abril 30, 2018 Publicaciones 1 comentario

Me había quedado pendiente de la nota Mi reflexión sobre el riesgo de ‘un nuevo relato’ el continuar con las respuestas y reflexiones que merece el comentario que recibí al momento de publicar “Algo de economía desde una perspectiva ‘verde’.

Un poco demorado, pero gustoso he aceptado el desafío de la autocrítica y la evaluación permanente, así que continúo ahora con las respuestas a aquella consulta que continuaba del siguiente modo:

“Puntualizo algunas críticas:
Entre 17 y 25 hay un 50% de error. No es poco.”

Estos números se referían al valor al que llegó el año pasado (2017) el IPC (Indice de Precios al Consumidor) que para el INDEC  fue del 24,8 y para el cálculo extraoficial del IPC Congreso fue del 24,6.

Aquí quiero hacer dos comentarios iniciales: el primero, durante el año 2017 tuvimos por primera vez un IPC oficial en base a  una metodología aprobado por los estándares internacional y en la que podemos confiar todos. Debe notarse que por primera vez, luego de muchos años, el IPC oficial convergió a un valor similar al estimado por  consultoras privadas. Me parece, que al tratarse de luchar contra la inflación, esa premisa tantas veces enunciada de  “no esconderla ni negarla” aquí se cumple y hemos recuperado un instrumento esencial, el INDEC. Esto me parece sustancial no perder de vista porque es  parte de  los activos institucionales que hemos ido logrando durante estos últimos años. No fue sencillo lograrlo, tanto en recuperar confiabilidad técnica como en superar las resistencias políticas internas de ese organismo.

En segundo lugar, la meta inflacionaria del 17% para el año pasado fue establecida por el Gobierno Nacional y debe ser tomada como tal, como una meta, un objetivo político-económico, un norte que permite calibrar  decisiones y adoptar medidas de gobierno. Es una meta y no un pronóstico, por eso, más que hablar de “error”, hay  que hablar de una meta no alcanzada. Uno podrá evaluar si la meta era inapropiada o no, y puede evaluar si las medidas adoptadas fueron las apropiadas para alcanzar tal meta.

Soy un firme defensor de que las políticas públicas deben traducirse en metas, ya que eso permite medir el éxito o no de las medidas adoptadas. Celebro que nos vayamos habituando a la adopción de metas cuantitativas para la gestión.  Las metas permiten evaluar, corregir y, algo muy importante, permiten coordinar esfuerzos entre las diferentes áreas del Estado (Banco Central, Hacienda, Comercio, etc.) y también entre los diferentes actores sociales (empresarios, sindicatos, gobiernos locales). Esto no sólo  es válido para el caso de la inflación. Un buen ejemplo es la meta para alcanzar el 20% de energías renovables en la matriz eléctrica al 2025.

Sin ser economista, considero que durante 2017 se tomaron mayormente medidas adecuadas para el logro de esa meta, siempre dentro de un programa económico que procura ser gradual  en todas aquellas medidas que significan ajustes y correcciones económicas. Digo esto, siendo consciente que las medidas que más rápidamente impactan en una baja de la inflación suelen ser medidas recesivas, que afectan al empleo y a la economía familiar.

Aún así, las cosas no fueron bien, se terminó con un casi 25%.

Es evidente que lo hecho no ha alcanzado aún, ni la política monetaria implementada por el Banco Central ni la propia evolución de la economía y sus precios. A pesar de esta módica respuesta obtenida en el descenso inflacionario, también debemos decir que, a juicio de los más diversos analistas económicos, esta dificultad no coloca al país en una situación de riesgo inflacionario fuera de control (si algo así podemos decir estando con un 25%!). Todos los análisis muestran que el fenómeno inflacionario, complejo y difícil de dominar, va camino a atenuarse, esa es la tendencia sostenida. Hoy estamos en un nivel de inflación como el que tuvimos en los últimos 10 años (ver gráfico).

En la actual coyuntura hay dos situaciones a tener en cuenta, esta baja inflacionaria (modesta por cierto), se ha dado en un contexto de actualización de tarifas de servicios públicos muy importante, es decir que estabilizado ese proceso de actualización, una componente inflacionaria importante desaparecerá y por el otro, ciertamente la lentitud en no lograr una baja más rápida, nos corre por detrás la imperiosa necesidad de ir bajando el endeudamiento con el que hoy financiamos nuestro déficit fiscal. Dos carreras que deben ser ganadas a tiempo antes de que tengamos una tormenta seria, como otras tantas.

Para este año, la meta del 15% me parece muy lejana, pero debemos acercarnos lo más posible a ella, eso necesita el país. Si logramos estar cerca el 20% a fines de año, entonces tendremos una reducción considerable en el marco de un programa gradual de ajuste y que, a su vez, puede ser asimilada a una baja inflacionaria sólida y firme. Si eso no ocurre, la carrera del endeudamiento nos obligará a acelerar el recorte de gastos en áreas que tienen siempre mayor impacto social, que es el tipo de ajuste que apropiadamente se quiere evitar.

Written by Juan Carlos Villalonga