La intimidad como espectáculo


Desde agosto he estado leyendo “La intimidad como espectáculo” (Fondo de Cultura Económica, store 2008) de Paula Sibilia. Es parte de esta exploración que estoy haciendo desde el momento que inicié este blog a comienzos del año. ¿Qué encierran estas nuevas formas de expresión? ¿qué las alimenta? ¿qué las hace atractivas, funcionales y populares?



Estoy acostumbrado, y a esta altura diestro, en ejercitar una actitud crítica, y hasta diría, hostil, hacia las nuevas promesas tecnologías, nuevos desarrollos y todo tipo de “soluciones” que generosamente se nos ofrecen a diario. Porque si hay algo que he aprendido de los más inteligentes críticos sociales, es a dar la vuelta la carga de la prueba, no debo ser yo ni la sociedad la que debe demostrar que cierta oferta tecnológica es innecesaria, peligrosa o, directamente, dañina. Quienes compran espejos de colores y corren detrás de los “gadgets” del momento portan la misma ideología que alentó un desarrollo cientifico-tecnológico que nos dejó su ojivas nucleares, la industria química más tóxica, las mega-promesas que aplastaron pueblos enteros y este presente donde la atmósfera promete, con muchas ganas de cumplir, más temprano que tarde, que nos hundamos en la peor de las catástrofes humanitarias jamás imaginada.



Así, sobreponiéndome a mi recelo, me he dedicado a realizar este experimento conmigo mismo en esta dinámica que, ya no me deja lugar a dudas, ha modificado, y promete hacerlo mucho más, el espíritu de los tiempos y de quienes vivimos en ellos.



El blog es una profundización? / desvío? / zafarrancho? en un camino que inicié hace una pila de años cuando hice mi primer programa para una computadora que jamás llegué a ver (alojada en un sitio refrigerado y poco accesible), pero que respondía a órdenes dictadas mediante tarjetas perforadas (aquellas tarjetas Hollerith) en código Fortran.



El trabajo de Paula Sibilia es realmente muy bueno. Además cuenta con el agregado de ser un buen análisis de lo que sucede hoy, try absolutamente contemporáneo, en un tema hiperdinámico, y lo hace desde esta región del planeta (Sibilia es Argentina).



Quizás en algunas partes del trabajo recurre a presentar conclusiones, las que no pongo en duda, pero sin demasiado esfuerzo por demostrarlas, sería más sólido si colocase algunas cifras que respalden tales dichos. Tal es el simple caso de señalar que hoy se lee menos ficción que obras de no ficción. No debería ser difícil comprobar tales cosas.



Pero, de todos modos, un libro realmente bárbaro.



Y seguiré haciendo el blog.



Cali



(Fragmento de “La intimidad como espectáculo”)



Pero, ¿cómo afrontar este nuevo universo? La pregunta es pertinente porque las perplejidades son incontables, acuciadas por la novedad de todos estos asuntos y la inusitada rapidez con que las modas se instalan, remedy cambian y desaparecen. Bajo esta rutilante nueva luz, por ejemplo, ciertas formas aparentemente anacrónicas de expresión y comunicación tradicionales parecen volver al ruedo con su ropaje renovado, tales como los intercambios epistolares, los diarios íntimos e incluso la atávica conversación. ¿Los e-mails son versiones actualizadas de las antiguas cartas que se escribían a mano con primorosa caligrafía y, encapsuladas en sobres lacrados, atravesaban extensas geografías? Y los blogs, ¿podría decirse que son meros upgrades de los viejos diarios íntimos? En tal caso, serían versiones simplemente renovadas de aquellos cuadernos de tapa dura, garabateados a la luz trémula de una vela para registrar todas las confesiones y secretos de una vida. Del mismo modo, los fotologs serían parientes cercanos de los antiguos álbumes de retratos familiares. Y los videos caseros que hoy circulan frenéticamente por las redes quizá sea un nuevo tipo de postales animadas, o tal vez anuncien una nueva generación del cine y la televisión. Con respecto a los diálogos tipeados en los diversos Messengers con atención fluctuante y ritmo espasmódico ¿en qué medida renuevan, resucitan o le dan el tiro de gracia a las viejas artes de la conversación? Evidentemente, existen profundas afinidades entre ambos polos de todos los pares de prácticas culturales recién comparadas, pero también son obvias sus diferencias y especificidades.



