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Debo confesar que la creciente movilización, salve expresiones de repudio y actividades vinculadas a la memoria del 24 de marzo de 1976 me despierta sentimientos contradictorios. Preferí que pasaran unos días de la fecha conmemorativa para poder escribirlo sin los calores del aniversario y procurando ser todo lo claro que pueda ser.
Por supuesto que es todo ganancia que haya una convicción cada vez más fuerte y masiva de que algo así no debe suceder “Nunca Más”
Lo que que también me sucede, como con muchas otras cosas que pasan en la Argentina actual, es que estas expresiones me resultan sobreactuadas, con mucho gesto y cotillón para la tribuna y con muy poca autocrítica, diría que ninguna. Un “nunca más” convertido en efeméride simplista, casi escolar, con una lectura con buenos muy buenos y malos, muy malos. Una lectura que no alcanza a dimensionar la espesura de lo que aconteció en la Argentina.
Francamente, me pone en alerta de que algo no está del todo bien cuando veo que muchos espectros que deberían quedar atrás con un verdadero “Nunca Más”, están encaramados en varios de los escenarios de estos actos desde donde dictan cátedra de “memoria”, “derechos humanos” y apego a la “democracia”. Cuidado, que si ejercitamos la memoria, el “Nunca Más” se llevaría puestos a varios del top ten gubernamental y opositor. O por lo menos, deberían bajar el dedito acusador o usarlo con más cuidado.
Se que lo que digo va en dirección opuesta a la opinión mayoritaria. Pero bueno, tengo un compromiso conmigo que no me permite tener memoria selectiva para con estos temas tan  básicos y definitorios.
No creo que sea necesario que me extienda aquí recordando y destacando a los criminales de la dictadura. No creo que eso sea necesario. Por las dudas, aclaro a quienes me conocen poco, que desprecio en forma absoluta y radical cualquier cosa que se asimile al alma militar y sus instituciones. Mi desprecio, parafraseando a Serrat, es un desprecio de antes de la guerra.
Pero es mi profundo asco a la matanza sucedida y el estropicio que generaron que se me hace imposible olvidar el activo “colaboracionismo” (antes, durante y después) con la dictadura de muchos, realmente muchos, de los que hoy están en el coro de esta “cruzada” por la memoria. No entiendo eso. Yo no los olvido en el papel que jugaron, no tienen ante mí excusa alguna, sólo pedir perdón, una autocrítica o hacer un respetuoso silencio. Por supuesto que me parce valioso verlos en el sitio que ahora se ponen, pero que no se hagan los jueces de los demás.
Vamos por partes: 
ANTES de la dictadura.
Creo que no hace falta que me detenga en los dinosaurios cuarteleros. Ahora bien, ¿Hace falta mencionar el absoluto desprecio por la democracia, sus propias vidas y de las ajenas con que militaban fervientemente en ese entonces una enorme cantidad de dirigentes políticos y sociales? Algunos de ellos, sobrevivientes de lo que ocurrió, son hoy funcionarios, legisladores y dirigentes sociales que encabezan y participan en muchos de los actos de los 24 de marzo? Y no hablo sólo del “oficialismo”.  
La democracia era para ellos una tontería burguesa. Despreciaban cualquier defensa del sistema democrático. El coctel que generaron junto con los golpistas de siempre, la mentalidad retrógrada de militares y políticos que vivían en las cavernas del pensamiento más brutal, fue determinante para que la sociedad argentina aceptara mansamente la llegada de los militares nuevamente al poder. Esta vez con la furia más grande que hayamos presenciado.
Nunca una autocrítica. Nunca una reflexión sincera.
Cuando uno dice estas cosas, rápidamente surge el “vos defendés la teoría de los dos demonios”. Nunca entendí cabalmente esa expresión. Si eso supone equiparar responsabilidades y el peso de los crímenes cometidos, definitivamente, no es así. Lo peligroso de esa frase es que me suena a tratar de anular la existencia de un infierno en la Argentina donde varios demonios hacían pata ancha a los tiros. Yo no puedo olvidarlo ni ignorarlo. El que opte por una historia simplona, que lo haga. Pero será una historia injusta, y como toda injusticia, es dolorosa. Un ejercicio de memoria ficticia no alcanza para un verdadero “nunca más”.
Lo sucedido en la Argentina a partir de marzo de 1973, cuando se realizan las elecciones en las que resulta elegido Héctor Cámpora, para mí no admite atenuantes. La feroz interna peronista generó un caos en la que por derecha e izquierda, lo que menos importaba era la opinión de la gente, del “pueblo”, como se decía entonces, y poco importaba el derecho de los demás, incluso el de elegir un gobierno. image
El verdadero poder se disputaba por medio de los “fierros”, aparatos y matones. Por derecha e izquierda. Lo que podía caer en el medio, poco importaba. Unos defendían lo que entendían era el espíritu más puro de la nación, una réplica en escala de la ideología del nazismo, otros querían una revolución “fast track” y sin tanto papeleo.
Durante esos años, 1973, 1974 y 1975, hubo una acción política enferma de militarismo, violencia y soberbia. Quien profundice en esos años verá con horror cómo nos deslizábamos hacia el abismo. Muchos activos dirigentes de esa locura tenían una ambivalente actitud frente al golpismo que esperaba agazapado. Eso también es “colaboracionismo”, diferente, pero de igual efecto letal como el que se pregonaba desde algunos partidos políticos y medios de comunicación. Aunque ahora sólo se quiera mirar y poner el acento en el “rol de los medios”.

