abril 29, 2016 Publicaciones 1 comentario

A raíz de la aparición de los “Panamá Papers” se pueden hacer muchas consideraciones y de hecho, abundan. Quiero señalar aquí sólo dos.

La primera tiene que ver con las reacciones que generaron los datos surgidos de la revelación del Consorcio Internacional de  Periodistas de Investigación que hizo públicos los “Panama Papers”. La segunda, en relación a un aspecto sólo apenas rozado cuando se habla de los paraísos fiscales y que muestra el rostro verdadero que suele pasarse por alto.

En relación al primer aspecto, veo la candidez, sorpresa y alarma con que reaccionaron las “almas bellas” ante esta información. Pareciera ser que descubrieron semanas atrás la existencia misma de los paraísos fiscales y de la existencia de empresas “off shore”.

Me ha sorprendido mucho la rusticidad y bajo nivel informativo de varios comentarios que he recibido luego de participar en algunos debates televisivos en donde éste tema apareció.

Sucede algo raro cuando uno trata de señalar qué cosa es lo novedoso y qué cosa no lo es; qué entra en el terreno de lo ilegal y que cosa no califica en tal sentido, y más aún, cuáles casos son claramente maniobras clandestinas, como el lavado de activos, y cuáles son simplemente colocaciones y armados empresarios en sitios altamente “favorables” para hacerlo. Lo que sucede para las “almas bellas” es que uno se ha convertido en un justificador de una cosa diabólica y corrupta por el sólo hecho de tratar de ayudar a que entendamos qué cosa es y qué no lo es en cada caso. No soy de los que huyen de los temas difíciles, si lo hiciera debería haberme dedicado a algo bastante más sencillo que intentar hacer política verde en Argentina.

También debo decir que la publicación masiva de datos de empresas, empresarios, testaferros, empresas fantasmas y todo tipo de datos que emergen, sin casi clasificación alguna, constituye una ensalada poco esclarecedora. Este tipo de opinión la he sostenido ante episodios similares, como han sido los casos de “wikileaks” y filtraciones masivas de datos. Todo pareciera ser tenebroso si aparece en tales listas. La mayoría de los casos se trata de información irrelevante, poco significativa, y a veces, una clara violación a la intimidad que roza con el chusmerío.

Lamento decirlo, pero es dato sabido y conocido, y no debería sorprender a nadie la existencia de los “paraísos fiscales”. Estos sitios o países cuyos sistemas financieros permiten facilidades en la creación de figuras jurídicas comerciales, con baja o nula carga fiscal y, también, permitiendo maniobras que facilitan esconder los nombres de sus dueños y orígenes y destinos de los fondos manejados. Ahora, cuando se brinda información, o mejor dicho, un simple cúmulo de datos, se arma una ensalada que si no se la clasifica debidamente, escandalizamos a la población sin aportar claridad ni tampoco un mejor entendimiento de lo que sucede en el mundo financiero.

Para empezar a despejar variables, la existencia de una empresa offshore no es por sí mismo un delito, por lo tanto, hacer público que una persona o empresa la posee, no revela una actuación clandestina o una irregularidad per se. Esto lo puede ratificar absolutamente cualquier abogado o especialista que sea consultado por este tema. La naturaleza del uso que se haga de los “beneficios” de este tipo de empresas debería ser investigada debidamente si no se quiere caer en tonterías.

Los especialistas definen diferentes categorías de uso o intencionalidad de quiénes arman una sociedad de este tipo. Por un lado, están quienes buscan un sitio donde operar con sus capitales poniéndolos al resguardo de los vaivenes económicos de sus países de origen o evitar sus cargas impositivas. Se trata de una de las prácticas más usuales. Se suele hacer a nombre de su propietario y el origen de los fondos están debidamente justificados y su origen es claro.

También recalan en esos “paraísos” quienes, con otros nombres o figuras societarias, buscan esconder, por las más diversas razones, el capital o parte del capital que poseen. Esto tampoco constituye un delito per se, siempre y cuando el capital esté debidamente justificado. Simplemente se trata de gente que aprovecha los beneficios impositivos y de confidencialidad que esos “paraísos” ofrecen.

