marzo 14, 2008 Publicaciones 5 comentarios

Acabo de leer “Buscada. Lili Massaferro: de los dorados años cincuenta a la militancia montonera” (2005) de Laura Giussani. Préstamo de Rosario Espina que sabe que devoro libros sobre nuestra historia reciente y que reflejen las reales dimensiones, see aún las más contradictoras, de sus protagonistas. La vida de Lili Masaferro se entrecruza y es partícipe de innumerables capítulos de la historia porteña de la última mitad del siglo pasado. Una vida a toda velocidad que atraviesa los círculos intelectuales y políticos más representativos desde los ´50. Si bien siempre fue una mujer con posturas políticas, es en el año 1971, bajo la dictadura de Lanusse, donde su vida sufre un vuelco definitivo. Ese año es asesinado su hijo Manolo. En un reportaje Laura Giussani explica: Ella sintió, al igual que sus compañeros Rodolfo Walsh y Paco Urondo, ask que sus hijos estaban empezando a actuar según las ideas que ellos le habían inculcado. Era pensar “nosotros somos los que les hemos dado estas ideas a los chicos y ellos están ofreciendo la vida, y los están matando”. El empuje de una generación nueva en los ‘60, arrastra, y les otorga vitalidad a sus padres que redescubren una posibilidad de cambio. A los 40 años, ellos decidieron seguir con la misma potencia que tenían a los 20. El libro, centrado en Lili Massaferro, registra la intensa amistad entre tres mujeres: Lili Massaferro, troche Julia Constenla y Pirí Lugones. Esta última, “nieta del poeta e hija del torturador” tal como se presentaba a sí misma.

A pocas semanas del asesinato de su hijo, Lili Massaferro es la principal oradora en un acto en homenaje a Manolo en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras. Luego de su emotiva intervención, baja del escenario y entre quienes se acercan, esta Pirí, con quien hacía tiempo estaban alejadas. Rescato el fragmento que sigue a ese encuentro y que muestra una fascinante trama que une historias y protagonistas. Algunos muy presentes en este blog (ver Avellaneda Blues, 28 de febrero, por ejemplo)

Cali

La vida de Pirí en los últimos añas las había alejado. Convertida en musa de la intelectualidad porteña por su trabajo en la editorial Jorge Alvarez, recorrió los años sesenta en busca de jóvenes talentos. En su pequeño departamento de la Avenida Rivadavia, en el edificio del Hogar Obrero, coincidieron distintos ámbitos culturales y políticos. Eran apenas cuatro ambientes minúsculos que sufrían del mismo transformismo que su dueña, un día amanecían con las paredes forradas de papel plateado y a la semana siguiente pintadas de negro, grandes almohadones por el piso, ceniceros en cada rincón, libros y originales apilados por el piso, cortinas coloridas y pesadas con grandes borlas amarillas, vestigios de muebles de la abuela Juana y potus que colgaban de las enormes bibliotecas. La casa del Hogar Obrero era un caleidoscopio de culturas, encuentros de generaciones, mercado persa de emociones. Pirí reunía en su entorno a escritores noveles como Ricardo Piglia, Manual Puig o Germán García, con Rodolfo Walsh, León Rozitchner, David Viñas, intelectuales comprometidos y revolucionarios. Recibía con curiosidad a jóvenes roqueros amigos de sus hijos, rebeldes de los sesenta. Roqueros y revolucionarios no tenían demasiado en común y sentían cierto rechazo unos por otros. La rebeldía musical estaba destinada a los padres y su cultura autoritaria. Querían libertad, y eso era mucho en los sesenta. Que los dejaran tocar su música, vestir del modo que quisieran, tener amores sin vigilancia y, en algunos casos, fumarse un porro sin ir presos. No pedían demasiado pero sus recitales solían terminar con decenas de detenidos, los muchachos debían ocultar sus largas cabelleras si no querían dormir en el piso de la comisaría más cercana. Una noche de septiembre de 1968 se juntaron en el departamento del Hogar Obrero los amigos de Alejandro, el hijo de Pirí de la mano diminuta, para festejar sus deciocho años. Entre ellos estaban Tanguito, un muchacho medio desquiciado que solía repetir que en el baño de la Perla del Once compuso La Balsa, y tres jóvenes que soñaban con ser músicos. Eran Javier Martínez, Claudio Gabis y Alejandro Medina, un trío que se haría llamar Manal. Jorge Alvarez, invitado a la fiesta, los escuchó y quedó extasiado con ese rock con reminiscencias del blues. “¿Quieren grabar un disco?” preguntó al trío que creía vivir una película: en casa de una señora llamada Lugones –apellido que los intimidaba y seducía tanto como sus ojos-, hablando con un hombre que ofrecía grabarles el primer long play. Una vez más, Pirí servía de puente. Nacía el sello Mandioca y Manal entraba a la historia del rock con Jugo de Tomate frío. El disco se presentó en el teatro Apolo. Pirí se ocupó de que asistieran los popes culturales del momento: Marta Minujin, Germán García, David Viñas y Leopoldo Torre Nilson. Sobre el final subió al escenario Luis Alberto Spinetta que estaba lanzando el primer larga duración de Almendra, con Muchacha ojos de papel y Ana no duerme. De los sótanos de la ciudad surgían también Vox Dei y Arco Iris.

Lili no soportaba las nuevas relaciones de Pirí. Encontraba ridículamente patético que viviese rodeada de jovencitos pelilargos que podían ser sus hijos. Peor aún le parecía las historias sexuales que ocasionalmente tenía con alguno de ellos. Veinte años habían pasado desde que Lady Chatterley les revelara la existencia de placeres carnales. Ya eran mujeres de cuarenta, madres de hijos adolescentes, activas e independientes. ¿Por qué entregarse de ese modo a pibes que no sabían dónde estaban parados? ¿Qué les veía? ¿Qué podían darle? A pesar de su desfachatez transgresora, Pirí terminaba muchas veces golpeada por la situación. Lilí la encontraba patética. Una noche de copas excesivas se dijeron todo lo que pensaban. O pensaron que lo habían dicho. Ninguna de las dos recordaba con claridad esa conversación pero había significado una ruptura definitiva. Para Lili su amiga estaba desvariando, no tenía noción de su edad ni de su condición. Creía que sufría un desequilibrio sentimental, que sucumbía ante disparatadas historias para tapar la soledad. Pirí atinó a defenderse con agresiones, “Estás hecha una burguesa de mierda, creo que ya no entendés nada de la vida, desde que te convertiste en la señora de Laferrere estás irreconocible”. Dejaron de verse.

“Perdoname”, decía Pirí en el aula magna de Filosofía y Letras dos años después de aquel desencuentro, “perdoname”. “Cómo no te voy a perdonar, Pirí, si sos mi amiga de toda la vida”.

Written by Juan Echeverria