Existe un lugar común que se escucha con frecuencia en las vísperas de cualquier elección. Es una repetida queja que dice algo más o menos así: “estoy harto de que siempre tengamos que elegir entre lo malo y lo peor”, “no se puede votar a lo menos malo, no cuenten conmigo”, “ninguno me convence”, “todos son lo mismo” y muchas variantes más.

Esto siempre me resultó algo bastante infantil y caprichoso. Yo me pregunto, ¿en nuestra vida, en nuestras elecciones personales, en nuestro devenir cotidiano, ¿no estamos eligiendo siempre entre las opciones que se nos presentan? ¿Acaso no elegimos aquellas que nos parecen mejores o, simplemente, menos malas?

Me es casi imposible creer que quienes expresan ese hastío pre-electoral resuelvan sus elecciones de vida siempre eligiendo por opciones soñadas, deseadas y anheladas. Los envidiaría si fuera así, serían unos campeones. Pero no, no sucede eso.

Algunas veces la vida nos pone ante algunas alternativas que colman nuestras expectativas o nos ofrece opciones que hemos esperado alcanzar. En esos momentos somos plenamente felices, sin duda, pero eso ocurre sólo algunas veces. Sin renunciar a nuestros sueños, en la mayoría de las ocasiones optamos por lo que creemos que es mejor, por lo que nos ocasiona menores contradicciones o malestares. Muchas veces adaptamos nuestras expectativas a las reales opciones que tenemos por delante. También eso hace a la felicidad y sabiduría.

Todo esto creo que es bastante obvio, pero repentinamente algunos se transforman en puristas ideológicos, exigentes catadores de candidatos, críticos sommeliers de coaliciones y alianzas políticas, sibaritas de la política.

Me parece que se trata de un comportamiento cándido e inmaduro. Las opciones políticas que se nos presentan en toda elección son aquellas que colectivamente hemos construido, no somos ajenos a ellas. Es pura impostura colocarnos en exigentes degustadores de lo que se nos sirve en la mesa del cuarto oscuro. Es una actitud bastante cómoda, porque nos hace pasar por personas muy exigentes y portadores de una lucidez que los demás desconocen, cuando en realidad es un modo de evadir, con aires de suficiencia, nuestras responsabilidades que nos caben en relación a lo que aparece en las boletas.

Por otro lado, también es un modo muy precario de concebir a la política pública. La misma no se trata simplemente de buenos y malos, ni de ángeles y demonios, ni de héroes y villanos. Se trata de optar por aquellas personas, programas o ideas que puedan mover los asuntos públicos a un lugar más cercano de dónde queremos ir. Es elegir el tren que más nos aproxime a nuestro ideal, sabiendo que algunas son vías muertas y sabiendo también que hay líneas cuyos trayectos no coinciden con lo que dice el boleto.

El voto es una mezcla de saber hacia dónde queremos ir, saber la geografía y los caminos que se nos presentan y saber también la historia de los viajes ya hechos. Todo, virtuosamente dosificado con pragmatismo.

Así como en la vida cotidiana lidiamos entre lo ideal y lo factible, no hay razones para imaginar que a la hora de elegir autoridades no sería similar. Difícilmente el Príncipe Valiente venga a liberarnos.   

Desdramatizar y asumir la responsabilidad que nos toca.

Cali

PS: el voto en blanco y la no participación (u otras opciones de protesta electoral) me parecen opciones válidas siempre y cuando envíen un mensaje nítido a la sociedad y a la política. Si sólo se trata de una opción individual es simplemente una lavada de manos que queda escondida detrás de la abulia y el desinterés que siempre existe en una porción de la sociedad.

      

 

   

Written by Juan Carlos Villalonga