Es notable la potencia que aún tiene la utopía nuclear en el imaginario de tanta gente. Una especie de ensoñación con un ideal de ciencia y tecnología de avanzada. Una fijación a la que llamo “adicción” nuclear. Y, aunque de esa utopía que la energía nuclear prometió se haya cumplido nada o casi nada, el relato camina bastante vivo y coleando aún.

He escrito bastante sobre las limitaciones y mis bajas expectativas con respecto a la nuclear como fuente energética. Pero en esta oportunidad quiero concentrarme en lo que sucedió en estos últimos días en la relación a la “seguridad” nuclear.

Durante la semana que pasó -precisamente los días 31 de marzo y 1 de abril-, se realizó en Washington la denominada “Nuclear Security Summit” . Esta cumbre de líderes de Estado, que fue convocada por Barack Obama, es la cuarta en su tipo. La primera, también en Washington, se realizó en mazo de 2010. Estas reuniones no fueron convocadas  por Naciones Unidas, como dijeron algunos medios, sino por el presidente norteamericano.

En 2009, en Praga, Obama señaló que el terrorismo nuclear “is the most immediate and extreme threat to global security”. Fue en ese momento cuando anunció que, sin demora, se debería gestar un nuevo esfuerzo internacional para contrarrestar la vulnerabilidad de los materiales nucleares alrededor del mundo. Para iniciar ese esfuerzo convocó a una cumbre global en los Estados Unidos que se realizó en el año 2010: la “Nuclear Security Summit” inicial.

Este evento no se trata de una cumbre sobre energía nuclear o sobre sus virtudes y sus perspectivas futuras. Pues no. Se trata de una conferencia sobre una de sus caras más siniestras, más irregulares y uno de los tantos “sobrecostos” que esta industria arrastra.

Un sobrecosto más que se suma a los vinculados a la minería de uranio y el ciclo del combustible nuclear, la costosa operación y mantenimiento de las plantas, el diseño y construcción de los mismos reactores y la gestión, por un tiempo prolongadísimo, de los residuos altamente radiactivos. A todo ese ciclo, de por sí altamente costoso, se debe sumar un incremento incesante de gastos para lograr niveles aceptables de seguridad (“safety”) ante posibles accidentes y una adecuada protección radiológica. Existe además otro sobrecosto, destinado a procurar que las tecnologías y materiales para usos pacíficos no se desvíen hacia programas militares paralelos. Para eso se establecen controles multilaterales, bilaterales, un sistema de salvaguardias implementado por la Agencia Internacional para la Energía Atómica y una serie de tratados internacionales que están en marcha. Aún así, con toda esa parafernalia jurídica, administrativa y tecnológica puesta al servicio de vigilar los planes nucleares de cada país, sólo se han obtenido modestos resultados y constantes tensiones.

La cumbre realizada por estos días en Washington nos muestra que a todo lo anterior hay que agregar un factor: el terrorismo internacional. Si bien esta variable era evaluada desde hace muchos años dentro del sector, ahora se ha convertido en una real amenaza. Las nuevas modalidades del terrorismo internacional, como la búsqueda de blancos civiles, geográficamente dispersos y atacantes suicidas, representa una nueva amenaza. En este contexto, la alarma comenzó a sonar más fuerte a partir del año 2001, con los atentados en New York, y desde entonces no ha cesado.

Este nuevo contexto añade “sobrecostos” a la energía nuclear. A la seguridad radiológica -por la operación rutinaria de los reactores y demás procesos- y a la vigilancia para evitar programas militares secretos, ahora hay que sumarles los asuntos  vinculados a la “security”. Es decir, la seguridad necesaria para resguardar la actividad de la amenaza terrorista. Tal como lo expresó Barack Obama el jueves pasado en Washington: “There is no doubt that if these madmen ever got their hands on a nuclear bomb or nuclear material they most certainly would use it to kill as many innocent people as possible”.