DURANTE la dictadura.
Y comienza la masacre a una escala inédita. Caen detenidos dirigentes políticos y sociales de todo orden, algunas se salvarán, la mayoría no. Afuera, el colaboracionismo era importante. Se habla mucho de los medios de comunicación. Pero muy parcialmente.
No es mi idea al escribir esto, estar tirando nombres, primero porque son muchos, y porque, a priori, me suena mal hacerlo. Pero de cada cosa que menciono, hay nombres y nombres. Pero hay un caso que es sublime por lo ridículo del caso y porque ha estado en el candelero hace un año atrás, en el anterior aniversario del golpe. Uno de los principales ministros del actual gobierno publicaba en esos días inaugurales de la masacre un diario especialmente dedicado a defender la dictadura y la “oportuna” intervención militar. Insisto, quisiera evitar dar nombres, no quiero caer en eso de tirar prontuarios (como hoy se acostumbra), pero el caso de Twitterman es un chiste, grotesco y criminal.image
Lo anterior, sólo lo señalo como ejemplo de la endeble seriedad que tiene el cargar las tintas de manera excluyente sobre los medios de comunicación. Es cierto, hubo mucho canalla en los medios. Pero también hubo refugios, entrelíneas y actitudes nobles en casi todos los medios, incluso en los tan vapuleados en estos días. El colaboracionismo era importante en los dirigentes empresariales, la iglesia, y desde la grasada artística en que se convirtió la TV y el cine en esos años. Algunos de esos personajes, luego fueron democráticos, militando en las filas de partidos populares, llegando incluso a puestos claves de gobierno.
Hay nobles y heroicas excepciones. Hay bajezas increíbles.
La cúspide del colaboracionismo se vivió durante la guerra de Malvinas. Casualmente, esta semana se cumple un nuevo aniversario que debería también ser asociado a la consigna “Nunca Más!”. Quien frecuente este blog, sabrá que para mi es una de esas cúspides de la bajeza moral de la dirigencia política y del pueblo argentino. Los máximos dirigentes políticos y muchos militantes de base, algunos de ellos ahora en el gobierno y en el congreso, aplaudieron, colaboraron y vivaron esa masacre de pibes indefensos. Lo hacían con intrincados argumentos y alambicados conceptos histórico-ideológicos, todos empujaron esa locura. Viajaron con los militares a las islas a bendecir la operación, por supuesto antes de que silbaran las balas.
Los recuerdo a los representantes de los partidos políticos nacionales y populares allí, felicitando a Galtieri y Menéndez. ¿Qué pasaba en las cárceles clandestinas en ese momento?. ¿Qué pasaba con las madres desesperadas entonces?. ¿Qué pasaba si Thatcher decidía que el entuerto Malvinas lo dejaba para resolver más adelante? Lo pienso, y me da escalofríos. ¿Cómo pudieron ir a las islas? ¿Cómo pudieron bendecir lo que iba a ser una masacre de pibes o un indulto fenomenal para la dictadura?. Cualquiera de las dos hipótesis era inaceptable. Pero las aceptaron. Es bueno tomarse el trabajo de investigar si algún partido político tuvo el atrevimiento de decirlo que NO a los militares. Repito, muchos de los que alentaron todo eso, hoy son legisladores. Algunos en las primeras líneas del oficialismo y también de la oposición.
Por supuesto, luego fueron los críticos de la improvisación de la operación y se despegaron apresuradamente.
Hay nobles y heroicas excepciones. hay bajezas increíbles.
Entre las figuras políticas de la época, cabe mencionar a Alfonsín, como lo he hecho anteriormente. Es una de esas excepciones, aunque no se lo quieran reconocer, por especulación política y porque llevaría implícitamente un mea culpa.
¿Recuerdan la auto-amnistía de los militares en 1983?. En abril de ese año, mediante decreto, los militares ordenan la destrucción de toda la documentación existente sobre la represión y asesinatos de desaparecidos. Se emite un documento “final” sobre esos años. Luego, en septiembre, se dicta la “Autoamnistía”, llamada ley de Pacificación Nacional, para los miembros de las fuerzas armadas por los actos cometidos en la guerra contra la subversión.
El “dialogoguismo” de alguna dirigencia política y sindical durante esos meses le permitieron creer al gobierno militar que podían ponerle un apresurado punto final a sus delitos. Ese dialoguismo fue denunciado por Alfonsín en marzo de 1983, el llamado “pacto sindical-militar”. No quiero extenderme en opiniones personales, me parece que hay opiniones infinitamente más autorizadas que la mía. Tomo un reportaje a Alberto Piccinini, secretario de la UOM de Villa Constitución, del 1 de abril del 2009 (La política on line)

