Escribo esto a pocas horas de que Argentina tenga su semifinal con Holanda. Entonces quiero contarles que tengo un profundo placer cuando miro futbol, patient me encanta el juego, lo he practicado y creo entenderlo a mi manera.
Pero nunca me verán gritando goles, asumiendo alguna actitud demasiado expresiva, particularmente en los mundiales. Sucede que estas contiendas activan mecanismos, actitudes y se movilizan símbolos y palabras que me renuevan el dolor de ciertas heridas que acarreo.
Viví el Mundial 78 con 18 años. Sabía lo que ocurría con la poca información de la que disponíamos entonces, ed me recuerdo a mí mismo diciendo “¿serán 15.000!?” en un altillo de zona sur en Rosario, mientras mirábamos revisas europeas a las que mejor no preguntar cómo habíamos accedido a ellas. Mis convicciones profundamente anti-milicas me convertía, y a una banda de amigos, rockeros todos, en fantasmas dentro de la Ciudad.
La efervescencia de ese invierno, las banderas, el patriotismo idiota que se desplegaba al mismo tiempo que una operación de encubrimiento descomunal se desplegaba por los medios apelando a la pasión futbolera y los valores de la familia argentina. Odio ese invierno maldito. Lo odio como pocas cosas.
Odio cada partido de ese mundial. Odio esa fiesta inaugural y a Videla hablando ante un país-cuartel del que era perfectamente y orgullosamente EXTRANJERO. Tal como Charly García nos cantaba en “botas locas” desde unos cassetes clandestinos.

Definitivamente no me sentía parte de “La Fiesta de Todos”, ed fiesta cuartelera, asesina y de la que fue parte una hipócrita argentina.
 
En la final, los jugadores holandeses se negaron a recibir la medalla del segundo puesto de manos de Videla. Ya habían dado la nota mostrándose con las Madres de Plaza de Mayo y haciendo críticas declaraciones a la prensa, que obviamente se conocieron mucho después. Para mí los holandeses fueron entonces un pequeño ejemplo de dignidad en medio de la miseria. La gran figura holandesa de aquellos años, Johan Cruyff, repentinamente decidió no participar del mundial. Se sospechaba no querer ser parte del mundial de una dictadura.
Durante 1979 la fiesta siguió, el mundial juvenil en Japón (ya con Maradona) y el aniversario del mundial con un partido amistoso entre Argentina y Holanda, esta vez en Holanda, pero allí las cosas ya no serían lo mismo. Durante ese partido aparecían una misteriosa banda que tapaba uno de los arcos. He aquí lo que sucedió y que disfruté mucho.

El cartel “Videla Asesino” y luego “militares son miseria y represión” fueron vistos por todo el mundo, aquí sólo en los primeros minutos hasta que se avivaron.
A todo esto, transcurría el conflicto con Chile por el Beagle, del cual nos salvó el Cardenal Zamoré enviado por el Papa. Estábamos ya a los tiros con Chile a finales de 1978. Así eran esos años de fiesta futbolera.
Soldados_Argentinos_Marchan
Para continuar con tragedias y futbol, en plena guerra del Malvinas, en 1982, durante ese junio invernal, ver a los argentinos agolpados en los bares frente al televisor mirando el Mundial de España ya colmaba todo lo que se podía tolerar. Una sociedad alienada, estúpidamente triunfalista y que había decidido hacerse la distraída de todo, porque ya cualquiera podía saber lo que pasaba acá nomás y lo que estaba sucediendo en las islas con lo pibes cagados de hambre y frío y la matanza que se venía.

Así las cosas, los mundiales me dejaron una cicatriz. No volví a ver partidos de mundiales hasta 1990. El del 1986 no vi absolutamente nada, ningún partido. En 1990 vi algo y poco a poco, pude volver a mirar los partidos y disfrutar de una manera discreta. Por eso no me pidan que hoy grite o me lamente demasiado. No me verán jamás en ningún festejo futbolero en mundiales. Esa ya no tiene vuelta atrás. Dichosos los que pueden hacerlo porque son parte de otra historia. La mía sólo me permite ver el partido como si fuera un eterno extranjero, que disfruta del espectáculo y la alegría de los demás. Hasta allí llego.
Cali

Written by Juan Echeverria