No es necesario que lo repita para aquellos que siguen las entradas de este blog, Beatriz Sarlo es para mí una de las intelectuales más brillantes e implacables que tiene la Argentina. Hace una semana y días que participó en el programa “6, 7, 8”. Para mi gusto, no fue un debate, mientras ella reflexionaba sobre lo que le presentaban o planteaban, el resto del panel, incluido el “intelectual” Forster se dedicaban a sobreactuar un discurso aburrido, repetido y sin matices que es la ideología del “modelo”. En fin. El programa devino en un diálogo poco eficaz, pero mostró a Sarlo en capacidad de decir lo justo y callar ante las brabuconadas que debían ser pasadas por alto.

Fueron muchísimas las repercusiones de ese programa, no podía ser de otra manera, así lo entendí desde el mismo momento que lo estaba mirando en vivo (me avisaron oportunamente). Eso habla de la potencia Sarlo.

Primero quiero poner una breve entrada del blog “Sin quórum” del diario La Nación:

Sarlo, a la carga: “La calidad periodística de 678 no existe”

Cuando pensaban que la polémica había terminado, ella dobló la apuesta. Beatriz Sarlo volvió a cargar contra 678 y contra el “aparato cultural” que impulsa el kirchnerismo. Luego de una semana de acusaciones cruzadas, la intelectual volvió al ruedo: “678 no existe como programa periodístico”.

Luego de reconocer que el “fenómeno” de la comunicación oficialista es “digno de ser estudiado”, Sarlo fue lapidaria con el ciclo ultra K. “Esto no tiene nada que ver con la calidad periodística del programa que no existe, repito, no existe como programa periodístico”, lanzó.

La semana pasada, la intelectual asistió como invitada al programa y dejó un puñado de declaraciones que resonaron durante los últimos días. Ante siete panelistas, Sarlo cuestionó al kirchnerismo y hasta se animó a atacar a Osvaldo Barone, un ícono del programa con la recordada frase: “Conmigo no, Barone”.

“El kirchnerismo impone no una dirección política meramente basada sobre un sistema enorme de subsidios y reparto de dinero, sino también sobre iniciativas culturales. Pagadas, por supuesto, todas ellas por el Estado”, dijo, en una entrevista con la agencia Paco Urondo.

Y agregó: “Es un aparato importante, no centralizado, no tiene una cabeza responsable de agitación y propaganda, pero sí hay un uso del dinero del Estado a través de la publicidad pública que va hacia ese aparato”.

Ahora quiero compartir el primer tramo del mentado programa. Destacable el grado de desconexión entre lo que se dice (Sarlo) y las respuesta de los supuesto críticos de lo que escuchan. Se reza un padrenuestro K que, más que una intervención en el debate, expresan un mensaje para que desde Olivos les pongan una nota. No entiendo sino esa desconexión y la repetición de frases, frases y frases que se dicen sin variciones así se está hablando de España, de Santa Cruz o de la milanesa con fritas.

    8,7,8 (24/5) primera parte

Antes de seguir mirando el programa 6, 7, 8 con Beatriz Sarlo, comparto un artículo de los muchos que ese programa generó

El personaje

Una rebelde en el centro de la escena

Jorge Fernández Díaz
LA NACION

Viernes 27 de mayo de 2011

Una rebelde en el centro de la escena

Beatriz Sarlo, en la biblioteca de su oficina, donde pasa varias horas por día. Foto Archivo

Néstor Kirchner abrió la puerta que comunicaba con el despacho de su jefe de Gabinete, saludó a todos con una sonrisa y dijo: "Las ideas son importantes". Lo hizo ante una mesa servida para la ensayista Beatriz Sarlo y el historiador Tulio Halperin Donghi. Los intelectuales almorzaban en la Casa Rosada con Cristina Fernández de Kirchner, que venía de Nueva York encandilada por las ideas de los economistas Joseph Stiglitz y Paul Krugman. Ese encandilamiento no producía la más mínima mella en los dos académicos, que la miraban con escéptica curiosidad.

