En estrecha vinculación con la anterior entrada, quiero compartir este trabajo de un querídismo amigo, que ya he nombrado aquí y que ha hecho comentarios siempre llenos de sensibilidad, Pedro De Carlo. Este “viaje personal”, su viaje personal, tiene para mi una fantástica sincronía con mi viaje y que nos llevó a encontrarnos haciendo un programa de radio pensando en verde + música a mediados de los ’80. Había sido casi la misma música que habíamos escuchado con curiosidad y furia y las mismas lecturas devoradas sin pausa. Por eso después de escribir “Ritual” me acordé de este texto que me lo envió hace una bocha de años. Lo busqué en las entrañas del rígido y ahora lo quiero compartir. La música que acompañó esta noche larga, ya con el mate frío, fue “Parte de Volar” de Pedro Aznar.
Cali

Rock, Generación Beat y Contracultura
Un viaje personal

por
Pedro De Carlo

Un profundo agradecimiento a Sergio Pujolquien hizo que ir a clase fuera un placer.

Beat

El auto a ciento cincuenta por hora, el auto que maneja un Dean Moriarty lleno de heroína y alcohol, con Sal Paradise pasadísimo también a su lado, a-zu-lado, azul de tinta y rollo de papel de teletipo… El auto se desarma, un Hudson modelo 49 rotísimo que sucumbe bajo estos humanos salpicados se semen y fluído vaginal frío, estos humanos caóticos, repulsivos, egoístas, celestiales, que nacen y mueren todos los días al “american way of life” y perforan los ojos y los oídos del norteamericano promedio que ríe y/o llora frente a la pantalla con Doris Day y Rock Hudson.

Moriarty y Paradise son personajes de la novela “On The Road” (En el camino) de Jack Kerouac, donde Paradise es el mismísimo Kerouac y Moriarty, su amigo en la vida real Neal Cassady. Junto al poeta Allen Ginsberg (autor del mítico poema “Aullido”) y al escritor William Burroughs, fueron el núcleo de la “Beat Generation”.

(Aullido. Aullidos. Me pisan el pie. Viajo en el colectivo 122 lleno y hace 40 años murieron Kerouac y Cassady; Hudson hace 20, Ginsberg y Burroughs hace 10. Doris Day sigue viva.)

A mitad de la década del 40, tres personajes coinciden en la Universidad de Columbia, en Nueva York: Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs. Buscones, alucinados, extremos, sedientos de una vida con significado e incapaces de tragarse el anzuelo de una vida exitosa en “la tierra de las oportunidades”. Su insatisfacción tiene hondas raíces en el siglo XIX: Thoreau, Emerson, Whitman. Algo suena en esas cabezas ventiladas (no tanto huecas), algo les retuerce las tripas además del alcohol, las drogas duras y blandas, la benzedrina y el hambre atrasado. Algo les falta, y salen a la ruta a buscarlo. Algunos más se arriman a la búsqueda, no muchos. El libro “En el camino” que Kerouac publica en el 57 les da visibilidad pública entre los jóvenes y un despectivo espacio en las columnas freaks de la prensa establecida. La historia los recordará como la Beat Generation: beat por beatitud, por espiritualidad, aunque también por apaleados, golpeados (beaten).

Los beatniks no buscan acólitos, se muestran vulnerables, bebiendo jazz, el bebop de Charlie Parker, Miles Davis, Coltrane, un jazz no bailable, un jazz ritualista, improvisado, espontáneo, que se toca y se escucha en cuevas marginales, colmadas de negros y hipsters (blancos raritos fascinados por la cultura negra). Insatisfacción, búsqueda, literatura, música.

¿Encontraron lo que buscaban?

Kerouac y Cassady murieron jóvenes, después de dar vueltas por el país y un poco más lejos y girar sobre sí mismos hasta el agotamiento, probando de todo.

Ginsberg y Burroughs vivieron largas y provocativas vidas literarias.

Sin proponérselo, plantaron una semilla.

Rock

Por algún lado hay que empezar, y busco la punta del ovillo entre la nebulosa mezcla de sentimientos, recuerdos, discos de vinilo, revistas y mis propias notas de la época.

