septiembre 17, 2012 Publicaciones No hay comentarios

image

La protesta del pasado jueves fue desconcertante para muchos. No sólo porque la dimensión que tuvo nadie pudo anticiparla, sovaldi sale o casi nadie, sino también porque está mostrando la dificultad para hacerla encajar en los dogmas, en los prejuicios y en los “relatos” que se quieren sostener.

A mi juicio, se trató de una sana reacción social frente a una serie de hechos que se enmarcan en un comportamiento soberbio y plagado de hipocresía del Gobierno Nacional. Es una larga serie de hechos, casi todos, de un modo u otro, aparecen reflejados en muchas de las pancartas que graficaron a las protestas en las diferentes localidades del país. Una de las más notables es el zafarrancho que están armando para lograr una reforma constitucional que permita a CFK seguir al mando del Poder Ejecutivo por (al menos) un nuevo período.

No participé de estas protestas, como no suelo participar de actos de esta naturaleza, auto-convocados, porque, si bien la dinámica es interesante, suelen generar el espacio para que cada uno despliegue, de manera exacerbada, sus razonamientos a niveles extremos. De allí que, si bien puedo compartir varias de las demandas genéricas, suelo evitar la incómoda situación de verme rodeado de gente que expresa cosas o sentimientos que no comparto. Por ejemplo, puedo compartir con muchos el rechazo al intento de la reforma constitucional pero no me gusta cuando tal cosa se reclama poniéndole adjetivos insultantes a la Presidenta. No estoy diciendo que todos actúen de ese modo, digo que este tipo de movilizaciones, por su naturaleza, permiten ese tipo de expresiones.

Ahora bien, site lo anteriormente dicho, no me permiten restarle ni legitimidad ni potencia a la movilización de la semana pasada.

La estrategia del oficialismo, en sus más amplias expresiones, procura estigmatizar la movilización asociándola a intereses golpistas o anti-populares. Ese es un diagnóstico interesado. No es un diagnóstico cierto. Es una lectura que procura reforzar la idea de que la oposición o crítica a ciertas medidas del gobierno serán, sistemáticamente e invariablemente, catalogadas de antidemocráticas y cipayas. Eso es una trampa fenomenal en la que ha caído buena parte de la dirigencia política y social. Por eso, cuando la gente salió a la calle, desconcertó al gobierno y también a los propios dirigentes de la “oposición”.   

Frente a un cúmulo muy grande de medidas y acciones gubernamentales que resultan incomprensibles, me parece, entonces, un síntoma de salud básico que la sociedad, o un sector de ella, se exprese y se plante para mostrar su disconformidad. No veo nada preocupante en eso, todo lo contrario. En todo caso, lo bueno o lo malo que esto pueda generar, tendrá que ver en cómo se canalizan tales reclamos desde las estructuras políticas y sociales. Cómo lo metaboliza el Gobierno, cómo lo digieren los partidos de la oposición y cómo lo asumen, o no, las organizaciones sociales. A juzgar por las reacciones inmediatas, la respuesta oficial está siendo la peor de todas: ningunear, descalificar y convocar a una contramarcha! Eso es lo que llamo estar perdidos en su soberbia.

Mencioné los exabruptos que suelen expresarse en este tipo de movilizaciones (y en muchas otras). La presencia de elementos autoritarios o individualistas exacerbados no cambia la naturaleza y la representatividad de la protesta. En este punto, creo que debemos procurar mantener una mirada comprensiva sin caer en la trampa de deslegitimar una protesta o grupo social por la presencia de individuos con comportamientos extremos. Recordemos que ese mismo mecanismo se utiliza para deslegitimar desde un grupo piquetero, una movilización de la CGT o una asamblea barrial. La protestas fueron pacificas, tolerantes y generalistas en sus reclamos.

No sirve de nada agitar el fantasma del interés reaccionario ni antidemocrático en gente de a pie que reclama con consignas bastante obvias. Por el contrario, me resulta ciertamente reaccionario, antidemocrático y peligroso, un gobierno que miente, como ocurre en el caso del INDEC, y se enorgullece de hacerlo y es defendido por muchos en mantener esa mentira. Estoy tomando tan solo un ejemplo trivial, INDEC. Esas son el tipo de cosas ciertamente corrosivas para la democracia. Esa es la responsabilidad gubernamental que una protesta como la del jueves pone bajo crítica. No debemos dar vuelta las responsabilidades. El Gobierno deberá dar, o no, una respuesta a esas críticas. Esa es su responsabilidad.

