diciembre 8, 2009 Publicaciones 1 comentario

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Sigo visitando las críticas y crónicas del acontecimiento del viernes 4 de diciembre. Este hace referencia a aquel “Festival del Amor” que reunió una bocha de músicos en 1977. En varios momentos del viernes recordé ese festival (para mi fue en el Sportivo América de Rosario). Luego Charly partiría a Brasil y volvería con Seru Giran.

Marcelo Fernández Bitar es otro cronista histórico del “rock nacional”. Lo siento, ambulance la crónica no podía ser breve. De ninguna manera.

Una plegaria para un muchacho claro del Olimpo

Para sintetizar una buena cantidad de hitos de toda su carrera, Luis Alberto Spinetta precisó
que el recital del viernes en Vélez sobrepasara la barrera de las cinco horas. Duración inédita para un show único e irrepetible.

MARCELO FERNÁNDEZ BITAR diario Crítica (6/12/09)

A los solistas les resulta más sencillo festejar un aniversario en su carrera, por ejemplo, las dos, tres o incluso cuatro décadas de trayectoria. Pero la tarea se les complica bastante a los artistas que tuvieron varios grupos, por la logística misma de reunir a tantos integrantes originales, músicos que pueden estar atravesando diferentes etapas personales, profesionales y hasta de salud.

En la Argentina existen contados ejemplos, siendo quizás el “Festival del Amor” de Charly García el más famoso, por haber reunido en 1977 a Sui Generis, ailment Porsuigieco y La Máquina de Hacer Pájaros en el Luna Park. Pero por entonces sólo tenía cinco años de carrera profesional, intensos, pero pocos. En cambio Luis Alberto Spinetta se animó a celebrar el viernes por la noche la impresionante cifra de 40 años de actividad, convocando sobre el escenario de un atiborrado estadio de Vélez a auténticas leyendas del rock argentino, como son los conjuntos Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade y hasta Los Socios del Desierto (irónica vuelta del destino: la banda más reciente es la única donde falleció un integrante, el recordado baterista Daniel Wirtz).

El resultado podría describirse como un largo concierto en el formato del “… and Friends” que alguna vez plasmaron figuras como Eric Clapton, Bob Dylan y B.B. King. Esos espectáculos gigantes donde el anfitrión va tocando canciones de diferentes épocas junto a una sucesión de músicos. Pero la apuesta de Spinetta fue tan osada, ambiciosa y generosa que no debe haber muchos ejemplos similares, por el hecho de reunir por primera vez en décadas a cuatro grupos de antología, ask cuya influencia aún se puede palpar en las nuevas agrupaciones y solistas que surgen en el panorama local.

Para lograrlo, claro, era necesario sortear un desafío que seguramente le costó un buen período de dudas, marchas y contramarchas: armar la lista de temas. Y si reunir a las bandas ya era un apasionante dilema, a la hora de definir el repertorio el Flaco redobló la apuesta y decidió que el recital no fuera “apenas” el regreso de sus grupos emblemáticos y eternos. En efecto: además quería celebrar sus 40 años de carrera y su inminente cumpleaños en enero. En el caso de un artista como él, eso implica resumir la friolera de más de 30 discos. Visto en ese contexto, la impresionante duración que pasó la barrera de las cinco horas resulta una buena síntesis, a la vez que la gran duda de la noche era si había superado el antológico Obras de Pappo & Deacon Jones. En ese caso, no sólo sería un concierto antológico: también sería un récord.

En cuanto a la convocatoria, siempre se dijo que los seguidores de Luis Alberto Spinetta constituían una suerte de público de culto, fans incondicionales que, a lo largo de los años, no dejaban de estar al tanto de su ídolo, yendo a recitales y comprando discos, libros o revistas con la estampa del Flaco. En el pasado, incluso con la reunión de Almendra de 1980, esto se tradujo en un puñado de shows en Obras (un récord para la época), algún Luna Park y varias funciones en teatros céntricos. Pero nunca rozó, ni siquiera, la dimensión enorme, el poder de atracción de este recital, que congregó a una buena cantidad de gente entre quienes sí habían visto en vivo a algunos de estos grupos, y, también, a aquellos “chicos” (incluso unos cuantos cuarentones) que jamás habían presenciado un show de Almendra, Pescado Rabioso o Invisible, las tres gemas de la noche. El total, sumando invitados, alcanzó a llenar por completo el estadio de Vélez con 40 mil personas, gente erudita en “Spinetta-talk”, capaz de anticipar una canción con sólo oír los acordes iniciales (“Alma de diamante”) o los arreglos vocales de una introducción (“A estos hombres tristes”). ¡Y ni hablar del espectáculo surrealista que constituía ver un estadio entero recitando frases como “Muebles de pata de bronce” o “Las uvas viejas de un amor en el placard”!

“La bengala perdida” (1988)

SIN CUENTA.

