Retro-progresismo, eco-pobrismo y la agroecología de asalto

Quisiera compartir algunas reflexiones que me quedaron dando vueltas luego de seguir los acontecimientos vinculados al llamado “Proyecto Artigas”, aunque en realidad vienen de bastante antes. Se trata de algunos lugares comunes y sobrentendidos acerca de los que quiero expresar algunas observaciones. Por supuesto, serán bienvenidos todos los comentarios que me quieran hacer y contribuyan a comprender mejor estos temas.

Juan Carlos Villalonga

El presidente de la Nación dijo hace un par de semanas que le resultaba interesante el planteo de Juan Grabois sobre la necesidad de distribuir tierras productivas, algo que fundamentaría la bizarra acción protagonizada en esa semana por los militantes del denominado “Proyecto Artigas”. Ese grupo variopinto de seguidores de Grabois intrusaron la estancia Casa Nueva, en Entre Ríos, y, lo más hilarante, se entrometieron o “intrusaron” ideológicamente una intrincada disputa de división de bienes dentro de la familia Etchevere.

Es bien difícil tratar de explicar la idea llevada adelante por ese grupo de activistas y funcionarios públicos que ocuparon el casco de la estancia, intentaron una fallida huerta y cometieron algún que otro destrozo inútil, aunque lo más rocambolesco resulta la pretensión de dotar de un sentido ideológico ese accionar en el marco de una disputa familiar.

Dados los sinsentidos señalados, me causa gran sorpresa que sean esas arbitrariedades carentes de lógica las que hagan reflexionar al presidente sobre el déficit habitacional y el desequilibrio demográfico que padece nuestro país. “La idea de Grabois de buscar tierras para que la gente las explote no es descabellada expresó Alberto Fernández luego del cese de la toma en Entre Ríos.

Sería esperable que un presidente tenga estos temas analizados de forma bastante acabada previamente y que nos pueda ofrecer alternativas de desarrollo que intenten revertir dicha realidad. Para ello tiene a su disposición decenas de estudios, planes, estadísticas y la palpable realidad del conurbano para verificar el desequilibrio que existe. Que sea esa comedia estudiantil la que lo haga reflexionar me suena más a ponerle un manto de piedad al desatino y a un apañamiento indebido.

“Ideas descabelladas”

Que el presidente Fernández haya dicho que las ideas de Grabois “no son nada descabelladas” me parece un tanto frívolo. Lo digo porque, por un lado, la necesidad de generar empleo y arraigo en las distintas regiones del país es materia bien conocida y, por el otro, es validar una metodología basada en antagonismos muy anacrónicos y que se amplifican mediante este tipo de acciones. El presidente se coloca en comentarista para validar la obviedad y, al mismo tiempo, convalidar el apriete y las tomas, lo que resulta peligroso para un alto mandatario.

En la entrevista realizada al presidente luego de los episodios en Entre Ríos, éste añade que la de Grabois “es una idea para volver a recuperar la vitalidad del campo, porque la realidad dice que en la historia argentina la producción de cultivos como la soja, que cada vez desemplea a más gente en los campos, permitió que toda esa gente se hacinara en zonas urbanas donde no tiene lugar donde vivir”. Esto refleja la persistencia de una de esas simplificaciones tan arraigadas en el progresismo argentino que, entre otras cosas, no logra comprender el fenómeno de la urbanización generalizada que está ocurriendo en todo el planeta y que, por supuesto, excede a la responsabilidad de cultivos como la soja. Y es un ejemplo de lo que diagnostico como vagancia intelectual: como el mundo se ha vuelto extremadamente complejo, se opta por buscar refugio en dos o tres consignas autocomplacientes y, de ese modo, todo se vuelve simple otra vez. 