Este sombrío panorama se dejó traslucir en las palabras inaugurales y en la conferencia del mandatario norteamericano hace unos días:

Una serie de episodios sucedidos en Bélgica, y que están asociados a los recientes atentados terroristas en París y Bruselas, generaron una alarma que no ha sido del todo dimensionada por los medios nacionales. En 2012 dos empleados de la planta nuclear belga de Doel huyeron a Siria para unirse al Estado Islámico, según publicó “The New York Times”. La noticia se difundió poco después de que se revelara que dos de los terroristas que perpetraron los atentados en Bruselas el 22 de marzo pasado, planearon atacar las plantas nucleares del país, pero finalmente cambiaron de objetivo.

Aquellos dos empleados de la central nuclear que se marcharon a Siria no eran los únicos ciudadanos belgas que participaban en las fuerzas del Estado Islámico. Abdelhamid Abaaoud, considerado el organizador de los ataque terroristas de París del 13 de noviembre. Uno de estos dos hombres podría haber muerto en un combate en Siria, mientras que el otro fue condenado por delitos relacionados con el terrorismo en Bélgica en 2014, y liberado el año pasado, de acuerdo con Pieter Van Ostaeyen, investigador que rastrea las redes yihadistas de Bélgica. Se desconoce si ellos informaron a sus compañeros del Estado Islámico sobre su antiguo lugar de trabajo, la planta nuclear.

Sin embargo, en la misma central un individuo aún no identificado entró en un reactor en 2014 y drenó unos 65.000 litros de aceite usado para lubricar las turbinas. El daño fue severo y el reactor estuvo fuera de servicio durante cinco meses.

Un agente de seguridad de la central nuclear de la ciudad belga de Charleroi, fue asesinado dos días después de los atentados en Bruselas y su tarjeta de acceso fue robada, informó el periódico local ‘La Dernière Heure’, citando a una fuente policial. La tarjeta fue desactivada en cuando se supo sobre lo ocurrido. El 24 de marzo, la cadena RTBF informó que las autoridades de la central nuclear de Tihange retiraron las tarjetas de acceso a 11 empleados, lo cual se realizó en varias etapas a lo largo de esa semana, es decir, después del arresto de Salah Abdeslam, uno de los principales autores de los atentados de noviembre pasado en París del 13 de noviembre de 2015 que mató a 130 personas.

Los investigadores ahora están buscando posibles vínculos entre estos casos y los grupos terroristas. El periódico destaca que ahora estos incidentes se ven bajo una nueva luz, debido a que la red de terroristas vinculada a los atentados perpetrados en París y Bruselas, en concreto sus miembros Jalid y Brahim el Bakraqui, supuestamente planeaban actos terroristas en las plantas nucleares de Bélgica, pero cambiaron de objetivo cuando fue arrestado Salah Abdeslam. ‘La Dernière Heure’ publicó que los hermanos Jalid y Brahim el Bakraoui, los supuestos atacantes suicidas de Bruselas, colocaron una cámara oculta en la parte delantera de la casa de un director del programa de investigación nuclear belga.

Las pruebas obtenidas por las autoridades indican que la misma célula terrorista estuvo detrás de los atentados de París en noviembre y de las explosiones de Bruselas que mataron a 31 personas e hirieron a más de 270. El video, que dura “decenas de horas” y muestra a este director, fue encontrado durante una redada antiterrorista en el apartamento de otro sospechoso que pertenece a la misma célula, Mohammed Bakkali.

Según el periódico belga, los investigadores llegaron a la conclusión de que el objetivo de los terroristas era “comprometer la seguridad nacional como nunca antes”.

De manera paralela a lo ocurrido en Europa y horas antes del inicio de la Cumbre, Corea del Norte volvió a tensar la cuerda con el ensayo de un nuevo misil estratégico para demostrar su capacidad de colocar un explosivo nuclear a donde lo desee. Por supuesto, Corea del Norte no estaba presente en la Cumbre, como tampoco lo estuvo Rusia. Entre los presentes estaban las potencias con armamentos nucleares “legales” (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China), varios otros países que accedieron a las mismas a pesar de los acuerdos internacionales (India, Pakistán, Israel), y algunos estados resultantes de la disolución de URSS que cuentan con instalaciones nucleares con bajísimos niveles de seguridad y control sobre sus materiales nucleares sensibles. También otros estados que trabajan secretamente para poseer tecnología nuclear militar o tuvieron programas militares en el pasado, como en nuestro caso.