A fines de 1975 yo no sabía nada de contracultura, ni de Beat Generation, y mi único contacto con el rock eran los éxitos de Los Beatles, Satisfaction de Los Rolling Stones y las canciones más conocidas de Los Gatos, Muchacha Ojos de Papel de Spinetta, y de ahí para abajo, Sandro, La Joven Guardia, Los Náufragos, más clarito: lo que había en los medios (que era muy poco; predominaba el tango y el folklore y algo melódico). Ninguno de mis amigos era melómano.

Alguno había comprado el disco Melody de Los Bee Gees después de que vimos la película en el cine del barrio.

Yo terminaba la escuela secundaria con muy buenas notas en un colegio “exigente”: el Superior de Comercio. Había empezado a trabajar durante las vacaciones para tener “mi plata” y pensaba ingresar a la Universidad Tecnológica para estudiar química. Mis diversiones eran las salidas con mis amigos del barrio, algún baile o cumpleaños de quince, ir a pescar, las artes marciales.

Hasta ahí, todo tranquilo.

Y la música atraviesa esta historia. Esto es como decir: los dados están cargados, hay trucos, movimientos extraños detrás del escenario, revelaciones súbitas, surgen las propias razones que ella despierta.

Quizás el día en que por primera vez esuché “El lado oscuro de la luna” de Pink Floyd fue un primer paso un un camino alternativo a “lo que se esperaba de mí”.

Una tarde de noviembre, Mario, un amigo que siempre estaba unos pasos adelante del resto en muchas cuestiones, había conseguido prestado el disco. Y allí estábamos reunidos frente al combinado Audinac de su living.

Ese combinado, que estaba acostumbrado a reproducir cosas como “Música para Soñar y Reposar” del Selecciones del Reader`s Digest, comenzó a hacer vibrar nuestros estómagos con los latidos del inicio de “Breathe”. ¿Qué era eso? Y más: sonaban relojes, risas, gritos, sonidos electrónicos… No sabíamos nada de inglés, ahí estaba esa tapa “cardíaca”, no había fotos de los músicos… sobriedad… y juego a la vez. Una seductora voz femenina gemía interminablemente al final del lado uno, realmente un “Gran Baile en el Cielo”, y esa guitarra “estirada”, sensual… allí había drama, melancolía, comedia, voces… era como una película en disco, un viaje. En los días siguientes toda la barra desfiló delante del Audinac para escuchar “ese disco raro”.

Algo importante nos pasaba mientras escuchábamos “El lado oscuro de la luna”… esto no era sólo entretenimiento, pasar el tiempo… más allá de la novedad de esos ruidos extraños… había algo atractivo en esa obra única… Razones aparte, el disco se había instalado en el Audinac para quedarse.

Ahora, gracias a internet, sé que en ese álbum Roger Waters intentó plasmar las presiones de la vida moderna: el tiempo, el dinero, la locura, la violencia, cómo ser fiel a uno mismo en medio de todo esto; todo empaquetado en un disco conceptual, que fue parido en medio de giras, proyectos y ya desde 1972 había sido un éxito en USA y Europa, adoptado por millones de jóvenes como símbolo.

Nada de esto sabíamos. No entendíamos casi nada de las letras. No sé cuál fue el mensaje que finalmente captamos: de todos modos, a principios de 1976, me compraba mi primera fuente de
música: un grabador Ranser, con estuche de cuero, y los primeros cassettes: unos tibios Carpenters, Simon & Garfunkel y el compilado Por Siempre Beatles. Más tarde, gracias a información pasada de boca en boca: Relayer de Yes. Y ahí se iniciaba la ceremonia de escuchar música” en mi habitación.

Contracultura

En marzo del 76, yo ingresaba a la Facultad y la Argentina ingresaba a la dictadura más sanguinaria
de su historia. En mi ambiente familiar antiperonista se respiró con alivio cuando la dupla Isabelita/López Rega fue reemplazada por militares serios que pondrían orden en el país. Comenzaron a salir en los diarios informes sobre enfrentamientos con “la subversión apátrida”. ¿Y quién de la barra leía un diario? La censura en los medios, en la actividad de los partidos políticos, no nos interesaba. Por nuestra edad, no habíamos vivido la efervescencia política de fines de los 60 y principios de los 70.