Finalmente, la categorización de “clase media” como sinónimo de “reaccionario” y “anti-patria” es una categorización muy hipócrita de parte de muchos que la expresan. No sólo porque muchos de quienes así califican a las protestas, pertenecen  a la clase media, sino porque se cae en una categorización bastante autoritaria y complicada como es la de idealizar las protestas “propias” y demonizar las “ajenas”. Las contradicciones y las tensiones irresueltas abundan en todas ellas.

Comparto aquí dos notas de opinión sobre el tema de dos intelectuales que siempre es un desafío leer y analizar: Beatriz Sarlo y Martín Caparrós.

Cali

 

Opinión: La maldición argentina de ser hoy un representante de la clase media

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

Cuando Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales, en 1983, se esperó ansiosamente que los peronistas hablaran por televisión reconociendo la victoria. Mucho parecía depender de ese reconocimiento, que iba a dar legitimidad a los resultados. Hacia media noche, el ensayista Jorge Abelardo Ramos (de quien descienden Jorge Coscia y Ernesto Laclau) apareció en las pantallas desconfiando todavía de los escrutinios parciales: "He visto a gente festejando por la calle Santa Fe, vestidos con Pierre Cardin". Ramos era un provocador, pero la frase con la que quería desacreditar un posible triunfo de la UCR tiene una historia que se prolonga hasta el presente.

Invalidar una manifestación por la composición social de sus integrantes fue un tipo de discriminación que se difundió precisamente para atacar al peronismo. Vittorio Codovilla, dirigente del Partido Comunista, calificó a las masas movilizadas por Perón el 17 de octubre como una multitud de marginales y lúmpenes. La oposición a ese primer peronismo reduplicó esa apuesta discriminatoria: negros, cabecitas, fueron los sustantivos que usaron los "cultos" para designar a los obreros.

Décadas después, el lenguaje de la discriminación vuelve a utilizarse para describir a los manifestantes del jueves pasado. De nuevo, las calles que se mencionan son Santa Fe y Callao como centro místico de la convocatoria. Si ese lenguaje podía describir adecuadamente la anterior movilización de caceroleros, que fue pequeña y poco entusiasta, no parece el más adecuado para la última. El cruce emblemático de las dos avenidas de Barrio Norte tuvo decenas de espejos en las ciudades argentinas.

Sin embargo, las críticas kirchneristas a la movilización del jueves se apoyan en datos y citan consignas indiscutiblemente escritas en las páginas de Facebook que propagandizaban la convocatoria. Allí se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal ("planes descansar" y "asignación para coger", entre otras frases), que no salió de la cabeza de Cristina, sino de una iniciativa presentada, hace años, por Elisa Carrió. Este despiste ideológico, la antipatía contra la política y el encierro dentro de los propios deseos indican el terreno fracturado en el que se mueve la protesta.

Por televisión algunos relatores periodísticos se entusiasmaron recordando la "primavera árabe". No recordaron, sin embargo, quiénes ganaron las elecciones en Egipto después de esas movilizaciones de masas. Por televisión también se subrayó la ausencia de toda interpelación política. Se olvidó, sin embargo, que es la política la que puede dar una continuidad a las reivindicaciones de quienes se movilizaron el jueves.

La lección de 2001

Todo sucede como si no tuviéramos la posibilidad de aprender de 2001: si se rechaza la política, lo que se consigue, finalmente, es o el activismo permanente (difícil de sostener en una sociedad como la argentina) o la volatilización de las energías llevadas al espacio público, que encuentran muchos obstáculos para seguir allí sin organizaciones.

Las manifestaciones "espontáneas" tienen todos los problemas de la ausencia de la política que, al mismo tiempo, rechazan. Un verdadero dilema que queda de manifiesto cuando se mira el paisaje español, donde son los partidos, rechazados en gigantescas marchas, los que siguen definiendo el futuro inmediato, imponen un ajuste implacable y no escuchan el mensaje de los indignados.