En las últimas décadas, lo sociedad occidental ha atravesado un turbulento proceso de transformaciones que alcanza todos los ámbitos y llega a insinuar una verdadera ruptura hacia un nuevo horizonte. No se trata apenas de Internet y sus mundos virtuales de interacción multimedia. Son innumerables los indicios de que estamos viviendo una época limítrofe, un corte en la historia, un pasaje de cierto “régimen de poder” a otro proyecto político, sociocultural y económico. Una transición de un mundo hacia otro: de aquella formación histórica anclada en el capitalismo industrial, que rigió desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XX –y que fue analizada por Michel Foucault bajo el rótulo de “sociedad disciplinaria”-, hacia otro tipo de organización social que empezó a delinearse en las últimas décadas. En este nuevo contexto, ciertas características del proyecto histórico precedente se intensifican y ganan renovada sofisticación, mientras que otras cambian radicalmente. En ese movimiento se transforman también los tipos de cuerpos que se producen cotidianamente, así como las formas de ser y estar en el mundo que resultan “compatibles” con cada uno de esos universos.



¿Cómo influyen todas estas mutaciones en la creación de “modos de ser”? ¿Cómo alimentan la construcción de sí? En otras palabras, ¿de qué manera estas transformaciones contextuales afectan los procesos mediante los cuales se llega a ser lo que se es? No hay duda de que esas fuerzas históricas imprimen su influencia en la conformación de los cuerpos y subjetividades: todos esos vectores socioculturales, económicos y políticos ejercen una presión sobre los sujetos de los diversos tiempos y espacios, estimulando la configuración de ciertas formas de ser e inhibiendo otras modalidades. Dentro de los límites de ese territorio plástico y poroso que es el organismo de la especie homo sapiens, las sinergias históricas –y geográficas-incitan algunos desarrollos corporales y subjetivos, al mismo tiempo que bloquean el surgimiento de formas alternativas.





Las condenas diarias de la tecnología

Página/12

Miércoles, 30 de Noviembre de 2005



Con la genética, la clonación, la inteligencia artificial, los celulares e internet no sólo cambian las nociones de vida, muerte y distancia. Se alteran también los sueños y deseos, así como la concepción misma de ser humano.



Por A. G.



La cárcel de la realidad no está hecha de barrotes de acero o paredes porosas que marcan el encierro. Sus muros son más inasibles y cotidianos, y se levantan cada vez que se toma algo por dado, naturalizando lo históricamente construido. Ocurre con los avances de la ciencia y los productos de la técnica tomados hoy como naturales e internalizados como cosas de todos los días. Y ocurre también cada vez que se esquiva la tarea de cuestionar lo férreamente asentado y disecar el presente. La dirección opuesta es tan ambiciosa como esquiva, y se orienta hacia el pensar el mundo examinando procesos menos visibles pero aún así, existentes. Ese es el caso de la antropóloga argentina Paula Sibilia (Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil), autora de El hombre postorgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (Fondo de Cultura Económica) en el que se sumerge en las bases filosóficas de la tecnociencia contemporánea y pone la lupa sobre las marcas que inflige el auge de la biología y la informática en la subjetividad humana.

Mejor lo cuenta usted: ¿de qué trata el libro?

Es una reflexión bastante amplia sobre cómo las nuevas tecnologías, en especial dos áreas de la tecnociencia, la teleinformática y las nuevas ciencias de la vida (genética, neurociencia, biología molecular), y sus descubrimientos recientes están afectando en la última década la forma en que pensamos la vida, la naturaleza y el cuerpo, y también, nuestra concepción de ser humano.

¿Y cómo analizó eso?

Mi estrategia fue contrastar el momento contemporáneo con la modernidad y, a pesar de las continuidades, intenté subrayar las rupturas, enfatizar lo que hay de distinto entre las dos épocas en lo que refiere a las máquinas y al cuerpo. Así hago un recorrido por la transición entre la metáfora del “hombre-máquina” (la figura del sujeto robotizado, mecanizado, el mundo como máquina y reloj, las leyes mecánicas como formadoras del universo) y otro conjunto de metáforas que ahondan más en lo digital que en lo mecánico y analógico. Las metáforas mecanicistas para pensar el cuerpo humano están perdiendo fuerza y cediendo terreno a imágenes y metáforas nuevas que vienen con el paradigma de las tecnologías digitales.