Un contexto de descontrol fenomenal al que la cumbre intenta ordenar antes que lo peor suceda.

 

Algunas cuestiones sobre Argentina. La mención que se hizo durante la cumbre sobre el exitoso reemplazo del uso de uranio altamente enriquecido por uno con menor grado de enriquecimiento, da cuenta de los reactores de investigación: el rediseño y el envío del combustible gastado hacia los Estados Unidos. Esta operación se vincula con un tipo de reactores que fueron construidos en la década de los 60, cuando este país promocionó activamente la energía nuclear y ayudó a muchos, entre ellos Argentina, a su rápida nuclearización. Luego del año 2001, volvió sobre sus pasos y adoptó una política severa para recuperar materiales sensibles dispersos por medio planeta. Así es como se completó esa operación.(Ver más aquí).

Sobre INVAP cabe recordar , si bien ya lo e repetido muchas veces, que es un organismo altamente competente desde lo tecnológico, aunque para hacer negocios ha sido temerario y bastante inescrupuloso. Ha metido al país en algunos embrollos que tuvieron consecuencias graves en algunos casos. La interrupción en los 90 de negocios de INVAP para suministrar tecnología nuclear a Irán está en el centro de las sospechas de la llegada al país del terrorismo iraní y los dos atentados ocurridos en la Embajada de Israel y la AMIA. Hace algún tiempo que INVAP actúa con otra prolijidad, aunque entre sus últimas andanzas se encuentra el intento de sortear las leyes argentinas con un acuerdo comercial con Australia. (Ver más aquí).

El historial de la cooperación nuclear entre Argentina e Irán se remonta a la década del 70, y nuestra historia nuclear no ha estado exenta de maniobras extrañas. Es decir, la conexión desde su origen entre la energía nuclear y la política militar ha sido una constante desde su inicio en los 50 y hasta el año 1984.

Es importante recordar también que, en relación a la vulnerabilidad de las instalaciones nucleares argentina, la organización ambientalista Greenpeace logró penetrar en el predio de la Central Nuclear Embalse en dos ocasiones. En la primera, en 1996, los activistas ingresaron por el canal de refrigeración hasta la central,  y en la segunda, en 2013, unos 40 miembros de la organización ingresaron por la propia entrada del predio y lograron llegar hasta el domo del reactor. Ambos episodios que muestran la vulnerabilidad de las plantas nucleares también en nuestro país.

En fin, lo que me parece importante señalar es que la Nuclear Security Summit no fue una feria industrial, ni una conferencia sobre el desarrollo de la industria, como muchos la tomaron. Por el contrario, se trató de una conferencia de emergencia y sobre el riesgo vigente, como nunca antes, de las instalaciones nucleares. Lejos de tratarse de una feria de ciencias, en Washington se expuso el lado oscuro y siempre temido de la industria nuclear. Pero muchos cronistas y comentaristas prefirieron no dar cuenta de lo serio de la situación.

Mi opinión sobre la energía nuclear es escéptica. No creo que pueda saldar sus deudas ni que pueda tener algún día una ecuación económica positiva como fuente de energía. Sus “sobrecostos” no paran de crecer ya que tiene problemas inherentes difíciles de erradicar. Por el contrario, la energía nuclear ha sido y sigue siendo fuente de problemas de seguridad y de tensiones que conspiran con un mundo en paz y más libre. Sé que muchos tienen opiniones favorables a esta tecnología y tienen un optimismo a prueba de todo. Puedo respetarlos, pero tengo la sospecha de que es un optimismo con mucho de ideología y que se nutre de una tecno-utopía pasada de moda. Desarrollo sostenible y un mundo pacífico no son conceptos compatibles con la industria nuclear.

Cali

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Written by Juan Carlos Villalonga