“La vitalidad del campo”

Me quiero detener inicialmente en esto de la necesidad de recuperar la “vitalidad” del campo. Esta expresión puede significar muchas cosas diferentes y, según cada una de ellas habrá diferentes consideraciones para hacer. Si analizamos al campo en términos de productividad y eficiencia en el uso de los recursos estamos en presencia de un sector muy vital, algo en el que coincidirían un economista capitalista clásico con uno marxista. Es claro que me refiero a una dimensión economicista de la “vitalidad”.

No se necesita abundar con demasiados datos para corroborar la magnitud de lo que significa el campo en términos económicos. Tengamos presente que el “campo” representa casi el 63% de nuestras exportaciones y que Argentina ocupa el séptimo lugar entre los países productores de cereales y el tercero en materia de oleaginosas. Es decir, se trata de un sector extremadamente relevante para la economía del país y, a su vez, muy competitivo en el mercado internacional.

Ahora bien, si por “vitalidad del campo” se entiende que la producción rural se realiza cada vez con mayor uso de tecnología y menor demanda de mano de obra, debemos reconocer que globalmente dicho proceso comenzó a mediados del siglo XIX y es un fenómeno que avanzó en paralelo con la industrialización. Esta tecnologización productiva se aceleró con el auge del capitalismo, un proceso que fue bienvenido por el marxismo y soñado por el anarquismo utópico. Sólo el retro-progresismo pobrista coloca tantos y tan duros reparos a la tecnologización del campo.

Otro modo de entender la pérdida de “vitalidad del campo” sería por la pérdida de la rica tradición cultural, poética y musical que se generó en cada rincón de nuestro país durante el siglo XIX y XX. Es cierto, esa cultura tradicional se ha perdido en parte. Pero eso es irrecuperable, la cultura evoluciona, no para. Sería retrógrado pensar de otro modo. La cultura rural está en mutación acelerada. La sociedad toda está atravesando un proceso de globalización cultural, en cierto modo, un empobrecimiento en las culturas locales dado el auge de la cultura de masas que se inició en el siglo XX. Hoy asistimos a una ola de aparente diversidad con esta nueva modalidad de consumos culturales “on demand” y la omnipresencia de las redes sociales. No sabemos los resultados que esto tendrá, si nos devolverán algo de diversidad o, por el contrario, reforzarán la uniformidad. Fenómeno abierto. Lo cierto, la cultura rural no está exenta de estos fenómenos.

Ahora otro aspecto relevante que hace a la “vitalidad del campo”, es el desequilibro demográfico. Tenemos, ciertamente, un gran desafío que es revertir o equilibrar el proceso de despoblamiento de vastas zonas rurales y la creciente aglomeración de gente en los cordones de miseria de las grandes ciudades. En realidad, el fenómeno es más amplio aún, se trata de la constante migración interna desde el interior de las provincias hacia los grandes centros urbanos, principalmente el AMBA. No sólo es una migración de los más castigados económicamente, es una migración de estudiantes, profesionales y familias que emigran procurando una mejor calidad de vida.

Es cierto que debemos hacer algo por recuperar la vitalidad del campo o, mejor dicho, recuperar y dotar de nueva vitalidad a las provincias, a las ciudades del interior y las economías regionales. Este es uno de los más grandes desafíos para la política nacional y para todas las provincias. Pero revertir este desequilibrio no se logrará pretendiendo que más gente se dedique a sembrar papa o que volvamos a recolectar a mano el maíz. Se trata de generar condiciones que retengan a la población en sus lugares de pertenencia, más aún, que seduzcan a revertir el flujo migratorio.

Las condiciones que pueden revertir el proceso migratorio hacia los grandes centros urbanos se logran con políticas productivas y culturales sostenidas en el tiempo, pensadas para el largo plazo. Se trata de generar nuevas actividades agroindustriales de calidad y con capacidad de exportación; industrias tecnológicas; crear oferta educativa y cultural atractiva en todos los centros urbanos del país; que las comunicaciones sean de calidad de manera tal que nos permitan no quedar aislados ni fuera del mundo si vivimos en Orán, Cipolletti o Trenque Lauquen. Se trata de poner en marcha decenas de programas y políticas de desarrollo productivo, urbano y educativo. No es promoviendo huertas. En todo caso, las huertas deberán ser parte de algo bastante más ambicioso.