Esta ligereza impositiva y facilidad para esconder a sus propietarios o socios, permite que el dinero mal habido pueda ser escondido o pueda facilitar maniobras de lavado. Seguramente existen muchísimas más variantes en el uso de los paraísos fiscales, pero lo importante es señalar que existen usos que no entrañan “ilegalidad” y otros que claramente permiten usos no transparentes.

Ahora bien, también aquí aparece la variable de aquellos que son funcionarios o que están obligados a realizar sus debidas declaraciones de bienes, donde deben aparecer aquellos capitales que puedan tenerse depositados o la propiedad de empresas radicadas fuera del país.

Otra situación que no entiendo por qué sorprende o pareciera que no lo supiéramos, es la existencia de miles de cuentas y empresas de empresarios locales en tales paraísos. ¿Por qué existen tantas empresas off shore de empresarios argentinos? Porque el país ha sido, a lo largo de las últimas décadas, un sitio donde se ha expulsado al capital. Así como el pequeño ahorrista huye al dólar, los grandes empresarios huyen al dólar en cuentas off shore. Las sucesivas, repetidas y casi crónicas crisis económicas y, peor aún, las pésimas políticas para salir de las mismas, han incentivado estas prácticas para procurar huir de “corralitos”, “cepos” y tantos inventos por el estilo. Pareciera que recién ahora tomáramos conciencia de que desde hace décadas existen decenas de miles de millones de dólares de argentinos que tienen buena parte de su capital fuera del país. ¿Nunca habían escuchado eso?

Me es extraño el asombro y el espanto que manifiestan algunos porque descubren que las empresas más importantes del país tengan empresas off shore! Siendo además, que muchas de ellas son empresas que desarrollan negocios en diferentes puntos del planeta.

Para dar una idea, a los recién despabilados, los argentinos teníamos en el año 2010 unos 400.000 millones de dólares en paraísos fiscales. Un informe, que sólo toma en cuenta la riqueza financiera y excluye otros activos como propiedades inmobiliarias, refleja que el monto total de dinero offshore, a finales del 2010, se esconde en más de 80 paraísos fiscales. Para su confección se tomaron datos del Fondo Monetario Internacional , el Banco Mundial y el Banco de Pagos Internacionales (BPI). De allí surge que Argentina es uno de los cuatro países de América latina que más dinero enviaron a los paraísos fiscales entre 1970 y 2010, junto con Brasil (u$s 520.000 millones), México (u$s 417.000 millones) y Venezuela (u$s 406.000 mil). La cifra exacta de dinero de latinoamericanos en paraísos fiscales -2,058 billones de dólares- es más del doble de la deuda externa de esa treintena de países, de 1,01 billones de dólares.

Hasta aquí trato de describir a vuelo de pájaro lo que suele suceder con los “paraísos fiscales”. No todo es lícito ni todo es un delito en el ámbito “off shore”. Poner en un mismo paquete todo, “almas bellas”, no es correcto. Hay que distinguir, porque algunos quieren que todos los gatos sean pardos y no es así.

Ahora vamos al segundo aspecto de esta historia. Quiero referirme a lo que me parece verdaderamente importante y trascendente. No quiero decir que detectar las maniobras ilegales hechas a través de las “off shore” no los sea! Sólo que sobre eso ya hay mucho escrito.

Quiero referirme al problema estructural y de raíz que conlleva la existencia de los «paraísos fiscales». Quiero hacerlo citando tan sólo un fragmento de un informe de OXFAM titulado “Una economía al servicio del 1%” publicado en enero de este año:

El entramado mundial de paraísos fiscales y la floreciente industria de la evasión y la elusión fiscal constituyen el mejor ejemplo de cómo el sistema económico se ha contaminado para favorecer los intereses de los poderosos. El fundamentalismo de mercado, que es la cosmovisión predominante en la actualidad, ha legitimado intelectualmente la idea de que para estimular el crecimiento económico es necesario que las empresas y las personas más ricas estén sujetas a unos tipos impositivos bajos que, de algún modo, benefician al conjunto de la población. Este sistema florece gracias a un enjambre de profesionales muy bien remunerados de la banca privada y de inversión, despachos de abogados o auditores.