Hacía poco tiempo que el kirchnerismo había llegado al poder y Julio Bárbaro había convencido a Alberto Fernández de que sería beneficioso para el matrimonio presidencial conocer en persona a dos de los pensadores más prestigiosos del país. "Las ideas son importantes", dijo Néstor aquel mediodía. Y Sarlo le respondió: "Sí, son importantes, Presidente. Pero lo que más me preocupa es qué va a hacer usted con el Partido Justicialista. Y sobre todo, qué va a hacer el peronismo con usted". Sarlo, en retrospectiva, especula con lo que en aquel instante estaría pensando Kirchner: "Esta tonta no sabe que en dos meses lo tengo acá a [José María] Díaz Bancalari tomando mate conmigo".

Como fuera, a partir de ese momento levemente incómodo comenzó a flotar un extraño frío en el ambiente.

Al salir a la calle, Beatriz le dijo a su compañero de almuerzo: "Yo no vengo más, Tulio. La única persona con la que se puede discutir es Alberto Fernández". Y se fueron para no volver. Al poco tiempo, un amigo de un amigo le hizo llegar la información de que los Kirchner le habían bajado el pulgar, algo que por supuesto la tenía sin cuidado. Ese resultó el único punto de encuentro entre los Kirchner y Sarlo, que se fue transformando con el tiempo en la más formidable crítica de sus sucesivos gobiernos.

Esta semana la autora de La audacia y el cálculo , un libro que analiza lúcidamente el aparato cultural kirchnerista, coronó una carrera que no buscaba, llegó a una centralidad que no le apetece y alcanzó una notoriedad que francamente la asusta. Todo se debió en gran parte al impacto de los artículos periodísticos de todos estos años, que abrieron debates y desmontaron mascaradas, y de su filoso ensayo que ya es un best seller , pero sería honesto decir que fue la televisión la que le dio el empujón final: su intervención en el programa 6,7,8 , principal instrumento propagandístico de la corporación gobernante, produjo una avalancha de tweet s, visitas a sitios en la Web, notas radiales y televisivas, crónicas y críticas en diarios, y comentarios obligados en la calle.

Sarlo se enfrentó sola a un panel de siete, y puso en jaque y tela de juicio el relato mediático que, cuidadosa y machaconamente, armaron el canal público y los intelectuales, periodistas y propagandistas del oficialismo para ganar "la batalla cultural". Fue una solitaria y única incursión, pero bastó para desarmar en minutos lógicas de hierro, discursos armados y montajes maliciosos. Y el episodio echa luz no tanto sobre Beatriz Sarlo y sus antagonistas paraestatales, sino sobre el vacío de la oposición política. Porque, ¿qué ausencia demuestra esa presencia? La ausencia de líderes opositores que tengan su coraje e integridad, su convicción y, sobre todo, la capacidad de articular una idea superadora, que no aparece a la vista.

En la trastienda de ese programa acaso histórico, al final de todo, Sarlo le dijo a Gabriel Mariotto: "Te quedaste en el 45". Y el presidente de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual le respondió: "Volvé al peronismo, Beatriz". Ella sonrió de costado: "¡Ni loca!".

En ese breve diálogo fuera de cámara está cifrado el pasado de la escritora, que en 1970 se fue a vivir y a trabajar a Trelew y fundó una filial de la legendaria JP. Casi todos los miembros de esa Juventud Peronista entrarían luego en Montoneros. Pero ella, al regresar a Buenos Aires, abjuró de esa salida y se afilió al Partido Comunista Revolucionario, fuerza maoísta que no tuvo pocas coincidencias con Juan Domingo Perón. Alguna vez escribió una frase emblemática: "Trato de pensar quién era esa mujer de 28 años que celebró el asesinato de Aramburu". Hablaba en nombre de toda una generación.

