octubre 23, 2011 Publicaciones 1 comentario

Dibujoexxon

Hoy, healing Domingo de elecciones, surgirá un nuevo Gobierno Nacional. Nada hace dudar de una enorme victoria de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Quiero aprovechar esta pausa dominguera para señalar una característica de este gobierno que, si bien es un tema fuera de agenda en la campaña y el debate cotidiano, todo indica que será determinante en las próximas décadas. Se trata de lo que reiteradamente he mencionado como el “negacionismo” climático que ejercita el gobierno “K”.

El futuro, para una mayoría de dirigentes políticos, queda en un lugar difuso y sobre el cual no hay demasiadas responsabilidades, ejercitando así la más cruda de las prácticas cortoplacistas. Es paradójico, hubiera sospechado que el “progresismo” debería estar en las antípodas de las premisas del radicalismo de mercado (“en el futuro estaremos todos muertos”) y que se esforzaría por pensar el desarrollo social en términos más racionales. Pero no hay racionalidad, del “Dios proveerá” del oscurantismo antiguo, pasamos a la versión local del  “Tecnópolis proveerá” propio de de un modernismo caduco.

CFK no cree en el cambio climático. Su política internacional y doméstica no lo incluye. Por supuesto que puede aparecer aquí o allá en alguna mención perdida en algún documento, pero siempre subordinado a intereses “verdaderamente” más importantes.

El “negacionismo” es hacerle el juego al status quo y a la construcción de un futuro más restringido, más apremiante y más violento. ¿Por qué se milita en esas filas?. Hay infinitas razones. Las hay de carácter psicológico, como lo señala Clive Hamilton, las hay de orden estrictamente comercial y político, los intereses que deben moverse y cambiarse son muchos, y las hay de orden ideológico ya que significa reconocer la debacle final del paradigma desarrollista.

El “negacionismo” es cómplice y actúa como encubridor del estancamiento en las negociaciones internacionales, que se sigan dilatando decisiones cruciales en ese terreno y permite a las corporaciones y gobiernos con un altísimo grado de responsabilidad no verse perturbados por una comunidad internacional “confortablemente adormecida”, parafraseando a Roger Waters, ya que estamos en plena thewallmanía.

No voy ahora a mencionar las consecuencias del cambio climático y los mejores modos para enfrentar ese desafío. Sólo quiero mencionar un tema que ha sido en los últimos años de gran impacto en la opinión pública pero que, sin embargo, a la hora de hablar de política parece no haber conexión alguna. Mucho se ha escrito, dicho y documentado acerca de la fragilidad de los glaciares de alta montaña, particularmente en la zona de Cuyo de nuestro país. También, su rol vital en la provisión de agua para cuencas que cubren buena parte del territorio de la Argentina. Por supuesto, hacia Chile también.    

El debate irrumpió con fuerza producto de la nueva amenaza que significa el desarrollo de emprendimientos mineros a gran altura y a la descabellada oposición de la “corpo” minera (sector empresario y gobiernos asociados) a cualquier tope que se pretendiera poner a sus actividades allá arriba de la cordillera, como la Ley de Glaciares.  El debate generó una súbita comprensión del valor de estos glaciares, hasta hace poco, casi desconocidos.

Lo cierto es que el impacto minero sobre los glaciares es apenas una agresión más que resulta incomparable frente a la debacle generalizada de estas masas de hielo producto del cambio climático. Aún sin minería, el image cambio climático se lleva puesto a los glaciares de esa zona por completo en unas pocas décadas. Se lleva puesto a éstos como reservas de agua dulce, a las actividades económicas sustentadas por ese recurso y la estabilidad de las comunidades de la región.

El “negacionismo” es el principal enemigo de los glaciares, para decirlo sintéticamente. Hoy los glaciares preocupan a mucha gente, sin embargo, el “negacionismo” del gobierno nacional no. Hay allí un desafío muy grande.

Uno de los principales mecanismos por los cuales se practica el “negacionismo” es a través de la generación de polémicas ante la opinión pública, polémicas hábilmente alimentadas por charlatanes y polemistas de diversos ropajes. Esas polémicas, debidamente publicitadas y alimentadas, generan el caldo de cultivo para que ninguna decisión sea vista como urgente o se vea debidamente justificada.

Hay muchos ejemplos de esto. Quiero tomar un ejercicio realizado hace poco por Adrián Paenza a través del diario Página/12. El pasado 28 de agosto ese diario publicó un suplemento especial “El Debate 5.Cambio Climático”, una transcripción completa de “El debate en la televisión pública”, conducido por Adrián Paenza.

Por supuesto invito a leer completo el documento, pero resulta ilustrativo leer atentamente la introducción de las dos personas que se colocan a polemizar y leer detenidamente el tramo inicial del debate.

 

Los participantes

A favor

Dra. Inés Camilloni

Dra. en Ciencias de la Atmósfera e investigadora en el Centro de Investigaciones del Mar y de la Atmósfera –instituto que depende del Conicet y también de la UBA– y es miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático.

 

 

 

 

En contra

Dr. Tristán Simanauskas

Dr. en Ciencias Naturales, docente de la Universidad Nacional de Quilmes, integrante del área educativa y de difusión científica del Museo de La Plata, autor del libro Un cambio climático anunciado.

 

 

 

 

 

Hay una clara diferencia de especialidades y una enorme disparidad en el grado de involucramiento en el debate y la investigación climática. El primer paso, como ven, es igualar cualquier tipo de opiniones. No es un error, es un método.