Solo las personas con más recursos y las grandes empresas (aquellos que deberían estar pagando más impuestos) pueden permitirse económicamente utilizar estos servicios y toda esta arquitectura mundial, para evitar tributar lo que en realidad les corresponde. En cierta medida, esto ha empujado a los Gobiernos de los países que no son paraísos fiscales a competir en una incesante carrera a la baja por reducir los tipos impositivos que gravan a las empresas y a las grandes fortunas, castigando las arcas públicas.

Los impuestos no recaudados por la evasión y elusión fiscal generalizadas compromete los presupuestos públicos, lo cual se traduce a su vez en recortes de servicios públicos esenciales como la sanidad o la educación, e implica también que los Gobiernos dependan en mayor medida de impuestos indirectos como el IVA, que afecta desproporcionadamente más a los sectores más pobres de la población. El problema de la evasión y la elusión fiscal se está agravando con rapidez.

  • Oxfam ha analizado 200 empresas, entre ellas las más grandes del mundo y las socias estratégicas del Foro Económico Mundial de Davos, revelando que 9 de cada 10 tienen presencia en paraísos fiscales.
  • En 2014, la inversión dirigida a paraísos fiscales fue casi cuatro veces mayor que en 2001.

Este sistema mundial de evasión y elusión fiscal está absorbiendo recursos esenciales para garantizar el estado del bienestar de los países ricos, además de privar a los países pobres de los recursos imprescindibles para luchar contra la pobreza, asegurar la escolarización infantil y evitar que sus habitantes mueran a causa de enfermedades que pueden curarse con facilidad.

Casi un tercio (30%) de la fortuna de los africanos más ricos, un total de 500.000 millones de dólares, se encuentra en paraísos fiscales. Se estima que esto supone para los países africanos una pérdida de 14.000 millones de dólares anuales en concepto de ingresos fiscales, una cantidad que permitiría financiar la atención sanitaria que podría salvar la vida de cuatro millones de niños y niñas, y contratar a profesores suficientes para escolarizar a todos los niños y niñas africanos.

La International Bar Association (IBA) o Colegio de Abogados Internacional, que agrupa a los profesionales del sector de todo el mundo, no se equivoca al calificar la elusión fiscal como una vulneración de los derechos humanos; el presidente del Banco Mundial la considera “un tipo de corrupción que perjudica a los pobres”. Esta crisis de desigualdad no acabará hasta que los líderes mundiales no pongan fin a los paraísos fiscales de una vez por todas.  

En definitiva, lo que OXFAM nos señala es que los paraísos fiscales atraen capitales que de otro modo permanecerían disponibles dentro del sistema bancario/financiero de los países, básicamente de sus países de origen, motorizando la economía. Esto se traduciría en créditos hipotecarios, préstamos para nuevas inversiones productivas y los impuestos correspondientes que movilizan la obra pública, la salud, la educación, etc. De este modo, ese dinero colaboraría en generar un sistema económico que utiliza el ahorro con fines sociales y productivos. Este es el pecado fundamental por el que hay que erradicar los paraísos fiscales.

Oxfam insta a los líderes mundiales a que pongan fin a la era de los paraísos fiscales y a sus efectos dañinos para la humanidad.

Los líderes mundiales deben comprometerse a desarrollar una estrategia más eficaz para acabar tanto con los paraísos fiscales como con otros regímenes preferenciales dañinos. Ha llegado la hora de poner fin a la carrera a la baja en la fiscalidad sobre los beneficios empresariales y de llegar a un consenso internacional para evitar la competencia desleal entre países. En última instancia, todos los Gobiernos, deben sentar las bases para crear un organismo fiscal mundial en el que participen todos los países en igualdad de condiciones.

 

Written by Juan Carlos Villalonga