“Gente hacinada en zonas urbanas”

Hacer algo de todo lo anterior es bien complejo y, como lo señalé antes, lleva tiempo, exige un esfuerzo continuo y coherente. La realidad es que muchas de las medidas que el gobierno de Fernández viene adoptando van en la dirección contraria. Por ejemplo, cuando el mundo y la región se preparan para disponer lo antes posible de las infraestructuras de comunicación que serán soporte de la economía que se viene, como la tecnología 5G, lo que se ha decidido es paralizar inversiones y provocar demoras tecnológicas en el sector; ese será el resultado de haber encorsetado a las TIC como servicio público, dentro de la discrecional tutela del Estado. También es un deterioro a la vitalidad federal la batalla que el gobierno viene desplegando contra las líneas aéreas low cost; se intenta eliminar así un servicio que ha permitido tener una oferta de interconexión que el interior del país jamás antes había tenido.

Las economías regionales sufren múltiples castigos, uno de ellos son las retenciones, muy aplaudidas por los intelectuales urbanos, siendo estas un magnífico instrumento confiscatorio que ejerce el puerto de Buenos Aires a los ingresos por exportaciones del interior. Un ejercicio propio de la Argentina del siglo XIX.

La coparticipación fiscal vuelve a ser discrecional, a tiro de manotazos, como sucedió recientemente con la quita a la Ciudad de Buenos Aires. Este modo de reparto de los fondos públicos ahoga la capacidad de planificación de las provincias. En definitiva, yo diría que el Gobierno Nacional viene siendo un activo promotor de la pérdida de “vitalidad” del campo.

El otro frente que permitiría revertir el desequilibrio demográfico es la regularización del dominio de tierras y viviendas que permite construir ciudadanía y contribuiría a consolidar a la gente en sus localidades por medio de la seguridad habitacional. En materia de asentamientos urbanos irregulares y acceso a la tierra para urbanización, el último esfuerzo orgánico fue la Ley 27.453 (2018), la que diseña un régimen de regularización de tierras e integración urbana. A partir de la sanción de esa ley ha habido algunos avances en la regularización en barrios mediante un trabajo conjunto del Estado nacional y organizaciones sociales. Esto permitió censar a 4 millones de personas que viven en 4.416 barrios irregulares en todo el país. No veo alrededor de esto mucho más avance. Nuevamente, estas son algunas de las políticas para resolver parte del problema.

“Cultivos como la soja, que cada vez desemplea a más gente”

Obviamente que también se debe evaluar el término “vitalidad del campo” en una dimensión extremadamente sensible y delicada como es la riqueza biológica del ámbito rural y su interacción con otros ecosistemas. La producción agrícola-ganadera está siendo sometida hoy a un profundo escrutinio y evaluación por sus impactos ambientales, así como por la calidad de los alimentos que produce. Esto ocurre en nuestro país como en resto del mundo.

¿Quiere decir que estamos ante un “ecocidio” producto del modelo agroindustrial? Bueno, estamos en una situación alarmante a escala planetaria por el nivel de disrupción que estamos generando en los ecosistemas. El agro es una de las actividades centrales que desarrolla el ser humano desde hace más de 10.000 años y alrededor de la cual se fue configurando la civilización global que hoy conocemos. La producción de alimentos ha alcanzado una escala de producción extraordinaria, cubriendo hoy la demanda de más de 7.000 millones de personas. Hoy alrededor de 800 millones de personas pasan hambre por razones económicas y políticas, no exactamente por carencia global de alimentos.

Por su dimensión temporal -miles de años de desarrollo- y la escala de producción alcanzada, el agro es una de las actividades de mayor poder de transformación de ambientes naturales e impactos acumulados.

