marzo 14, 2017 Publicaciones 7 comentarios

Acerca de los tristes hechos ocurridos en Olavarría en torno al concierto del pasado sábado del Indio Solari existen múltiples lecturas y puntos desde donde abordarlo. Sin duda que habrá cuestiones que investigar y criticar en torno al comportamiento de las autoridades, de la productora del espectáculo, del músico y su banda y del propio público. Todos tópicos necesarios de analizar y dilucidar responsabilidades. Dicho esto, quiero focalizarme en hacer algún comentario sobre lo que subyace en estos episodios, como muchos otros que han ocurrido en espectáculos de características similares.

Acá ha ocurrido mucho más que dos muertos. Hay múltiples heridos y lastimados. Por ejemplo, un pibe con triple fractura en su pierna por ser aplastado por  la muchedumbre, un par en terapia intensiva, accidentados en la ruta, vandalismo en Olavarría, heridos de arma blanca y un largo etcétera.

Desde hace más de 30 años se viene produciendo una degradación constante en la conducta del público en torno al denominado “rock nacional”. Las primeras expresiones las pude ver apenas se produjo el retorno a la democracia con la fragmentación del público en las famosas “tribus” y la cultura del “aguante”. Estas tribus incorporan la cultura violenta y destructiva de las barras bravas futboleras. Eso era un fenómeno novedoso para mí. Nunca antes había visto peleas entre grupos antagónicos que respondían a algo así como distintos “gustos” musicales.

Esas “peleas”, violentas, descontroladas, buscando lastimar, romper, quemar banderas, fueron cada vez más frecuentes. Por más que algunos critiquen a la prensa amarilla, a la policía o al sistema político, la aparición de cadenas, palos y cuchillos comenzaron a ser parte de la realidad. Los festivales claramente se habían convertido en territorios peligrosos, aún para los músicos!

Aquí emergen dos actitudes que marcan profundamente este periodo: por un lado, la amenaza o agresión a los propios músicos que no son de satisfacción de un público cada vez más exaltado. Por otro lado, también esa alteración y exaltación generalizada comienza a irradiarse hacia las calles, más allá de las salas de conciertos.

Las taras del público futbolero se instala en el público de rock. Alguien, seguro va a decir, “no son todos así”, es cierto. Al fútbol también va gente pacífica. Pero que convalida en silencio a los barras bravas y se acopla a  sus cantos de violencia y discriminación. No están solos los violentos. Saben que se les teme y de ahí su poder.

Durante los 80/90 emergen el “rock barrial”, el “rock chabón”, expresiones perfectamente  adaptadas a ese nuevo clima. Festejan que “su” público sea partícipe activo de los shows con sus pogos, bengalas, banderas y demás amenities. El coctel explosivo está servido y comienza a detonar progresivamente.

La seguidilla de muertos, heridos y actos de violencia son innumerables. Así, inexorablemente llegamos a diciembre de 2004 con la tragedia de Cromañón, 192 muertos y muchísima gente lastimada. Nada que pudiera sorprender a quienes eran parte del show del “rock” vernáculo. Pero seguimos igual, la bola está echada y el negocio de los nuevos ídolos es la demagogia, festejar el exceso alcohólico y perdonar absolutamente todo, porque el público ahora es el protagonista. Un protagonista de actos de dudosas cualidades estéticas como hacer “el pogo más grande” o invadir una localidad y dejar terreno devastado y mugriento, con una población local atemorizada. Todo esto es puro comportamiento reaccionario.

Mientras haya músicos que consideren que ese es el mejor público posible, mientras los  ídolos pregonen consignas demagógicas y sin sentido, mientras alienten a su público a odiar a la “yuta”, la misma a la cual ellos coimean o a la que recurren y piden protección para sus propios bienes y lujos; mientras el público no se retire prudentemente de todos aquellos lugares donde el rock muestra desprecio por la vida, todo esto seguirá.

Siempre existieron conductas autodestructivas, ya sea por alcohol o el consumo de determinadas sustancias. Conductas bastante frecuentes dentro del mundo de las artes. Pero tales conductas solían tener sólo un efecto negativo en el ámbito personal. Hoy estamos ante un nuevo fenómeno, gente que se autodestruye, arrastra a su familia (llevando hijos a sitios como Cromañon) y genera situaciones de riesgo en quienes los rodean. Un estado de violencia y de degradación muy superior al “reviente” personal. Apuestan al “reviente” masivo, donde no vale la vida de nadie. Esto es lo que uno puede ver en gran parte del público que peregrinan a estas “misas”. ¿Qué hacemos ante esto?

No voy a entrar ahora en el terreno de las políticas sociales, económicas y de ayuda humanitaria que son necesarias. Sólo quiero señalar que si los músicos, los que en definitiva convocan a este público, no irradian un mensaje, una actitud y un comportamiento menos cínico, más compasivo y  de mayor respeto por “su” público, estamos en una situación difícil.

Alguien dirá, “el artista no está para bajar línea ni para suplir al Estado”. Bien, entonces que no lo hagan en ningún caso. Que no bajen línea alguna ni pretendan hacerse cargo de la seguridad que naturalmente debe hacerse cargo el Estado, por ejemplo a través de la policía y las normas existentes. Que no tomen atajos que sólo los benefician a ellos y no alimenten un relato equivocado y vidrioso para sus “desangelados”. No los usen.

Cali

Written by Juan Carlos Villalonga