¿Por qué se sostiene el kirchnerismo? En primer lugar porque ocupa por completo, casi sin fisuras, el aparato administrativo y económico del Estado. En segundo lugar, porque se apoya en una vasta organización territorial, que representa a ese Estado en los últimos rincones de la sociedad, donde viven los que más sufren y los que más necesitan.

El aparato kirchnerista no permite desbande ni desmadre. Este arte de la movilización lo conocen bien los peronistas y fue su legado póstumo a Cristina Fernández.

La movilización del jueves pasado mostró a sus integrantes lejos del Estado y del Gobierno, contra el que protestaban, pero también lejos de una armazón que pudiera abrirles el camino del mediano plazo. La política es complicadísima. Nada es menos instantáneo que sus expresiones.

Todo esto es sabido y parece antipático recordarlo ahora, justamente cuando el periodismo oficialista hace una discriminación de clase para acusar a los manifestantes, como si las capas medias no tuvieran el derecho de presentar sus reclamos.

Solitario, aunque también cediendo a la tentación de hablar de "gente paqueta", Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, puso un alerta en su propio campo: "El Gobierno no debe descuidar esto. Es necesario tomar nota de esta importante movilización con cuyos fundamentos no estoy de acuerdo".

Podría decirse que la manifestación del jueves puso en escena un drama de clases. Sin duda, hoy ya no se habla más en esos términos, pero lo que sucedió evocaba ese tipo de divisiones.

Los manifestantes, que provenían de ese vasto sector con muchas diferencias que son las capas medias (que comienzan, recordémoslo, con salarios de 5000 o 6000 pesos), no protestaban solamente porque no podían comprar dólares. Llevaban otras consignas y convertirlas a todas ellas en un pretexto que cubría las ganas de tener divisas a precio oficial implica despreciarlas por completo. Es la versión simétrica a la de quienes afirman que los asistentes a manifestaciones kirchneristas van "por el plan y por el choripán".

Si esa frase es repudiable en el caso de los sectores populares, es igualmente repudiable cuando los que salen a la calle son los ciudadanos que no viven en Soldati. La clase media no debe convertirse en una clase maldita. Conoce sus intereses tanto como los conocen los sectores populares. De ellos los separa un vacío: la ausencia de una política progresista que los exprese generosamente.

Una vez más, éste es el drama. Detestar al kirchnerismo no produce política. Y hoy, en cualquier lugar del mundo, afirmar la primacía absoluta de los derechos individuales (yo hago lo que quiero con lo mío) es una versión patética y arcaica de lo que se cree liberalismo.

Es injusto hacer responsables a los manifestantes de lo que les falta y les sobra a sus consignas. Su movilización indica que hay allí fuerzas dispuestas a jugar en el espacio público.

La responsabilidad cae del lado de intelectuales y políticos que no articulamos una interpelación progresista, democrática y autónoma. No supimos escribir las cosas mejor que en Facebook..

 

 

La ley de la calle

Por: Martín Caparrós | 15 de septiembre de 2012 ((blog Pamplinas http://blogs.elpais.com/pamplinas/)

Cacerolazo

No defendían sus dineros como hace cuatro años; algunos eran los mismos, otros no, y todos salieron a decir que no toleran ciertas conductas del gobierno. Yo acuerdo con muchas de sus críticas y, aún así, creo que no era mi marcha: es más que probable que no comparta con muchos de los movilizados del 13-S casi nada, que nuestras visiones del mundo y sus políticas estén alejadísimas; también es probable que haya unos cuantos con los que sí. Fueron muchos miles: la idea de su homogeneidad es otro de los trucos del relato oficialista: que eran todos de los barrios caros, que eran todos de clase media alta, que no pisaban el pasto para no mancharse, que estaban bien vestidos –enunciado, por supuesto, por gente de clase media alta que vive en barrios caros, que suele “vestir bien” y no pisar el césped. Pero es una reducción: había mucho más que eso. Porque la convocatoria fue dispersa, porque una de las particularidades del gobierno kirchnerista es que algunos de sus actos pueden producir reacciones semejantes en personas muy diferentes, porque las consignas de la noche eran más que variadas.

Lo cierto es que, más allá de sociologías de café y taxonomías interesadas, la irrupción de la calle opositora cambia cosas. Instala una dinámica nueva que vale la pena tratar de pensar.