¿Por ejemplo?

Un ejemplo bastante claro es el código genético, la idea de un programa de instrucciones comandando el cuerpo humano y definiendo lo que es cada uno; como si fuera un software, como si nuestro sistema operativo fuese el ADN.

Más o menos la idea de máquina está todavía presente ahí, casi escondida.

Sí, pero las máquinas actuales no son las máquinas “clásicas” de las fábricas, como en esas donde Chaplin se metía en los engranajes. Esas máquinas eran puro hardware, todo hierro y poleas. Las máquinas contemporáneas digitalizadas tienen software, o sea, están animadas por un programa o instrucciones. El cuerpo humano, la vida y la naturaleza se empieza a pensar como una máquina de este tipo.

¿Cómo se filtran estas metáforas? ¿Cómo circulan?

Hay una dispersión constante a partir de los medios de comunicación, los anuncios de nuevos descubrimientos sobre el código genético, clonación, transgénicos, inteligencia artificial, las nuevas versiones de los dispositivos (celulares, palms, acceso y conexión a internet).

Que se naturalizan…

Exacto. Forman parte del paisaje, nos volvimos compatibles con esas máquinas. Hasta incorporamos los gestos inconscientemente, como actos reflejos.

Y ni hablar de la adopción de palabras en el vocabulario cotidiano.

Sí, usamos cotidianamente palabras como “descargar”, “ponerse las pilas”, “enchufarse”, “colgarse”.

El ejemplo perfecto de nuestra dependencia de la tecnología es cuando se corta la luz. Uno se siente totalmente desamparado.

Lo cómico es que uno sabe que se cortó pero aún así uno tiene el impulso por prender la luz, el ventilador. Todo eso está tan naturalizado y forma parte del paisaje como antes era el mundo industrializado y antes de eso la idea de la naturaleza encantada, divinizada, sacralizada de la Edad Media. Es como si fuesen narraciones cosmológicas, relatos del mundo y del hombre, que estarían mutando.

¿Pero hay continuidades entre la noción del mundo mecanizado y el actual?

Bastantes. Todavía seguimos siendo cuerpos disciplinados, dóciles y útiles como decía Michel Foucault. Pero hay algunos cambios. No somos exactamente eso. El auge de la genética y el desciframiento del código genético contribuyó a expandir esa retórica. Una metáfora que está operando actualmente es la de la vida como información. Viene de mediados del siglo XX con el descubrimiento de la forma helicoidal del ADN por parte de Watson y Crick. Pero para que esta idea pasara al sentido común demoró bastante tiempo. Ahora para nosotros es cosa de todos los días.

¿En dónde se ve eso?

En los discursos alrededor de las terapias genéticas y en el auge del determinismo genético más grosero en los medios de comunicación. Es como si todo fuese genético y todo estuviera determinado por un gen. Vos sos así porque tenés o no tal gen. Es como si fuese el horóscopo. La diferencia con el zodíaco es que el sueño de esta tecnociencia estaría en que se va a poder cambiar, reprogramar.

Es una reactualización del dilema entre el peso del ambiente y lo dado.

Hay una tendencia biologizante muy fuerte. La diferencia es que el hecho que sea genético ahora no implica que sea indeleble.

En la introducción de El hombre postorgánico dice que se está terminando la edad del hombre, ¿a qué se refiere?

Todos estos discursos sobre lo posthumano, lo postorgánico, la postevolución de los últimos años que aparecen en el ámbito académico, en el arte, la literatura, se basan en el discurso del cuerpo obsoleto y del hombre como algo limitado. Lo que impera se podría definir como la “tiranía del upgrade”: la constante necesidad de mejorar la condición humana, potencializarla, superar los límites que son relativos a la configuración orgánica del cuerpo humano tanto a lo espacial –de ahí la importancia de los celulares (estar siempre conectado a las personas) y de internet (tener acceso al mundo) que eliminan las distancias– como lo temporal –la lucha contra el envejecimiento, las enfermedades, contra la muerte–. Son discursos que tienen mucha resonancia. Indican inquietudes presentes.

