Synchronicity


Se publica hoy en el suplemento adn de La Nación la reseña de un libro que compila diálogos con Juan L.Ortiz entre los años 1968 y 1976. Entre los diálogos figura uno al que hace menos de una semana hice referencia aquí. Una coincidencia o casualidad. “Todo encuentro casual es una cita” decía Hesse. Por eso reproduzco el comentario del libro y de paso algo de la Synchronicity de Carl Gustav Jung, ya que este blog se alimenta bastante de las “sincronicidades”.


Cali

Testimonio

Paisaje con palabras

Sábado 17 de enero de 2009

La Nación. Suplemento adncultura


Una poesía del futuro. Conversaciones con Juan L. Ortiz

Por Osvaldo Aguirre (comp.)

Las conversaciones con escritores son un género en el que, además de confluir varios discursos, se convoca un espacio de intimidad que se vuelve público. Acaso porque el vínculo de Juan L. Ortiz (1896-1978) con la poesía parece darse también en la propia vida (“Lo importante es la poesía que se vive, la poesía anterior a su expresión”), las entrevistas con él reunidas en Una poesía del futuro no son sólo el sitio donde se revelan los entretelones de la escritura del gran poeta entrerriano, sino una suerte de prolongación de su obra.


Compiladas por Osvaldo Aguirre, las entrevistas fueron realizadas entre los años 1968 y 1976 por Juana Bignozzi, Francisco Urondo, Tamara Kamenszain, Ricardo Zelarayán, Guillermo Boido y Jorge Conti. El libro incluye también un breve texto autobiográfico del poeta y otro de Urondo, en ocasión de la edición de En el aura del sauce , en 1970. Los diálogos recorren algunas etapas de la vida de Ortiz. Una etapa juvenil, en la que formalizó estudios de magisterio en Gualeguay, asistió a la Facultad de Filosofía y Letras en Buenos Aires y realizó una “vida literaria” en la que buscaba “un poco de contacto”. En 1916, de regreso a Gualeguay, consiguió un puesto de empleado en el Registro Civil, con el que se jubilaría. Esa experiencia laboral “inhóspita” y “agobiante”, sin embargo, se redime porque en el ámbito provinciano “estaba la luz, estaba el paisaje, estaban muchas cosas. Una hierbita, un insecto, una mujer o un niño”. Casado con Gerarda Irazusta, desde 1942 hasta su muerte residió en la ciudad de Paraná.

Las conversaciones revelan un pensamiento articulado de Juan L. Ortiz acerca de la poesía. Se expresan conocimientos notables de literatura y de música, y una concepción política que corresponde a su propia poética, en que el paisaje salpicado de “harapos”, niños “hacinados” y “ranchitos” enuncia un relato de dolor que afirma su tormento cuanto más se aleja de un discurso sentencioso: “Como dice Césaire ?la poesía es revolución´ -sostiene-. Si la actitud política es, como la defineron los griegos, todo lo que atañe a la ciudad, y la poesía es lo que ha nacido del hombre, ¿cómo podría la poesía desinteresarse en las manifestaciones de éste? El poeta es el que ve el sufrimiento de una planta, de un insecto, el drama de la luz, cómo no va a ver el sufrimiento del hombre”. La vida retirada del poeta Ortiz alentó la elaboración de un mito literario. Si el “mito de Juan L. Ortiz” tuvo alguna función práctica, posiblemente haya sido la de sostener, a pesar de todo, una obra incómoda en el interior de las diversas antologías de los años cincuenta y sesenta. La imagen legendaria de una frágil figura, apartada del bullicio, hacía de Ortiz el paradigma de la autonomía en el sistema poético argentino. Aunque durante décadas no se supo bien dónde ubicar su poesía, un recorte crítico se interesó en el particular vínculo entre la mirada y el paisaje. Situar a Ortiz en una genealogía que repare en el paisaje -tópico insistente en estas conversaciones- es reconocerle un valor al lugar que ocupa la mirada en sus poemas. Lo que se pone en juego es qué tipo de valor estético se le asigna al paisaje como una nueva tentación de escritura. Ese renovado interés por el paisaje resulta singular en el caso de Ortiz, en cuya poesía los objetos del mundo tienen un rostro que no es hermético, pero sí misterioso. “No veo en el paisaje, como Sartre dijo muy bien, solamente paisaje. Veo, o lo trato de ver, o lo siento así, todas las dimensiones de lo que trasciende o de lo que, diríamos así, lo abisma”, le dice en estas páginas a Bignozzi. A través de una apertura recíproca del sujeto y de la naturaleza, en la que se derriba cualquier eventual oposición, los rostros del amor y del dolor serán en el pensamiento y en los textos de Juanele (como suele llamárselo) quienes interpelan, como testigos mudos, a quienes leen.

Carlos Battilana

© LA NACION

Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis; posteriormente, fundador de la escuela de Psicología analítica, también llamada Psicología de los complejos y Psicología profunda. Para jugar un poco con las “casualidades” rescato uno de los conceptos más aventurados (como muchos otros) de Carl Gustav Jung, la “sincronicidad”. Recurro a wikipedia para una descripción sencilla de tal principio.

Mediante el Principio de sincronicidad, C. G. Jung intenta dar cuenta a una forma de conexión entre fenómenos o situaciones de la realidad que se enlazan de manera acausal, es decir, que no presentan una ligazón causal, lineal, que responda a la tradicional lógica causa-efecto. Coloquialmente remitiría a lo que usualmente llamamos casualidades.

Será a través de dos de sus escritos de 1952 donde expondrá el concepto de sincronicidad:

1. “Sincronicidad como principio de conexiones acausales”, publicado junto a una monografía de Wolfgang Pauli, «La influencia de las ideas arquetípicas en las teorías científicas de Kepler», en Interpretación de la naturaleza y la psique.

2. “Sobre sincronicidad”, conferencia pronunciada en los encuentros Eranos.

En ellos establecerá que la manera en que los fenómenos se vincularían sería a través de su significado. Un típico ejemplo de sincronicidad se da cuando una persona constata que una imagen mental suya, netamente subjetiva, es reflejada, sin explicación causal, por un evento material exterior a él. En términos de Jung , sería la concordancia, en el nivel del significado, de una imagen mental con un fenómeno material que se dan simultáneamente. Por lo tanto, Jung considera que las sincronicidades son “concordancias significativas acausales”. Para él, la sincronicidad es “la coincidencia de dos o más acontecimientos, no relacionados entre sí causalmente, cuyo contenido significativo es idéntico o semejante…”.

En base a esta sugerente imágen de los eventos en sincronicidad, Sting escribió “synchronicity” para el disco de 1983 de The Police:

Synchronicity I



With one breath, with one flow


You will know

Synchronicity

A sleep trance, a dream dance,

A shared romance,

Synchronicity

A connecting principle,

Linked to the invisible

Almost imperceptible

Something inexpressible.

Science insusceptible

Logic so inflexible

Causally connectible

Yet nothing is invincible.

If we share this nightmare

Then we can dream

Spiritus mundi.

If you act, as you think,

The missing link,

Synchronicity.

We know you, they know me

Extrasensory

Synchronicity.

A star fall, a phone call,

It joins all,

Synchronicity.

It’s so deep, it’s so wide

Your inside

Synchronicity.

Effect without a cause

Sub-atomic laws, scientific pause

Synchronicity………….