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Los denominados «barras bravas» son delincuentes que cuentan con un tácito permiso para delinquir otorgado por toda la sociedad. Desde la conocida dirigencia del fútbol, buy viagra clubes y AFA, hasta la dirigencia política que utiliza a esos delincuentes para actos políticos violentos, punterismo y todo tipo de estropicios.

Todos sabemos que los «barras bravas» gozan de protección para tener negocios paralelos a la violencia futbolera: drogas, cheap trapitos, robos y demás calamidades cotidianas. Insisto, gozan de protección para hacerlo, incluida la policial. Esa impunidad es el poder «barra brava».

El periodismo deportivo se alarma y escandaliza cuando estallan las agresiones y aparecen los muertos o, como sucedió hace una semana, cuando se debe suspender un partido por la agresión a los propios jugadores. Sin embargo ese periodismo es complaciente día a día tolerandolos y no señalando el papel intimidatorio que tienen  los «barras» en las canchas. Saben muy bien que no son simples simpatizantes de futbol, saben que son delincuentes y gente violenta, pero los toleran y los festejan como parte de la «pasión futbolera».

Los jugadores tal vez sean uno de los eslabones  más débiles. Francamente desconozco su posible margen de  maniobra. No me atrevo a señalar nada sobre ellos.

Pero de lo que nadie habla, o pocos lo hacen, es de la complacencia y la verogonzosa tolerancia hacia los «barras» por parte del público del futbol. Existe una mayoría del público de fútbol, que si bien no es violento, tolera pasivamente o, en muchios casos, festeja y aplaude a su «barra brava». Un público que alimenta la violencia con puteadas, mensajes amenazantes previos a los partidos y, en no pocos casos, festejando a  los vándalos. Un público que naturalizó la presencia de la violencia como si se tratara de un complemento inevitable del espectáculo deportivo.

Si ese público mayoritario decidiera decir «basta» y dejar de ser tolerante y cómplice con los «barras», con tan sólo dejar las canchas vacías una, dos o tres fechas, harían caer a pedazos a toda una dirigencia política/deportiva putrefacta. Pero mientras siga el público de fútbol tolerando, difícilmente habrá dirigentes que quieran o puedan cambiar algo.

Written by Juan Carlos Villalonga