Tampoco teníamos hermanos mayores que hubieran estado en eso. Cuando deberíamos haber nacido a la vida política, el paisaje era un desierto. Llevábamos los documentos encima, nos bajaban de los colectivos para revisarnos… no era asunto nuestro. Nos sentíamos invisibles para todo esto, y de hecho, lo fuimos. Tuvimos suerte, nada más.

A principios de 1977, cuando ya era feliz poseedor de un “equipo” Ken Brown, mi discoteca ya tenía una docena de discos (un montón: Pink Floyd, Yes, King Crimson, Génesis, E,L&P, algo de Sui Generis, Mike Oldfield) y manejaba alguna información sobre el mundo del rock gracias a la revista Pelo, llegó a mis manos el Expreso Imaginario.

Desde la tapa se veía que no era una típica “revista de rock”: el gran formato tipo diario, la foto de un pescado en la tapa (¿ningún músico?), y adentro mucho material para leer: en ese número por ejemplo, Leonardo da Vinci, el Apocalipsis, indios Guajiros, Peter Gabriel, Claudio Gabis, el acto creativo…

¿De dónde salía esa mezcla de ideas extrañas a la Argentina modelo 77?

Diez años atrás, a mediados de los 60, los beats ya estaban más o menos incorporados a la escena underground en las artes norteamericanas. La semilla había empezado a germinar. El descontento con las formas socioculturales en vigencia y las búsquedas derivadas se nuclean alrededor de un fenómeno de masas: el rock. Es la música que funciona como aglutinante de varias manifestaciones culturales acerca de una nueva forma de ver el mundo: una contra-cultura, una cultura alternativa bajo la forma de ideas de vida comunitaria, autogestión, artes visuales, libertades individuales, sexualidad libre, pacifismo, ecologismo, drogas prohibidas. Aparecen The Beatles, Bob Dylan, The Rolling Stones. En 1969, Woodstock deja boquiabiertos a propios y extraños, donde un movimiento despierta tropezando e intenta proponer otra sociedad a través de la experimentación.

La gente que hacía el Expreso había vivido esa experiencia o tenía acceso a esas fuentes y estaba distribuyendo esa ensalada contracultural, y nosotros la saboreábamos y digeríamos, a pesar de nuestro contexto, muy distinto al del primer mundo. Esas propuestas eran pinceladas de una vida posible, que nos hacía latir el corazón y abrir los ojos para ver lo que no estaba en la Facultad, ni en Tv ni en las otra revistas. El expreso hablaba de una vida provocativa, más jugada, espontánea, donde importaba lo que sentíamos, donde había gente que ya lo había hecho….

Escribe Hanif Kureishi en el delicioso ensayo “Ocho brazos para abrazarte” que para ellos, los jóvenes ingleses de fines de los 60, una puerta se abrió cuando vieron A Hard day’s Night, la película de los Beatles. Para mí esa puerta fue el Expreso Imaginario.

Y una vez que una puerta se abre, pasan cosas. Un par de meses después, en junio, yo tenía 19 años recién cumplidos. Volvía en colectivo de comprar el Expreso y ya lo iba leyendo, parado durante el viaje. Página 2, correo de lectores, el dibujo de Fontova de una estrellita al pie de una carta firmada por una tal Sandra Russo. Leo.

Tengo 18 años; casi casi 19. El año pasado estudié sociología, ¿sabés? Largué porque me rayaba, porque soy demasiado tarada como para concebir algunas cosas.
Soy tan tarada que a veces no entiendo el agua. A veces ni entiendo el cielo: lo miro y lo miro y no lo entiendo. Y mirá si seré tarada que todavía creo en la libertad, en la no-etiqueta, en la poesía y en las carcajadas.”

Ehhh… sí, sí, seguí Sandra…seguí… es eso, es así…

“ A los 15 años me llegó a las manos un libro que me abrió 1000 puertas y me acompañó en los momentos feos, y me siguen acompañando desde entonces: DEMIAN, de Herman Hesse. En él encontré que no era yo la primera criatura viviente que quería vivir y no sabía cómo…

Hay una frase, una de las tantas: sólo intentaba vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué habría de serme tan difícil?”

