La primera y la próxima estación

En la última semana dos episodios independientes entre sí me refieren a uno de los tópicos que me obsesiona desde siempre: los trenes.

Por las razones que fueran, mi relación con los trenes viene desde muy chico, primero por la extraordinaria fascinación que me producían esas máquinas increíbles, luego por esa cosa mística inigualable que tienen los trenes y que ha generado inspiración a tantos, luego, porque la racionalidad así lo indica, es el medio más seguro, económico, ecológico y rápido para transportar gente y cosas. Razones, nunca me faltaron.

Esta semana fui a ver “La próxima estación” de Pino Solanas y dos días después tuve que viajar a Holanda, y allí volví a sentir la admiración acerca de lo que los trenes pueden ser.

Mi primera estación, es la de Juncal. El tren pasaba tres veces por semana, muy temprano a la mañana y luego volvía de Rosario, los lunes, miércoles y viernes, a las nueve de la noche. Poder ir a la estación a la noche, porque alguien llegaba o había que buscar una encomienda, era una experiencia superior. Desde que la luz aparecía a lo lejos, muy chiquita en la oscuridad, hasta que ese monstruo llenaba de vapores, olores y ruido el andén, el corazón me latía en un crescendo igual al tronar de la locomotora que se acercaba. Luego me iba hasta la punta de la estación a ver de cerca la máquina. Era maravilloso ver en la oscuridad a esa cosa tremenda despidiendo fuego y ese olor a carbonilla inolvidable. En esos momento, si el maquinista me saludaba o, como alguna vez pasó, me invitaba a subir, para mi era una experiencia inigualable, ni la mejor nave espacial podía competir con eso, la locomotora era una máquina viva y orgánica, que había que alimentar, darle agua y requería de la atención permanente de esos héroes que eran los maquinistas. Mis padres se asustaban un poco por esa fascinación y me decían que no fuera, porque me podían raptar o cosas por el estilo, cosas para asustarme. Cuando lograba subirme a la locomotora yo veía a la puerta de la caldera como si ese fuese el corazón mismo que movía al mundo. Eso era el fuego sagrado.

Así nació mi amor profundo por los trenes. Una experiencia cumbre fue cuando pasé una tarde arriba de una locomotora haciendo maniobras con los vagones en la estación y los silos, cuando ya la máquina se iba del pueblo, el maquinista paró en el paso a nivel cerca de mi casa. Creo que me bajé como si hubiera estado en la cúspide del mundo. No lo podía creer. Luego, otra vez a mi casa, a dibujar locomotoras y trenes, cientos. No me alcanzaban los ojos cuando estaba cerca de alguna locomotora para absorber todos los detalles de la máquina para luego plasmarla en la hoja “canson”.

Luego aparecieron las “diesel”. Recuerdo que me resistía a ellas, era hincha de las de vapor. Con el tiempo las acepté, aunque no tenían esa cosa heroica del maquinista sacando su cabeza desde la cabina, una cabina abierta que en el invierno se resistía al calor de la caldera. Mi mayor deseo era hacer un viaje así. Por mucho de eso, el tren fue mi sueño.

Muchas cosas de la película de Solanas me son familiares, el amor hacia entren de tanta gente, el valor que ha tenido para cientos de pueblos y el golpe tremendo que les significo su desaparición. Hay muchas cosas de la prédica de Solanas que no la comparto. Creo que en buena medida, la destrucción del tren obedece más a la estupidez colectiva que a los mandatos y presiones externas. Hace tiempo que no tributo a la teoría “victimista” del nacionalismo. Creo que nos debemos hacer cargo de lo que se ha hecho en Argentina.

Estando estos días en Holanda y recorrer el interior de ese país a bordo de trenes que te llevan rápido, cómodo, seguro y puntuales, con absoluta normalidad, me hacen ver un mundo factible al que bien podemos aspirar. Por supuesto que no me resulta indiferente el hecho que ese primer mundo recibe diariamente un subsidio extraordinario de países como el nuestro. Lo sé. Pero aún así, lo que hacen es digno de ver y entender.

En Argentina se despilfarran oportunidades cotidianamente robándonos los unos a los otros. Es alarmante la cantidad de guita que se roban gobernantes, sindicalistas y funcionarios de toda laya. Por supuesto que estamos condicionados internacionalmente, pero ojo que es mucha la plata que se maneja en la Argentina. Podría decir que no nos falta plata, se la roban y roban desde hace años. Basta ver las riquezas personales inexplicables de tantos dirigentes políticos y sindicales, así como los inexplicables gastos de campañas y contratos.

 Hace poco tuve la oportunidad de conocer una de las sedes de un sindicato no muy relevante. No soy especialista en temas sindicales ni conozco en profundidad ese sindicato, pero me encontré visitando algo así como una empresa escandinava. Algo fuera de lo común. ¿Cuál es la diferencia. ¿El robo? ¿Cómo un sindicato menor puede desarrollar algo así?

Por todas las razones dichas, me saca de las casillas cuando veo a Kirchner (como han hecho tantos) hacer inauguraciones de ramales que se caen a pedazos, apenas pintan por encima del óxido y la precariedad a una locomotora, le ponen las banderas y la marcha, y ya está el acto para la gilada. Con eso, lamentablemente no funcionan los trenes. A la semana, por supuesto, sale en los diarios que ese mismo tren se paró en medio de la nada, que demoró 12 horas en llegar a destino. Pero claro, ya no sale en la sección política y nadie paga el costo. Nunca pagan porque no se les cobra la mentira y la demagogia. Eso no se hace porque fallamos nosotros, no porque los bonistas nos acorralan. A mentirnos de esa manera no los obliga el FMI ni Bush ni Menem, aunque siempre los usen como un mantra que neutraliza toda crítica.