Ahora, dicho esto, cabe preguntarse entonces: ¿hay un “modelo alternativo”? ¿existe ese otro modelo con el cual reemplazar al vigente? La respuesta más directa y simple es que no. No existe ese “otro modelo”. Quiero ser enfático en esto, puesto que sobre este supuesto se ha montado un discurso extremadamente ideologizado que distrae la atención de los temas que urgen ser abordados realmente.

Se ha instalado de manera dominante un discurso en el que un sector se auto percibe portavoz de un conjunto de verdades rotundas y una superioridad moral desde donde hace su prédica “anti-campo” o anti modelo agroindustrial. Todo un gran bolazo que se dice sin tener la mínima idea de qué se propone a cambio. Me da escozor cuando se dicen algunas de esas barbaridades a nombre del ambientalismo. Me parece que para críticas de semejante calibre deben fundamentarse más seriamente.

Creo que este equívoco fundamental es la base en que se sustentan muchas de las acciones como las protagonizadas por Grabois. Un malentendido que se ha ido extendiendo y convirtiendo en un lugar común, pero sin dejar de ser eso una mentira. La producción agroindustrial tiene mucho que mejorar. Pero para que esas mejoras ocurran hacen falta críticas precisas y el desarrollo de alternativas viables. Andar con el dedo acusador y demonizando al campo sin tener la menor idea de cómo hacer las cosas mejor es una chantada. Se puede pretender ser progre haciéndolo, pero son simplemente demagogos.

John Seymour (1914-2004) escritor y activista inglés, ha escrito una serie de libros que han sido referencia mundial para el movimiento para la autosuficiencia. “El Horticultor Autosuficiente” (1978) es una de sus obras más populares por sus conocimientos, explicaciones prácticas y la profundidad de sus reflexiones. Ha sido de gran influencia a lo largo de los años y sigue siendo una referencia obligada. Han pasado más de 40 años de esa obra y es posible tener una clara idea del potencial que ofrece la autosuficiencia y los inevitables límites para su aplicación global.
John Seymour (1914-2004) escritor y activista inglés, ha escrito una serie de libros que han sido referencia mundial para el movimiento para la autosuficiencia. “El Horticultor Autosuficiente” (1978) es una de sus obras más populares por sus conocimientos, explicaciones prácticas y la profundidad de sus reflexiones. Ha sido de gran influencia a lo largo de los años y sigue siendo una referencia obligada. Han pasado más de 40 años de esa obra y es posible tener una clara idea del potencial que ofrece la autosuficiencia y los inevitables límites para su aplicación global.

De la mano de ese “otro modelo”, aparece entonces un concepto comodín que pareciera ser la llave del paraíso ecológico:  la agroecología. Una de las características de esta nueva militancia agroecológica es que es protagonizada, casi sin excepción, por gente que no se dedica a producir; gente que no produce alimentos ni por medio de la agroecología ni ningún otro tipo de cultivos. Intelectuales y activistas urbanos que, a modo de ejemplo, mostraron la precariedad de sus conocimientos en los pocos días que ocuparon la estancia “Casa Nueva”.  

No hay detrás de esta nueva militancia anti-campo y agroecológica ni los conocimientos ni la experiencia para sustentar la mayoría de lo que dice y critica. Los que se dedican a producir con modelos agroecológicos o a través de las diversas técnicas de producción orgánicas suelen ser bastante más cautos y mesurados en sus juicios. La agroecología tiene mucho camino para hacer, para mostrar y convencer, y eso se logra a través de un único modo: produciendo, investigando y mejorando. Así lo venimos haciendo hace 10.000 años. No se impone la agroecología por asalto.