La derrota total y la llegada de la dictadura hicieron que Beatriz, junto con muchos otros intelectuales de izquierda de la Argentina y de Europa, revisara sus adscripciones revolucionarias. Fueron años duros de autocrítica en las catacumbas del régimen militar. Tras ese larguísimo proceso todos ellos se convirtieron en lo que todavía son: socialdemócratas sin partido, almas en pena.

Ese grupo de pensadores aprendió a respetar los funcionamientos democráticos, el pluralismo, la libertad de expresión, las reglas republicanas, la división de poderes. Veinte años después el kirchnerismo vino a interpelarlos y a decirles que todas esas cosas que habían aprendido eran irrelevantes o lisa y llanamente expresiones de la derecha. "Usan lo público como propiedad privada y partidaria, y el Estado como propiedad del gobierno, y eso me resulta intragable", me explicó cuando le pregunté por qué nunca se había sentido seducida por el kirchnerismo.

Beatriz fue, en consecuencia, fundadora y varias veces presidenta del Club Socialista, que en otros tiempos también frecuentaba el ahora filósofo oficial Ricardo Forster. Sarlo intentó en vano ayudar a unificar los partidos socialistas democráticos de la Argentina, y luego se sintió atraída por el gesto ideológico y la praxis rupturista de Chacho Alvarez. Lo acompañó hasta que éste quiso formar la Alianza que llevaría a Fernando de la Rúa al poder. Un día, sin que ellos lo hubieran acordado, Chacho la invitó a almorzar y Graciela Fernández Meijide a cenar. Ambos querían ficharla para su equipo. Sarlo les dijo a ambos que no. Y que les deseaba suerte.

Al regresar de un viaje académico por Alemania que le llevó cinco meses, se encontró con los primeros atisbos de Néstor Kirchner en el poder y los elogió con prudencia. "Me gustaron sus medidas", me dijo. Y luego, con cierta resignación, me dio un título para una entrevista que le hice: "Sólo el peronismo puede gobernar". Ahora que la crisis de 2001 quedó tan lejos, no piensa lo mismo. Su orfandad política, sin embargo, es la misma de siempre.

De su independencia a la hora de escribir soy testigo personal. Edito sus artículos en este diario, converso habitualmente con ella de política y periodismo, y juro que jamás acepta un encargo, salvo que suponga cubrir grandes acontecimientos: le encanta el género de la crónica. Pero las ideas para sus artículos surgen habitualmente de esos debates amistosos que tenemos. Más tarde ella, cuando está convencida del tema, lo estudia con mucho cuidado y lo escribe con total libertad en su vieja oficina.

En ese departamento mítico funcionaba Punto de V ista, una revista cultural que hizo época y que Beatriz dirigía para deleite de lectores calificados y escozor de escritores argentinos, que se quejaban por no entrar en el gran canon de Sarlo. Es que antes de ser esta figura central de la intelectualidad política, Sarlo fue durante décadas la más notable profesora de Letras de la UBA y la gran especialista en literatura nacional. Dejó muchos heridos en la vanidosa comunidad literaria con sus apologías y rechazos. Nadie le cuestionó jamás, sin embargo, su capacidad crítica. Además de escribir veinte libros, dictó cursos en Columbia, Berkeley, Maryland y Minnesota, y fue fellow del Wilson Center de Washington y profesora especial de Cambridge.