Lo que está diciendo es que con la tecnología actual no sólo cambia nuestra forma de contacto con el mundo sino también la imagen que tenemos de nuestro cuerpo, ¿no?

Claro. Ahora se están generando otro tipo de cuerpos, más ávidos que disciplinados. Sería otro perfil subjetivo el que sería privilegiado, estimulado. Es un cuerpo también ansioso, superexcitado, incitado a consumir constantemente, un cuerpo que quiere siempre algo nuevo, experiencias extremas, lo cual antes estaba mal visto. Eso se ve en las características que se buscan en el mercado laboral: no es el sujeto responsable, capaz de cumplir horarios, disciplinado el que más se cotiza en la sociedad contemporánea. Lo importante son otras habilidades como la flexibilidad, la agilidad mental, la buena imagen, la simpatía. Es otro tipo de sujeto.

Y todo esto a causa de las tecnologías que no son inocentes…

No son neutras mejor dicho. No todas las sociedades se someten a ellas de la misma manera. Son fuerzas construidas históricamente. Eso no quiere decir que sean determinantes, pues hay formas de escapar y resistir.

Aunque siempre aflora lo que usted llama la “tiranía del upgrade”.

Sí, una incitación constante a actualizarse, si no uno queda viejo, obsoleto, anacrónico, anquilosado. Uno siempre tiene que estar al tanto de las últimas novedades, las últimas noticias. A esto se le suma que uno siempre tiene que ser joven y ágil porque si no uno queda relegado. En la publicidad y el marketing lo que más se valora es ese tono juvenil; como si la creatividad fuese una cualidad de la juventud únicamente. Es el modelo de felicidad actual.

¿Cambia la noción de confort que siempre estuvo asociada a la tecnología?

Va cambiando de forma. Antes lo confortable era quedarse en casa, protegido del mundo. Ahora probablemente el confort sea otro: es tener acceso a información de todo tipo todo el tiempo, acceso a sensaciones nuevas. La gran distinción contemporánea no sería poseer cosas sino tener experiencias únicas, ser un coleccionista de sensaciones.

Y por ende también cambia la idea de intimidad. Eso se ve un poco en el auge de los blogs o cuadernos personales en internet.

Junto a la omnipresencia de los reality shows, los blogs, fotologs o videologs son parte de un mismo fenómeno que gira en torno a mostrar la intimidad. Es también un cambio de perfil subjetivo. La idea de intimidad y privacidad es algo relativamente nuevo en la historia de occidente: tiene dos siglos solamente. Se terminó de configurar a principios del siglo XX con la necesidad de tener un cuarto propio –donde el yo se desarrolle– donde protegerse del ambiente público, cada vez visto como más amenazante. Eso estaría en crisis. Es como si esa intimidad oculta estuviera secándose y migrando hacia la superficie de la piel: uno es no tanto ese yo interior si no lo que uno muestra con el cuerpo, con el cuerpo, la forma de vestir. “Si no me ven en una pantalla, no existo”, sería la idea en boga.

Tristemente, tanto como que no tenemos más espacio

Para terminar, el tema que me rondó en la cabeza mientras tanto: “quiero ver un tren” de Luis Alberto Spinetta, aquí en su versión de MTV unplugged (1997), originalmente de su disco “Mondo di Cromo” (1983)


2 Comentarios

  • “La vida como información”
    No se trata ya solo de una metáfora…
    http://www.albertoestevez.com
    see Buildings 5 and Writings 5

    Me gustaría escuchar tu opinión

    Lu 19 enero, 2009
  • mm… no se mucho de arquitectura como para opinar sobre la página que citas. “La vida como información” es otra expresión usada por Sibilia. Existe una “fetichización” de la información y la palabra información es usada y abusada. Quienes trabajan en tecnologías de información y sistemas lógicos saben distinguir “información” de “ruido”. Mucho de lo que comúnmente se le dice “información” es simplemente “ruido”, datos sin destino cierto.

    Cali 6 febrero, 2009