“Sacar a la gente de centros urbanos”

En otra parte de la entrevista antes mencionada el presidente dice: “por eso, ideas como sacar a la gente de centros urbanos en donde viven hacinadas y ver cómo se pueden desarrollar cultivando la tierra, haciendo una producción ecológica de verduras, de alimentos, es muy valiosa…. Y la verdad es que debiéramos promoverlo eso”. Bueno, a las consideraciones que ya he hecho, sólo quisiera agregar que eso de “sacar a la gente de centro urbanos” me suena a esa ingeniería social de la cual es tan afecta la izquierda y que tantas tragedias ha generado a lo largo de la historia. Por favor, debemos crear condiciones para que la gente pueda quedarse en sus lugares de origen, para que no se vea obligada a migrar en busca desesperada un modo de subsistencia. Debemos crear condiciones para que irse a vivir al interior sea una alternativa deseable. Hay que olvidarse de esas expresiones de arrear gente como ganado. Eso ya lo deberíamos ir aprendiendo.

Hay un aspecto que viene asociado a la agroecología como un combo y que va un paso más allá del carácter biológico de la producción de alimentos, y es la dimensión comunitaria o colectiva de producción, fuertemente enfocada en mercados de cercanía. Eso que para muchos puede resultar en su imaginación en una aldea bucólica medieval, un compartir comunitario de la producción y consumo de alimentos, es sencillamente una economía de subsistencia. Un modelo de ese tipo reduce enormemente horizontes individuales, ofrece una vida social empobrecida y de dudosos resultados en términos de salud y calidad de vida. Claro que uno puede plantear proyectos de subsistencia para sacar a gente de situaciones dramáticas y brindarles un camino urgente de salida económica; ahora, proponer eso como modelo social, es una expresión del eco-pobrismo.

Si se trata de un proyecto coyuntural para brindar un medio de vida a gente que necesita trabajo, claro que la horticultura es uno de los tantos rubros posibles así como otras iniciativas productivas. Aunque en ese caso, no me parece la agroecología el camino más rápido para un proyecto de esas características, en todo caso, la agroecología sería el modelo deseado; en el corto plazo debería priorizarse que puedan producir como cualquier otro productor lo hace y que puedan colocar sus productos en el mercado y ganarse el peso. De otro modo, me parece sólo una hipótesis poco viable de asistencialismo pituco.

El desarrollo de huertas comunitarias, cultivos orgánicos para comedores y otras iniciativas de este tipo existen desde hacen muchísimos años. Existen tierras disponibles y conocimientos suficientes para aplicarlos. Desde el pionero proyecto “Verde Esperanza” (1982) a los huertas promovidas por el INTA o gobiernos municipales. Hay un segmento de producción que puede desarrollarse y promoverse en todos los centros urbanos.

Quiero agregar algo más sobre los implícitos de la economía agroecológica. La propuesta agroecológica está basada en mercados de cercanía o comunidad cercana, como muchos de sus proponentes señalan, una producción y consumo por fuera de los “mercados”. Esto significa que no tiene ninguna perspectiva ni posibilidad de sustituir la producción comercial de escala y la alimentación de casi el 90% de la población urbanizada que ya tiene la Argentina. A escala global la población urbana crece y es América Latina la región más urbanizada del planeta con un 80% de su población viviendo en ciudades. 

Esto es muy relevante porque hoy la agroecología es una especie de comodín que se lo utiliza como el gran proyecto alternativo de desarrollo eco-social. Por eso insisto, no tenemos ese otro “modelo agroecológico” que nos permita sustituir al existente. Lo que hay en ese enunciado es un esquema productivo de baja escala y productividad.

“Producción ecológica”

La producción de alimentos, tanto se trate de cultivos, crianza de animales o pesca, enfrenta desafíos enormes para poder aproximarse hacia modelos productivos sostenibles. A esto debemos sumarle la obtención de insumos como madera, textiles y otros que en su conjunto configuran la bioeconomía, la producción y usos de insumos biológicos para usos industriales y agrícolas. En su conjunto representan una presión sobre los ecosistemas que debemos regular y administrar correctamente, algo que hoy no sucede.

