agosto 12, 2013 Publicaciones 1 comentario

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Quiero compartir una breve nota que publica ayer el suplemento “Campo” de La Nación, unhealthy en la sección “Rincón Gaucho”. La aprovecho para hacer un pequeño rescate emotivo del rol que jugó en el desarrollo económico y social de la Argentina el viejo y entrañable molino rural. Ese molino de bombeo de agua que todos conocemos y que tenemos incorporado en las imágenes más tradicionales de nuestro país.

La energía eólica (aunque así no se la llamaba entonces) ha estado en la base del despegue del desarrollo rural del país hacia finales del 1800. El molino de viento fue y es parte del paisaje rural en todo el país, cialis sale en las más diversas regiones y climas. Nos habla de la simpleza, efectividad, adaptabilidad y nobleza de una tecnología que aún hoy está vigente en el campo argentino. Unos párrafos que escribí hace más de 15 años:

“La energía eólica ha sido una fuente empleada desde tiempos remotos en diferentes partes del mundo y para diversos propósitos. En la Argentina, su aplicación para el bombeo de agua ha sido muy común en la zona rural, adaptándose a las mas diversas condiciones y climas del país. Los molinos para bombeo de agua, ya sea para riego o para bebederos de ganado, se fueron difundiendo desde fines del siglo pasado. Estos molinos, de eje horizontal y de tipo multipala de baja velocidad, constituyen aun hoy un paisaje común en la zona rural de casi todas las provincias argentinas. Según datos del Censo Nacional Agropecuario de 1989 existían en el país alrededor de 400.000 molinos de viento convencionales (la mayor parte de ellos para extracción de agua en zonas rurales) que generarían unos 300.000 kW anuales.” (Greenpeace, 1996)

 

Sábado 10 de agosto de 2013, La Nación

Rincón gaucho

El acceso al agua, lucha de siempre en nuestro campo

Junto al vigente molino se valen de las aguadas, los jagüeles o tajamares

Por Martha Salas

El acceso al agua fue lo que determinó el valor de la tierra. En los repartos de tierras, desde Garay en adelante, las suertes -fracciones que se ganaban por sorteo- debían necesariamente tener acceso al agua. Ésta podía provenir de un río, arroyo o laguna. En medio de las suertes debía quedar un franja libre para que los que no era dueños tuvieran acceso al agua.

Los jesuitas fueron poseedores de conocimientos hidráulicos que les permitieron desviar y conservar el agua de ríos y arroyos por medio de canales, represas y tajamares. El resto del país ignoraba estos conocimientos y el valor del campo dependía de la aguada, en especial en los campos ganaderos donde la hacienda demandaba 50 litros diarios por cabeza. Las aguadas naturales eran pocas y se llamaban rincón o rinconada, luego pasaron a ser nombres de estancias.

Por la falta de lluvias se acudía a la intervención Divina con misas y novenarios. La sequía le hizo decir a Darwin: “Bañadas inmensas flotantes en la atmósfera ofuscaron el sol…”, era la polvareda de la tierra seca. “La luna se hizo con agua”, dicen en el campo los observadores del cielo. Sarmiento fue el que avisó la existencia mítica del baqueano que huele la tierra y las plantas, y se cerciora de la proximidad de las aguas.

En la campaña se busca el agua subterránea, misión que cumple “el baldero”, que cava pozos llamados “baldes”. También existió en tiempos remotos “el adivinador rabdomante”, que con una simple varilla de avellano, bifurcada en horquilla, descubría yacimientos subterráneos de agua.

En esos casos el agua salía a la superficie por medio de “la pelota”, un semiglobo de cuero que la contenía. El “balde sin fondo” sucedió a “la pelota”, pero era tan pesado que debía ser tirado por un caballo. Hija del “balde sin fondo” fue “la manga” de 10 o 12 varas de largo, era de lona y se usaba para llenar bebederos o regar….

En pleno campo se cavaban “jagüeles”, que eran pozos artificiales o una depresión natural donde se juntaba el agua; también se la podía conservar en pequeños embalses llamados “represas”.

Adolfo Sourdeaux y Carlos Enrique Pellegrini iniciaron la construcción de pozos artesanales que podían sacar agua para dar de beber a más de mil cabezas de ganado. Por fin, en 1880 llegó un invento norteamericano, el “molino de viento”, para enriquecer con sus aguas la producción de los campos. Los importó Miguel Lanús y Cía. y para su publicidad puso un aviso en Caras y Caretas que decía así:

“Este molino señores, / aunque no es de los mayores, / tiene aproximadamente / una fuerza equivalente / a treinta mil changadores…”

Los primeros molinos fueron de madera y la marca era Corcoran. Años después, Roldán y Lanús Cía. fabricaron los primeros molinos en la Argentina y fueron de acero.

Con el agua vinieron los árboles. En la llanura pampeana no había arboleda natural por la dureza de la tierra, que dificultaba la penetración del agua. Sólo en los siglos XIX y XX terminó por imponerse el árbol como rasgo rioplatense. Se impusieron las especies más adaptables a nuestro clima. Sarmiento propuso un árbol australiano, el eucaliptus. Cobos, Thays, Leonardo Pereira, Guerrero y Lussich fueron grandes plantadores de eucaliptus, acacias, sauce llorón, casuarinas, nogales, álamos y pinos.

En pocos años estas plantaciones crecieron prodigiosamente cambiando el paisaje del campo argentino, poblándolo de montes espesos y sombríos en cuyos bordes se levantarían galpones, casas y establos, dando poco a poco forma a un gran país agrícola ganadero como el nuestro..

Written by Juan Echeverria