Recomiendo ver sin prejuicios “La próxima estación”. Aunque su lectura siga demasiado el canon justicialista, es importante ver ciertas imágenes y escuchar a alguna gente que en ella aparece. Aunque solanas pase por alto los tremendos cambios tecnológicos y sociales ocurridos durante el siglo XX, a los cuales el ferrocarril se debió adaptar, no deja de ser una contribución a que pensemos un poco.

Es bueno ver en la película de Solanas que al tipo que maneja los desastrosos trenes de hoy, le gusta llegar a horario y ver que la gente llega a destino a tiempo, aunque ya no sea, ni por asomo, un héroe para chicos, como lo era antes para mí. Hoy los chicos en Argentina crecen viendo como les prenden fuego a los trenes. En eso nos hemos convertido.

Cali

Esta es la locomotora que llegaba a Juncal.

Locomotora 4-6-2 Nº 110 del F.C. General Mitre, fotografiada en junio de 1974 en Venado Tuerto. Para entonces estas locomotoras estaban relegadas a servicios de carga, como por ejemplo entre Venado Tuerto y Villa Constitución, y las últimas unidades serían apagadas unos cuatro años después. Estas hermosas máquinas integraron una partida de sesenta unidades (Nº 101 a 140 y 171-190) fabricadas entre 1913 y 1915 por North British, constituyendo la Clase P.S.8 del F.C. Central Argentino, que por varias décadas estuvieron asignadas al servicio de trenes de pasajeros de media y larga distancia sobre las principales líneas de esta empresa británica de trocha ancha (1,676 m.). Cabe destacar que las locomotoras hermanas Nº 129 y 130, aunque siempre figuraron en los registros del ferrocarril, nunca entraron en servicio en razón de haber sido hundidas en alta mar junto con el buque que las transportaba durante la Primera Guerra Mundial.

(Galería Fotográfica de Locomotoras a Vapor de la República Argentina, http://www.arar.org.ar/CT_GFCV1.html)

4 Comentarios

  • Casualmente este viernes vi la película. Sinceramente me parece positiva en el sentido de ayudar a instalar el debate en medio del caos cotidiano que vivimos los que viajamos en tren y el despropósito que significa el tren bala.

    Sin embargo, a mi también me molestó soberanamente esa fábula peronista que Solanas repite en forma absolutamente acrítica al hablar por ejemplo de la nacionalización de los trenes. Pino omite decir que dichos trenes, por los que pagamos 2000 millones de dólares ya tenían fecha para pasar al Estado Nacional sin que hubiera que pagar nada.

    Creo que tener este hecho en cuenta nos ayuda a entender mejor el porque del proceso de destrucción constante del patrimonio nacional que lejos está de haber empezado en los 90´.

    Ramiro Mariano 29 septiembre, 2008
  • El tren, el ferrocarril está cargado de nostalgia y no solo por el desguase final ejecutado por el Estado y avalado por la mayoría de los argentinos durante el menemato, sino además y, principalmente, porque nos remonta a la vida de nuestros abuelos, inmigrantes italianos y españoles, que se insertaron laboralmente en nuestro país como obreros ferroviarios, porque vive en los relatos de la niñez de nuestros padres, pero más universalmente porque rememora al proyecto de la Modernidad que nunca fue.

    El tren fue el símbolo del desarrollo de la naciente sociedad moderna, la fuerza del ferrocarril, del tren, de la máquina podemos asociarla con las fuerzas productivas desplegadas ferozmente por el desarrollo capitalista. Asimismo, las extensiones de las vías férreas contribuyeron a reforzar la unión territorial de los nuevos estados nación a través de la comunicación. El ferrocarril además fue sinónimo de clase obrera, de luchas sociales, de reclamos sectoriales, de lucha por la dignidad laboral.

    Hoy, la idea de “progreso y desarrollo” moderno han demostrado ser falaces, el estado de intercomunicación y a globalización han hecho que los estados nación sean cada vez más débiles y hay más vínculos exteriores que interiores, asimismo la clase obrera está siendo devorada por una sociedad más heterogénea e individualista. El tren, en nuestro país es una metáfora de ese derrumbe, y más allá de ello, el tren sigue siendo un símbolo de lo que pudimos ser y no fuimos. Aún así para aquellos que se resistieron y resisten a aceptar de manera unívoca al capitalismo y sus formaciones sociales ( mutantes) el tren se ha convertido en un símbolo neutral que también provoca nostalgia de lo que no fue y ya nunca será.

    Anonymous 4 octubre, 2008
  • Me parece una falta de respeto hablar de trenes y no hacer mención a las monedas de 100 pesos que dejábamos descansando sobre los los rieles hasta que el tren pasaba aplastándolas (y las sacaba volando). Apenas si se podía leer el número y la inscripción. Eran de un cobre claro, y ya no valían nada (ni para un ‘palito de la selva’ alcanzaban en aquel entonces…) Ah! Y un suspiro especial por todos aquellos pueblos tren-dependientes que quedaron en el olvido.

    Juan Cruz 10 octubre, 2008
  • Aún me debo la película de Pino. Las vías del ferrocarril son las venas de una Argentina que hoy está enferma y desamparada, y cuyas várices nadie trata.
    Un país desmantelado y ya sin sangre para poner en funcionamiento sus piernas.

    Ojalá algún día, el corazón lata más fuerte que el bolsillo y eyecte lo mejor de sí.

    Mauro Fernández 15 octubre, 2008