Esto no quiere decir que el “modelo vigente”, si es que cabe esa expresión, deba ser reemplazado por una simple vocación voluntarista. Más bien lo que los hechos han demostrado a lo largo de más de 40 años de luchas, debates, avances y retrocesos en el debate ambiental, es que debemos aspirar a una transformación paso a paso. La complejidad de los sistemas naturales y la complejidad del mundo social y político nos han demostrado que no existen atajos ni soluciones rápidas.

Por supuesto que en la medida que se demoran los cambios más compleja se nos pone la situación, dado que el deterioro avanza y los márgenes de maniobra se nos reducen. Tomemos sólo como ejemplo lo que sucede con el cambio climático.  Es decir, que el “gradualismo” debe ser veloz y constante.

Hagamos un repaso con el simple propósito de mencionar algunos de los dilemas y problemas en los que debemos avanzar lo antes posible: la expansión de la producción agrícola ganadera es la mayor responsable de la eliminación incesante de masas boscosas que necesitamos llevar a cero de manera urgente; urge equilibrar la expansión de actividades productivas y urbanas con la protección de ecosistemas frágiles y vitales como los humedales. La disminución de la carga química ha sido muy significativa desde su boom sin límites de los ’60 con la “revolución verde”; se han eliminado algunos de los productos más peligrosos, por ejemplo, durante los ’80 con la campaña global “la docena sucia”. Así llegamos al día de hoy con un espectro de agroquímicos que difiere enormemente a la de hace pocos años atrás; eso no significa que estemos exentos de problemas, el camino para mejorar debe continuarse por medio de la investigación, tecnología de precisión, regulaciones y cada vez mejores prácticas.  

En materia de cultivos, es sabido que la rotación de los mismos y la diversificación de la producción es algo deseable. Ahora esto no se logra por la simple prédica, se logra con los debidos incentivos, marcos regulatorios inteligentes, políticas fiscales y de promoción. Lo mismo podemos decir sobre el cumplimiento de los ordenamientos territoriales, el uso de sustancias químicas, equipos y artes de producción. La misma complejidad existe para lograr tener explotaciones pesqueras que puedan respetar la capacidad de carga de los océanos y ríos.

El sector tiene un enorme rol que cumplir en la transición energética, a partir de la utilización de sus residuos como insumos bioenergéticos. Nuevamente, para lograrlo no basta con decirlo, hay que adecuar marcos regulatorios de manera que la ecuación técnico-económica-ambiental sea viable. Lo mismo en la incorporación de otras fuentes energéticas renovables como la solar y eólica en el ámbito rural.

El campo deberá poder producir con mayor valor agregado y generando productos altamente cualificados que reconozcan marca de origen, como ha sucedido en la industria vitivinícola con las uvas Malbec, pero nuevamente, requiere de mucho tiempo y un marco normativo y política que permita que esas cosas sucedan. Tenemos pendiente desarrollar una industria alimentaria con mayor sofisticación y agregado de valor, pero no podemos adjudicarle esta deuda únicamente al campo, de ninguna manera.

Trato de decir que cada uno de estos desafíos requiere de mucha inteligencia, producción de conocimientos, instrumentos normativos, económicos y tecnológicos con los que hay que encontrar el punto de equilibrio sostenible. Es una tarea ardua que no la vamos a alcanzar por el simple ejercicio de antagonizar, demonizar y presentar todo como una contienda entre el bien y el mal. Eso nos aleja de las discusiones y las decisiones que debemos producir ahora mismo.

Hubo un tiempo en que la denuncia, la demostración del daño, la sensibilización sobre los problemas y la identificación de responsables era imprescindible para tener en la agenda pública lo que hasta hace poco era invisible para medios y políticos. Hoy estamos viviendo una realidad bien distinta. La política reconoce estos temas, avanza a los tumbos, pero la agenda está presente y muchas veces con gente idónea y bien intencionada. El sector corporativo y productivo es plenamente consciente de lo que sucede, lo que no quiere decir que esté dispuesto o pueda reconvertirse.