Vamos ahora a la primera ronda del debate. No quiero focalizarme en los argumentos ni en los aspectos técnicos, tan sólo ilustrar desde dónde habla cada uno, desde qué lugar y qué respaldo y responsabilidad contiene cada opinión. Resalto en negrita las expresiones que reflejan esos aspectos. Es abismal y extremadamente gráfica la diferencia.

¿Es el hombre el responsable del cambio climático?

A FAVOR

1 Dra. Inés Camilloni

Lo primero que quiero explicar es cómo funciona, cómo trabajamos en climatología. La climatología es una ciencia que lo que hace es construir el conocimiento por medio de un mecanismo, de un proceso que es un proceso colectivo. Esto quiere decir que somos muchos los científicos trabajando, y lo que hacemos es recolectar datos, proponer teorías, diseñar modelos, evaluar estos modelos, hacer experimentos, en un proceso en el que tenemos un ida y vuelta. Esto quiere decir que el conocimiento se va creando no ladrillo sobre ladrillo, sino que lo que hacemos es retroalimentar el conocimiento que vamos generando.

De esta forma, las evidencias científicas que vamos construyendo apuntan a demostrar que los resultados que tenemos, que el cambio climático observado en los últimos 50 años, es consecuencia principalmente de las acciones humanas. ¿Cómo hacemos para validar estos resultados desde el punto de vista científico? Los resultados se validan por la metodología que utilizamos en la ciencia, esto es, se presentan los resultados ante expertos, en revistas con publicaciones, publicaciones con arbitrajes que lo que hacen es evaluar los resultados. A medida que tenemos los resultados, que son línea de evidencia que convergen hacia un punto y que son respaldadas por la opinión de científicos expertos independientes de la investigación que se está proponiendo, esto les da mayor sustento a los resultados que obtenemos.

Y es en este sentido que hay una gran cantidad –diría abrumadora– de resultados, provenientes de diferentes organismos, en distintos lugares del mundo, de centros de investigación, que muestran que el cambio climático observado por lo menos en las últimas 5 décadas se debe a las acciones humanas.

Esto hay que ponerlo también en un marco de las incertidumbres con las que trabajamos, porque, como yo también mencionaba, nos basamos también en datos y los datos tienen ciertas incertezas. Es responsabilidad de los científicos avanzar sobre estas incertidumbres para reducirlas, para transmitir de la mejor forma los resultados, de forma que puedan ser aplicados en forma apropiada en las políticas que se tomen con respecto al cambio climático.

Ahora bien, ¿qué hace el hombre para producir este efecto? Lo que hace es intensificar un fenómeno natural que existe en la atmósfera que es el “efecto invernadero”. La temperatura que se registra sobre la superficie de la Tierra depende de cuánta energía proviene del Sol, de cuánto la Tierra devuelve hacia el espacio y de cuánto la atmósfera absorbe y reirradia hacia la superficie terrestre a través de este fenómeno que se denomina “efecto invernadero”.

Lo que hacen las acciones humanas es aumentar la concentración de los gases que dan origen a este fenómeno por diferentes actividades, principalmente la quema de combustibles fósiles que alimentan a la atmósfera de dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y otro conjunto de gases que finalmente intensifican el fenómeno natural de “efecto invernadero” que existe en nuestro planeta.

EN CONTRA

2 Dr. Tristán Simanauskas

En primer lugar, es cierto que existe un cambio climático, de hecho el cambio climático es constante, es parte de la evolución del planeta y de la evolución del universo en su totalidad. Todo el tiempo el clima está cambiando y no es ninguna novedad que exista un cambio. También es cierto que lo que se registra es un aumento en la temperatura media en los últimos 50 años. Lo que resulta más difícil es tratar de interpretar ese aumento en los últimos 50 años como un aumento exclusivamente debido a la actividad humana.

¿Por qué? Porque en realidad el planeta lleva más de 5 mil millones de años de evolución, el clima en el planeta lleva más de 5 mil millones de años de evolución y a lo largo de todo ese proceso se han dado distintos ciclos y la complejidad del clima en particular, como de todo el sistema planetario, a mi criterio, no puede reducirse al análisis de una única variable, y tratar de traspolar y concluir sobre los últimos 50 años de datos un proceso que puede llevar muchos más, resulta, desde mi punto de vista, absolutamente reduccionista.

No creo que deje de impactar el hombre en el proceso del cambio climático, como todo organismo dentro del planeta, pero definitivamente no creo que sea el principal motor de ese cambio. Por otro lado, el hecho de centrar la atención en el dióxido de carbono como el principal gas de efecto invernadero, uno de los productos más abundantes que el hombre va emitiendo y el hombre va pasando a la atmósfera… En primer lugar que no es un gas ajeno al sistema, el hombre no está aportando nada nuevo en el sistema. El dióxido de carbono siempre existió y ha existido en proporciones mucho más altas en la atmósfera en el pasado. Este dióxido de carbono en particular no puede ser considerado el único elemento que genere el desequilibrio que se manifiesta. Uno de los principales gases de efecto invernadero en nuestro planeta es precisamente el agua, y yo quisiera centrar un poco más la atención en este tema del agua del planeta y no tanto en el dióxido de origen humano.

 

Como se puede ver es un debate absolutamente desigual. Una opinión refleja el trabajo colectivo de la ciencia climática, el otro, un conjunto de apreciaciones sin respaldo alguno, sin organización ni colectivo que se responsabilice por esos dichos, sólo opiniones personales.

Así se inventa un debate “científico” que no es tal. Así opera el “negacionismo”. Una perfecta cortina de humo para confundir a la opinión pública y así amparar la inacción climática.

Lo peor es que así se amparan a los peores intereses, corporaciones y personajes a escala global. No importa lo que digan después en sus discursos por TV.

Cali

Written by Juan Echeverria