justificados en pos de la calidad de la pista de audio y la ansiedad de los usuarios. También existe Grooveshark.com , una muy buena plataforma online , ideal para acceder de forma gratuita desde un navegador web (limitada a una aplicación móvil paga diseñada en Html5), con un amplio pero desordenado catálogo, de origen dudoso y algunas veces en mala calidad de sonido.

En su versión paga, los servicios de streaming de música no requieren de una conexión constante a Internet desde una tableta o teléfono inteligente, ya que permiten almacenar las listas de canciones y discos en modo offline . Además, ofrecen la posibilidad de llevar la colección de música a cualquier reunión de amigos, y si la selección no es del agrado, basta con conectarse a una red Wi-Fi para volver a buscar nuevos temas. Todo eso sin tener la necesidad de utilizar cables USB para conectar el dispositivo móvil a una computadora para copiar los archivos de forma manual o mediante iTunes, en el caso de usar un dispositivo móvil de Apple. La aplicación de Spotify, disponible para la mayoría de los dispositivos móviles del mercado, es muy intuitiva, fácil de usar y permite pasar de un tema a otro gracias a la opción de artistas relacionados, una opción muy divertida al momento de recordar viejos hits y artistas que quedaron en el recuerdo y que muchas veces uno no recuerda más que la melodía de sus hits. Por su parte, tuve la oportunidad de probar Deezer, ya que tiene una versión para el teléfono BlackBerry Z10. No está mal la interfaz, pero se advierte menos pulida y fluida que Spotify. No obstante, ambos catálogos son muy completos y cumplen con la mayoría de las expectativas que tienen los usuarios.

Sin embargo, no todas son flores para el streaming de música. Este tenedor libre de canciones es un catálogo casi ilimitado, pero por cuestiones de licencia, los álbumes de Stone Temple Pilots, muchos de los temas de su solista Scott Weiland y toda la discografía de Kid Rock no están en la edición argentina de Spotify, cuando pude comprobar que la versión norteamericana sí los tenía. Son esas extrañas fronteras que impone la industria discográfica en una geografía online sin límites.

Written by Juan Echeverria