El desafío del presente es ver cómo se logra incidir eficazmente dentro de gobiernos y en el sector productivo de manera tal que los procesos de cambio se aceleren. Las pesqueras saben perfectamente que los caladeros se empobrecen, las petroleras saben que los fósiles tienen sus días contados, los chacareros saben que tienen que esmerarse para conservar el suelo, los gobiernos saben que la deforestación no puede permitirse más. Hay que generar las condiciones que hagan posible que en cada uno de los sectores se den los pasos adecuados. 

Respecto de la agroecología trato de ser muy sincero acerca de sus bondades y límites. Quienes soslayan o pretenden desconocer sus límites y la enarbolan como bandera y hacen agite político, lo que hacen simplemente es demagogia. La agroecología tiene mucho que hacer para desplegar su potencial y en esto no hay secretos, no es tomando por asalto a nadie. El campo argentino tiene una rica y extensa tradición en su dinámica de aprendizaje y en la incorporación de nuevas prácticas y tecnologías. Este ejercicio de constante aprendizaje lo ha hecho en base a la experimentación, la producción, la evaluación y el compartir conocimiento adquirido. Basta revisar experiencias como la que ha realizado el INTA o los consorcios regionales de experimentación agrícola, los grupos CREA, verdaderos laboratorios de aprendizaje colectivo. No hay otro camino: hay que ponerse a producir, aprender, convencer por medio de resultados, generando consumidores más conscientes y generando mercado.

Hoy no hay tal cosa como un “modelo agroecológico” listo para usar, un modelo “plug & play”. Hay que construir un modelo de producción de alimentos que sea sostenible y satisfaga la demanda, se lo construye pieza por pieza, nadie tiene la solución, eso ya lo aprendimos a lo largo de más de 50 años de ambientalismo. Miren si será complejo y duro.

El desarrollo sostenible es una construcción social y está hacia adelante, no hacia atrás, no es retro-progresismo y no es ecopobrismo.

10 Comentarios

  • pablob346@gmail.com, hace unos días , el martes ppdo, mande algunos comentarios a este grupo Desarrollo y Territorio, me gustaría saber si los leyeron y cual es su opinion. gracias y cordiales saludos

    Pablo luis Bracamonte 13 noviembre, 2020
  • Excelente Cali!!! Lectura obligatoria!!! Gracias por el enfoque responsable de un tema tan importante y sensible.

    Claudia 13 noviembre, 2020
  • Hola. Excelente artículo. Me gustaría poder compartirlo en mi cuenta de Twitter, pero no funciona ese botón (sí los otros). Espero que lo arreglen pronto, asi lo comparto. Saludos!

    Martín Desán 13 noviembre, 2020
    • Gracias!
      Ya me fijo de arreglarlo. Podé usar el link (dirección) del artículo.
      Saludos!

      Cali

      Juan Carlos Villalonga 13 noviembre, 2020
  • Excelente articulo. Muy sabio , claro y equilibrado. Adhiero a la mayoria de lo expresado. La FAUBA creo la catedra de ecología en 1969, fue superpionera y los eminentes profesores que tuvo mostraron los conceptos en los que se basan el manejo de los cultivos actuales y los sistemas de producción, que generaron impactos positivos y varios negativos que nunca es tarde para corregir..Hoy algunos se quieren apropiar del término Agroecologia desde una vereda ideológica sin tener la menor idea de lo que se trata.

    Rodolfo 14 noviembre, 2020
  • Excelente nota, pero un aspectos inaceptable es que se usen agroquímicos prohibidos en la horticultura. Es una producción “delictual” que no podemos aceptar. Esto es algo típico de Argentina. No se sabe como pero quimico prohibidos desde hace años aparecen en nuestras verduras y frutas. Si no lo combatimos somos complices del delito y suicidas tambien. Los organismos no tienen presupuesto para analizar. En forma mafiosa no se puede tomar muestras en los mercados mayoristas.

    Miguel Zanuttini 14 noviembre, 2020
  • Te felicito. Clarísimo. Gracias. Ana

    Ana 14 noviembre, 2020

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