Una vez logré arrastrarla a una charla pública en el Centro Recoleta, que estaba abarrotado, y luego al salir a la noche fría quise conseguirle un taxi. "No, dejá, dejá -me dijo-. Andá vos. Yo camino." A mí me daba remordimientos permitir que atravesara barrios peligrosos. Ella, desarmada y sin auto, toda menudita, cruzando sesenta calles oscuras, parecía un blanco móvil. La acompañé algunas cuadras y al final, cuando ya nuestros caminos tenían forzosamente que separarse, le pregunté: "¿Qué le digo a tu marido si te pasa algo?". Beatriz se encogió de hombros: "No te preocupes; él sabe que me gusta callejear, que soy una exploradora". La dejé partir como Bogart deja partir a Ingrid Bergman en el final de Casablanca . Me di cuenta de que esa mujer era temeraria, nómade y tremendamente austera. No era vulnerable a los elogios y no necesitaba demasiado para vivir. Ni plata ni premios. Sólo un disco de Bill Evans y un buen libro. "No estoy escribiendo sobre el Gobierno ni los medios esta semana, y ni sueñes con que voy a ponerme con eso ahora, dame unos días: estoy escribiendo una nota sobre Borges, no sabés la felicidad que siento -me dice a veces cuando la llamo-. ¿Te das cuenta? Al final yo sólo quería ser una chica sencilla."

El destino, que es porfiado, la colocó una y otra vez en el centro de la escena. Allí está en este otoño electoral de palabras ásperas, lucha dialéctica y graves enconos.

© La Nacion

Vamos a ver la segunda parte del programa 6,7,8. Aquí se roza esa pequeña idea delirante de que la actual crisis social europea se produce por ignorar los pilares del “modelo” argentino, idea tan pretenciosa como inapropiada. Tanto Forster como Mariotto lo despuntan. Luego se focaliza en uno de los grandes enemigos del modelo y que se proyecta como una sombra sobre la patria: Chiche Gelblung. Ay ay ay!.

Beatriz Sarlo hace una descripción de la democracia argentina, la transa del PJ con lo militares y la memoria sesgada que se ejercita. De algún modo, algo parecido quise expres en mis propias palabras en la entrada “Nunca más! (no al “nunca digas nunca”). Acto seguido Mariotto repite el padrenuestro y el avemaría.

Quiero aclarar algo sobre lo que dice el Secretario de Medios: que Italo Luder haya sido el candidato del PJ en 1983 no se explica sencillamente por las bajas sufridas por el peronismo durante la dictadura. Luder había sido electo Senador de la Nación en 1973 por la lista del Frejuli (la lista de Cámpora), fue elegido luego presidente del Senado de la Nación, puesto estratégico, dada la salud de Perón. Debido a esa razón llegó a la Presidencia provisional de la Nación durante el período de licencia de Isabel Perón. Luder no estaba allí por casualidad. Que Luder haya sido el candidato a la presidencia de la Nación en 1983 por el PJ cuando finaliza la dictaudra parece tener poco que ver con la masacre realizada por la dictadura, mas bien parece ser la continuidad de una cierta cúpula dirigente del PJ que ya existía previamente a la dictadura. Pero bueno, si se trata de acomodar las cosas, Mariotto lo hace. Veamos el segundo tramo. Ah! acá finaliza con el ya famoso “conmigo no Barone!”, parándole el carro a Orlando Barone, alguien que en cualquier barrio se lo conocería por un “buscarroña”.

8,7,8 (24/5) segunda parte

Vamos a la tercera parte. Aquí lo de Mariotto pasa a la categoría de papel triste, en tanto Forster, hablando sobre el mecanismo de la elección interna (de Cristina Kirchner) del candidato del FPV, logra armar la siguiente frase: “…me parece que lo que se decidió finalmente, Filmus como Jefe, para la Ciudad, y Tomada como vicejefe, representa muy profundamente una vocación transformadora, democrática, popular, progresista en la Ciudad de Buenos Aires…” . En fin, todos eso adjetivos yo los hubiera asociado a un mecanismo muy distinto de decisión. Supongo que el escape fue hablar de esos valores en relación a los elegidos y no al proceso de elección, que fue el punto planteado, pero bueno, esa es la función del intelectual orgánico, explicar con una parva de palabras evasivas lo inexplicable.

Written by Juan Echeverria