Cuando en 1983 se recuperó la democracia se quería recuperar la representación en todos los ámbitos. Por eso, la propuesta de Raúl Alfonsín era hacer elecciones libres en todos los gremios. La idea era que se limpiaran los sindicatos de los dirigentes aggiornados que habían sido cómplices de la dictadura militar y se eligieran democráticamente nuevas autoridades. Pero en la Cámara de Diputados, donde había mayoría peronista no se aprobó el proyecto de ley. No hubo la relación de fuerzas suficiente.
¿Le faltó apoyo de la oposición dentro del Congreso solamente o tampoco lo tenía dentro del movimiento obrero?
No, de los dos.
¿Qué sectores del sindicalismo eran los que presionaban más para que nada cambiara?
No eran sólo sectores del sindicalismo, sino también sectores políticos allegados a los gremios y a los militares. Para dar una idea, a nosotros nos metieron presos gente del sindicato en el gobierno de Isabel Perón en 1975. Hubo muchas complicidades. Era lo que en ese entonces se le decía el pacto sindical-militar. Cuando cae en el Congreso, comienza a debilitarse Alfonsín frente al sindicalismo aggiornado. Ahí –en 1984- fue cuando Antonio Mucci se tuvo que ir del Ministerio de Trabajo. Su ida fue una concesión que le dio Alfonsín al sindicalismo de Saúl Ubaldini. Quizás si hubiera usado más la fuerza, la democracia se hubiera profundizado.
¿Qué tipo de fuerza?
Tendría que haber aplicado la autoridad que le había dado la mayoría del pueblo argentino en las elecciones. Ante una dictadura militar había que intervenir todos los sindicatos y llamara a elecciones democráticas libres, donde los compañeros pudieran participar. El gobierno que recibió la mayoría de los votos populares, debería haber intervenido todos los sindicatos porque en muchos de ellos se encontraban dirigentes que habían sido cómplices de la dictadura militar. Se tendría que haber removido a todas las autoridades y reelegirlas en un proceso democrático.
Pero no lo hizo.
¿Pero podía hacerlo frente a un sindicalismo que le hizo 13 paros nacionales en seis años?
Creo que sí.
¿Cómo ve a la distancia esos 13 paros nacionales que el sindicalismo le realizó a Alfonsín?
Fue la manera de demostrar la relación de fuerzas. La lucha política se define de esa manera. Yo no estaba de acuerdo. Pero eso demuestra que los sectores antidemocráticos querían cercenarle el proyecto democrático que quería establecer Alfonsín.
¿Se los podría considerar en aquella época como actos golpistas?
Sí, claro. No me gusta el término, pero sí. Los paros nacionales eran actos para cercenarle el poder.

Quien reproduzca el discurso de que el golpismo y el colaboracionismo fueron propiedades excluyentes de Clarín, flaco favor le hace a la verdad.