¿Cómo decís, Sandra? ¿Se puede intentar vivir lo que “brota espontáneamente” de mí?¿Está bien hacerlo? La respuesta llegaba desde algún lugar dentro mío: sí, se puede, y está ok.

La carta mostraba a una chica pensante, crítica, jugada, a quien le gustaba el rock. Una lectora, alguien desde “mi lado” en su relación con el Expreso, le ponía el cuerpo a esa historia contracultural.

En las semanas siguientes, leí Demian y Siddharta de Hesse, y me animé a acercarme (con éxito) a una hermosa chica que viajaba conmigo todos los días en el colectivo hacia la Facultad.

Muy bien… y además de esto ¿cómo me influyó el Expreso?

Bueno, el Expreso no me hizo salir para Macchu Picchu, ni usar sandalias, ni dejarme el pelo largo (ni eso!), ni… Yo y mis amigos éramos chicos de barrio, clase media, educados en la cultura gringa que valoraba el esfuerzo sobre todas las cosas: estudiábamos en la Facultad, trabajábamos…etc, etc.

Sigue diciendo Kureishi: “…los afortunados, en Inglaterra, podían refugiarse en las escuelas de arte…” ¿y nosotros? En nuestros cuartos, con nuestros discos, libros, escuchando algo de radio… y en nuestras mentes y nuestros espíritus: allí buscábamos nuestro lugar. El Expreso ayudó a que yo encontrara un lugar, afirmara un tipo de identidad que quizás se reflejó en mi actitud crítica al “sistema”, encauzó mis búsquedas espirituales, mis simpatías estéticas, no sólo en la música… un lugar alternativo, un espacio al costado de las “obligaciones”, del mundo opaco de la Facultad y el trabajo. Una bocanada de aire fresco, que se renovaba una vez al mes al volver del kiosko de revistas.

Beat + Contracultura

En 1979 yo cursaba el 4to año en la UTN, estaba oficialmente de novio, ya habían transcurrido dos años de leer el Expreso, mis discos ocupaban un estante completo bajo la bandeja giradiscos, me había comprado una guitarra Fratti Telecaster donde dejaba volar mi balbuceante creatividad musical.

Y otra vez el colectivo como un lugar de iluminación, de encuentro. Estoy parado, leyendo el Expreso Imaginario que acabo de comprar, tiene una tapa muy verde, con unas cabras pastando y un solo titular: ¿te acordás de la naturaleza? Ese Expreso publica un extenso reportaje a Gary Snyder (6 páginas que continuarán en el número siguiente). ¿Quién era este tipo? Snyder había sido compañero de aventuras de los Beatniks. Antropólogo, ecologista, practicó varios años zen en Japón, ganador del premio Pulitzer de poesía.

Snyder inspiró al personaje central (Japhy Ryder) en la novela “Los vagabundos del Dharma” de Kerouac. En una temporada en los bosques, donde él vivía, les enseñó a esos beats ferozmente urbanos (Kerouac, Ginsberg, Ferlinghetti, Corso y varios más) a percibir la naturaleza, a ampliar sus conciencias, a estar atentos al hecho de… vivir.

Snyder estaba envuelto desde los 60 en proyectos comunitarios, en la vuelta a la tierra. Decía cosas como “mis amigos y yo vamos a estar en este lugar por los próximos 2 o 3 mil años…”, “necesitamos pensar en escalas mayores de tiempo…”, “la naturaleza es mi maestra, mi ejercicio la vida”, “ si lo que los hindúes, los cristianos, los shoshone, los budistas y los hopis sugieren es cierto, entonces toda la civilización tecnológica-industrial-de consumo está equivocada”…¿qué más? Mucho más…el Expreso del que estoy leyendo esto está profusamente subrayado por mí con lápiz.

Snyder en lugar de huír hacia delante, avanzó hacia adentro. Y acá aparece un tipo que pasó por la
generación beat, la contracultura, y llegó a alguna forma de vida plena.

En “Ocho Brazos…” Kureishi también dice: “…no teníamos modelos para imitar…”. Nosotros tampoco. Y Snyder para mí representó el ideal del tipo lúcido, comprometido, serio, medido, iluminado, que pisaba terreno firme: perfecto! He aquí un modelo a seguir, hasta en la campera!

