Salir de esa fantasía de que la energía es barata, hacer que los subsidios vayan adonde son necesarios y promover el uso racional de la energía requieren de la recomposición tarifaria. No podemos mantener la ilusión de la energía regalada, por lo que es necesario que la Argentina vuelva a tener un esquema  tarifario racional, acorde con lo que necesita el sistema energético nacional.

Desde 2006 a 2015, para mantener las tarifas de gas a valores irreales se gastaron 24.400 millones de dólares. Si sumamos todos los subsidios a la energía, mal diseñados y mal aplicados, que solo se destinaron a mantener tarifas ficticias, llegamos a 85 mil millones de dólares, lo que ha significado el mayor quebranto económico para la economía argentina. El sector energético ha consumido en diez años el mayor gasto en materia de infraestructura, que en gran parte estaba destinado a mantener tarifas artificialmente bajas sin ningún foco de prioridad, y a desarrollar algunas obras disparatadas como Río Turbio.

La ausencia de criterios en los beneficios ha llevado a que durante años se hayan subsidiado los mayores consumos, los superfluos, a contramano de lo que se indica que se debe hacer en una política de uso racional de la energía. Tal fue el descalabro tarifario, que en 2015 los subsidios llegaron a ser el 3 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI).

Ahora, cuando se intenta reconstruir un esquema tarifario más racional, aparece la palabra “tarifazo”. Si hacemos un poco de historia, podemos ver que algunos años atrás, en 2000, las tarifas de gas y electricidad impactaron un 4,4 por ciento en el ingreso medio de una unidad familiar tipo. Producto del congelamiento de las tarifas, en los últimos años ese impacto pasó a ser del 0,7 por ciento. Un descenso abismal. Con la reconstrucción del esquema tarifario que se ha comenzado a hacer desde 2016, el impacto sobre el ingreso ha pasado a ser del 3,4 por ciento. Es decir, se está volviendo a  colocar a las tarifas en una relación de racionalidad con el precio de la energía y con el impacto en el ingreso. Además, el subsidio aparece ahora focalizado en quienes lo necesitan.

Estos días en los que se viene discutiendo el mal llamado “tarifazo” se ha citado un informe del año 2015 del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre subsidios energéticos. Allí, en un ranking diseñado por este organismo, aparecen los EE. UU. como el primer país en otorgar subsidios energéticos. La Argentina ranquea en el 12° lugar. Pero la cita ha sido errada o malintencionada, ya que el ranking no se refiere a subsidios a la electricidad ni a las tarifas sino a la energía en general.  En el caso de Estados Unidos, los subsidios corresponden a la producción de petróleo, carbón y gas, mientras que en el caso de la Argentina refieren básicamente a tarifas y solo un poco a la producción de gas. Nada que ver un caso con el otro.

Cada vez más, las tarifas en el mundo no sólo tienden a reflejar el costo real de la energía, sino también a guiar la conducta que los usuarios deben tener con ese bien. La energía es cara y su producción genera impactos, sobre todo ambientales. Tarifas que reflejen el costo real de la generación y distribución de la energía son indispensables para cuidar los recursos, proteger el ambiente y ahorrar en infraestructura, una ecuación que no cierra con tarifas de fantasía.

Written by Eugenia Testa