Está, por un lado, el problema de la ocupación de los espacios: el oficialismo basaba parte importante de su legitimidad en su capacidad de movilización –los jóvenes, los actos, la plaza y otros lugares comunes del relato– y, por lo tanto, la movilización era un recurso que sus voceras y voceros ensalzaban cadena tras cadena; ahora, cuando ya no les pertenece en exclusiva, se lanzaron a hacer malabarismos que, una vez más, se les transforman en esputos ascendentes: si dicen que “también en la cancha de Boca hay mucha gente”, ¿cómo podrán, la próxima vez, jactarse como suelen de su propia mucha gente? Por ahora, el truco consiste en definir movilizaciones malas y movilizaciones buenas; las malas son las de los bienvestidos en la calle, las buenas son las de los bienvestidos en el palco; el argumento tiene sus problemas. Quizás, que es demasiado claro: una definición del populismo.

Pero eso es un detalle. Lo central de la nueva dinámica, creo, será el crescendo. El gobierno y su gobernadora ya dijeron que la salida de los nuevos cacerolos no les importa, que allí no hay nada que escuchar. No por nada, sino porque honestamente no creen que valga la pena escuchar a esa gente.

El gobierno piensa que no debe gobernar para ellos sino para los suyos. No me parece mal: un partido siempre gobierna para una fracción de la sociedad. Es mentira que se pueda gobernar para todos. Siempre se beneficia a unos o a otros –aunque buena parte del discurso y la práctica políticos consista en tratar de disimularlo. El problema es que, en este caso, no está claro quiénes son realmente los suyos. Y, sobre todo, el error del gobierno es que su ataque a los que ataca es mayor en las palabras que en los hechos, cuando debería ser exactamente lo contrario: irritan al pedo. En lugar de hacer, amenazan. Y, cuando hacen, enarbolan esa inepsia con la que manejaron, por ejemplo, el tema del dólar: agregando una regulación nueva cada dos días, mostrando que empezaron sin tener ni idea de dónde iban –como cada vez.

Su otro problema está en pensar que los propios son el famoso 54%. Como si todos esos votos les pertenecieran, como si no se dieran cuenta de que un porcentaje significativo –y todavía no medido– de quienes los votaron no apoyan muchas de sus medidas y sus formas recientes. Pero siguen hablando como si nada de eso. No pueden engañarse tanto; espero –de verdad– que solo sea un recurso retórico, porque si realmente lo creen son peores que lo que uno podría creer.

En todo caso insisten: en las voces de los cacerolos no hay nada que les interese, que quieran o deban escuchar. Los cacerolos, en cambio, descubrieron que tienen con qué hacerse oír. Sería tonto pensar que se van a resignar a esa sordera oficial; sería necio pensar que no van a volver.

Me imagino que en las próximas semanas va a haber marchas parecidas y es probable que sean cada vez más numerosas. Me imagino que en algún momento el oficialismo –que nunca es rápido para corregir sus velocísimos errores– va a querer disputarles la calle. Me imagino que la primavera va a florecer de marchas, contramarchas.

Si eso sucediera, el que pierde es el gobierno: pierde la hegemonía, se convierte en un contendiente cuando, hasta ahora, aparecía como el protagonista indiscutido, el actor único. Quizás prevean su error y no lo hagan. Quién sabe: si no se dieron cuenta de que la Rerre era lo peor que podían lanzar, no veo cómo ni por qué se darían cuenta de esto.

Pero para evitar la pelea por la calle tendrían que desarmar las marchas cacerolas con alguna concesión, algún gesto que sirviera para bajar la tensión y diluir las demandas. No veo cuál sería. O sí: el más probable –el mejor terreno de entendimiento que los oficialistas y los cacerolos podrían encontrar– es la represión. ¿Qué mejor podría ofrecer la doctora CFK que hacerse cargo de los reclamos por la inseguridad y producir un endurecimiento de la intervención policial –que, en última instancia, la favorece de más de una manera? ¿Qué mejor -para ella- que una maniobra que le permitiría recuperar algún favor en los que ahora la critican al mismo tiempo que aumentaría su control de esa calle que ahora teme perder?

Sería siniestrito. Espero, una vez más, equivocarme.

Written by Juan Echeverria