POST- Dictadura
Cuando lo militares estaban aún de pié y las pistolas aún calientes, el juicio a las juntas fue de los actos más heroicos y determinantes de la democracia. Aún así, el final de Alfonsín comienza con la entrega del “punto final” (diciembre 1986) y la “obediencia debida” (junio 1987), limitando así las investigaciones a los militares. Esa claudicación obedece a una debacle política y social que excede a los efectos de la hiperinflación y la impericia radical. Desde el final de los juicios, en 1985, el gobierno estuvo permanentemente amenazado por las Fuerzas Armadas que se negaban a aceptar los enjuiciamientos. La democracia parecía tambalear en cualquier momento.
La Ley de Punto Final tampoco fue suficiente y en la Semana Santa de 1987 se produce una nueva rebelión militar de los “carapintadas” al mando de Aldo Rico. Eran los “héroes de Malvinas” y no estaban dispuestos a obedecer al Alfonsín. El país estuvo al borde del colapso otra vez. La fuerzas Armadas no obedecían al gobierno civil. En junio se aprueba la “Obediencia Debida”. Tampoco fue suficiente, hubo nuevo planteos militares del sector “carapintada”, con Rico y Seineldín a la cabeza, durante 1988, el 18 de enero y 1 de diciembre, y un permanente estado de insubordinación de las Fuerzas Armadas. Por si algo faltaba al golpismo reinante, el MTP produce el copamiento del regimiento La Tablada en enero de 1989.
En medio de la hiperhinflación, la violencia y el fenómeno, no siempre espontáneo, de los saqueos, las elecciones nacionales que debieron haber sido en diciembre de 1989, se adelantaron para mayo de ese año. Todos los sectores que hicieron caer o facilitaron la caída del gobierno (mercados, medios y oposición) condicionaron de manera suicida a lo que vendría después. Y  vino, por supuesto. Y no era nada difícil advertirlo por esos días. Otra vez, no hay atenuantes. image
Con Carlos Menem, vinieron los indultos. Ya no era ponerle un límite a la actuación de la justicia, ahora se trataba directamente de borrar lo ya juzgado. Menem asume en julio de 1989. La primera serie de indultos los firma en octubre de 1989, la segunda serie, en diciembre de 1990. Los indultos les cabían a militares ya juzgados, lideres guerrilleros y hasta a los líderes de las rebeliones militares de los años recientes.
El de Menem era un gobierno que nació con una política en materia de derechos humanos muy clara desde el primer día. Sin embargo parece ser que muchos que fueron parte de ese gobierno, o lo aplaudieron, o simplemente callaron, descubrieron recientemente qué cosas pasaron en los 90.
Muy tarde para mi gusto. Cobardía, acomodarse a los tiempos y/ flojitos de convicciones.
Mientras las cosas pasaban, muchos de los hoy notables promotores de escraches a periodistas, gobernaban provincias, intendencias, eran ministros, militantes del justicialismo gobernante o del principal partido aliado de Menen, la UCD, cuando la UCD tuvo su momento de gloria. En este “colaboracionismo” con la impunidad hicieron su aporte primeras líneas del actual gobierno y a buena parte de la oposición.
Todos los que fueron parte del gobierno de Menem, que duró hasta finales de 1999, fueron cómplices de semejante estropicio. Todos los que callaron teniendo importantes cargos y posiciones, también. Son contadas las excepciones de los funcionarios nacionales de primer rango que hayan hecho oír su voz en esos días. No lo hizo Néstor Kirchner, por más que ahora lo quieran canonizar. Ni tantos otros ministros actuales y pasados. 
A mi juicio el “Nunca Más” debe representar un categórico repudio al golpismo, al colaboracionismo y un sincero acto de autocrítica por parte de quienes trabajaron, de un modo u otro, para la impunidad y el olvido. Antes, durante y después. Cuando veo los afiches con la cara de Mirtha Legrand o Magdalena Ruiz Guiñazú, siento un profunda injusticia y por supuesto, sospecho un linda manera de desviar la atención, buscando chivos expiatorios y no hacerse cargo nada.
Por eso me es tan contradictorio estas plazas de los 24 de marzo.
Cali
PS: lo que sigue es… no sé como calificarlo.
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Llevan a niños a escupir fotos de periodistas

El Día de la Memoria frente al Congreso, varios chicos escupieron fotos de Grondona, Morales Solá y Mirtha Legrand, entre otros.
29.03.2011 (diario Perfil)

Mirtha Legrand, uno de los personajes escupidos por los chicos.
“Escupí tu bronca”. Con esos carteles, justo arriba de inodoros apostados en la puerta del Congreso, la asociación La Poderosa armó un gran “escupidero público” el pasado 24 de marzo, para escrachar a periodistas, empresarios y otros personajes públicos al conmemorarse el Día de la Memoria.
Acompañados por sus padres, se pudo ver a gran cantidad de niños que, casi como un juego infantil, escupían las fotos de personalidades como Mirtha Legrand, la dueña de Clarín Ernestina Herrera de Noble, el periodista Joaquín Morales Solá o el empresario Franco Macri, entre otros. Los mayores los observaban entre risas.
Este evento fue parte de una campaña ese día, que incluyó una pegatina por toda la Avenida de Mayo con las fotos de distintos periodistas y personalidades bajo el título “Cómplices”.
A través de un fotomontaje, se podía ver en los carteles a periodistas como Mariano Grondona, Chiche Gelblung, Morales Solá, Mauro Viale y Aldo Proietto, entre otros, con gorros similares a los usados por las Fuerzas armadas.

Written by Juan Echeverria