Y el rock? El Expreso publicaba esto en momentos en que se desinflaba el hipertrofiado rock sinfónico y aparecía otra vez la necesidad de “decir algo” aunque sea con tres acordes: el punk fue la respuesta. Yo me animé a traerme de las bateas de discos “en oferta”: “Marquee Moon” de Television y “This Year’s Model” de Elvis Costello, dos productos totalmente atípicos para mi discoteca “sinfónica”, y el de Costello particularmente, se sostuvo firme en la bandeja tocadiscos.

En ese Expreso también había una extensa nota sobre “Salsa”… pero a tanto no me animé…

La decadencia de los grupos progresivos me acercó al jazz rock, y más tarde a las carreras solistas de los líderes de las bandas sinfónicas: Peter Gabriel, Roger Waters, Robert Fripp, Pete Townshend, Jon Anderson.

Síntesis

En el lado de ellos: el exceso, la fiebre, el extremo, la locura, la aventura; después la experimentación, la música, las drogas, el sexo libre, las comunidades, las marchas, los festivales…

De nuestro lado: una adolescencia de clase media argentina, unos discos, unas revistas, los libros, el deseo, la búsqueda, la intuición.

Me animo a decir que las preguntas que se hicieron los beatniks tienen vigencia hoy. La búsqueda de una vida con significado todavía tiene sentido. La historia no termina con un reproductor de mp3 en la oreja de cada uno. El sistema no busca nuestros mejores intereses, como dice Matt Groening, creador de Los Simpsons; entonces es necesario (como intentó y a veces logró la contracultura) pensar y erigir alternativas a la manera de convivir, de alimentarse, de aprender, de decidir sobre nuestras vidas. Y además, hoy como ayer: ¿donde está la pasión? ¿el juego? ¿y aquellos ojos brillantes?

Bibliografía

Textos (en papel)

“Ocho brazos para abrazarte” – por Hanif Kureishi – Revista Clasica/dic.2000
En el Camino (On the road) – por Jack Kerouac – Ed.
Bruguera / Libro Amigo (1ra. Ed. 1982)
Contracultura para principiantes – Kreimer, J.C. y Vega, Frank – Ed. Era Naciente (2006)
Revista Expreso Imaginario
Revista Zaff
Revista Pan Caliente

Textos (web)

Wikipedia http://en.wikipedia.org
Consultada sobre la historia y discografía de los grandes grupos de rock progresivo.
Terriles, Ricardo A. – “La clausura de una utopía: El viaje de Expreso Imaginario” – tesina
presentada en Fac. Cs. Sociales/UBA – Lic. Cs. Comunicación –

www.mediosydictadura.org.ar/academicos/tesinas/terriles_expreso.rtf
Russo, Sandra – El brillo invisible, la sed verdadera – diario Pag /12 – 4/9/04
www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/subnotas/40591-13980-2004-09-04.html
Russo, Sandra – El que ríe último – diario Pag /12 – 21/01/06
www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2006-01-21.html
Aullido, por Allen Ginsberg – http://webs.uolsinectis.com.ar/ecomultiversidad/poesia.html
Tapas de Revista Pelo –
www.magicasruinas.com.ar

Video

Classic Albums, The Making of The Dark Side of The Moon
Time/Life – History of Rock’n Roll
BBC – Rock Family Tree – The progressive years
King Crimson – Neal and Jack and Me
A jazz summer day (1958) – Newport Jazz Festival
Bird – (1988) – dir. Clint Eastwood

Rebel without a case (1955) – dir. Nicholas Ray – c/James Dean, Natalie Wood

La música que acompañó la realización de este trabajo:

The Dark Side of the Moon; Wish you Were Here – Pink Floyd
The Yes Album, Fragile, Close to the Edge, Relayer,Yesterdays – Yes
Foxtrot, Selling England by the Pound, A trick of the tail, Wind &Wuthering – Genesis
Red, Beat – King Crimson
Pequeñas Anécdotas sobre las Instituciones – Sui Generis
Shadows and Light, Blue – Joni Mitchell

Written by Juan Echeverria