El repertorio finalmente alcanzó el total de 50 canciones, que arrancaron a las 21.50 y siguieron hasta pasadas las tres de la mañana. Primero con elegante chaleco negro y camisa blanca (luego se pondría un saco claro, quizás por el frío), Spinetta saludó con un sencillo “Buenas noches, ¡estoy muy emocionado!”, y pidió un aplauso para los músicos que convocó y no pudieron estar presentes, como Pedro Aznar, Lito Vitale, Frank Ojstersek, Mariano García Reynoso, Nicolás Ibarburru, Rafa Arcaute y Rodolfo Mederos, todos ex integrantes de alguna banda o álbum suyo. “Me los perdí, lo lamento”, dijo. Después confesó que le hubiera gustado versionar a Moris, Andrés Calamaro, el Indio Solari y Hugo Fattoruso (“el genio más grande que dio el Río de la Plata”, Flaco dixit).

Hecha la aclaración de todo lo que no iba a ocurrir en el escenario, presentó a los músicos de su grupo actual, dejando entrever que primero quería subrayar y mostrar con orgullo su sonido y estado actual antes de iniciar la esperada serie de flashbacks y saltos en la línea del tiempo. “Ha sido un trabajo duro –admitió–pero muy feliz”. Así, arrancó con el tema “Mi elemento”, de su último CD, Un mañana, para enseguida llamar al frente al primer invitado, el guitarrista Baltazar Comotto (a quien calificó como un “violero atómico”), para lucirse con gran desempeño en “Tu vuelo al fin”.

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El conjuro de la magia del pasado comenzó a tomar forma con el primero de varios minisets armados sobre la base de grupos, álbumes o músicos determinados. A solas con el tecladista Diego Rapoport, entonces, sorprendió y cautivó con exquisitas versiones de “Ella también” y “No te busques ya en el umbral”.

Un breve salto en el tiempo condujo a dos joyas de su discografía solista de fines de los años 80: “Fina ropa blanca” y “La bengala perdida”, junto a su banda actual y –otra precisa y poética definición del Flaco– “un músico estratosférico”: Juan Carlos “Mono” Fontana. Otro flashback trajo recuerdos del primer disco de Spinetta Jade, y el mismísimo Juan del Barrio (“otro grande de los tecladistas que pasaron por Jade”) tocó los característicos colchones de sintetizadores de “Sombras en los álamos” (una rareza, por cierto) y el recordado hit “Alma de diamante”. Este tramo del concierto cerró con cuatro gemas más: “Psicocisne”, “Al ver verás”, “¿No ves que ya no somos chiquitos?” y “Cielo de ti”, donde se sumó Javier Malosetti y asomó como chiste de la noche la falta de superlativos para presentar a los sucesivos invitados. La gente se reía con complicidad cuando Spinetta mencionaba a “un talentoso” y aquí hasta se justificó explicando: “¡Les digo genios porque son una bola de genios!”.

“Fina ropa blanca” (1989″

SPINETTALANDIA Y SUS AMIGOS.

Antes de llegar al tema número 25 y al casi obligatorio intervalo, se produjo una imparable sucesión de grandes invitados, como Fito Páez (“Las cosas tienen movimiento” y “Asilo en tu corazón”, del monumental La La La), Juanse (un enérgico “Adónde está la libertad” de Pappo), Gustavo Cerati (“Té para tres” de Soda, y “Bajan” de Artaud) y Charly García (“Rezo por vos”, ovacionado por toda la cancha). Ellos también cumplieron un sueño al compartir escenario y hacer temas antológicos, como bien dijo el propio Cerati.

En el medio de tantas celebridades, el tramo de evocación a los inicios heroicos del rock local incluyó “Mariposas de madera” de Miguel Abuelo y “El rey lloró” de Los Gatos ( junto al ex Jade Beto Satragni), otro preciado hit de Artaud (“Cementerio club”, con su hermano Gustavo Spinetta en batería), un miniset de aquel discazo que fue Bajo Belgrano, junto a Leo Sujatovich, una versión de “Necesito un amor” de Manal hecha por sus hijos Dante y Valentino Spinetta “con todo amor y respeto aunque no sé si le gusta el rap” y hasta un homenaje a Charly con una inesperada versión de “Filosofía barata y zapatos de goma”.

“Bajan” (1973)

ARRANCA EL DELOREAN.

A casi tres horas del inicio, como un viaje en la máquina de Volver al futuro, la segunda etapa del recital presentó la sucesión de reuniones y regresos tan esperada. Nuevamente yendo de lo más reciente a lo más lejano, primero armó Los Socios del Desierto, con Javier Malosetti y Marcelo Torres, que hicieron tres temas: “San Cristóforo”, “Bosnia” y el hendrixiano “Nasty People”. Sonaron impecables y poderosos, tal como se recordaba de los años 97-99, pero la expectativa por llegar a la década del 70 ya se convertía, por parte del público, en ansiedad e impaciencia.

“Bosnia” (1997)

Y, de pronto, tras una larga pausa, llegó Invisible, con Machi y Pomo, reviviendo una música única, épica, progresiva, valiente, iluminada, aventurera e idealista. Tocaron cinco canciones, sumando a Lito Epumer para un brillante solo de jazz-rock en “Amor de primavera”, que no integró ningún álbum original, a diferencia del hit “Durazno sangrando” o los exquisitos (y ovacionados) “Jugo de lúcuma” y “Lo que nos ocupa es la conciencia, esa abuela…”.

Otra pausa para procesar y digerir el impacto emocional, y a la 1.20 de la mañana empezó Pescado Rabioso, con todos los integrantes (incluso Bocón Frascino, “uno de los genios más tapados” en buenos solos de guitarra rockera) y el cambio lógico de pasar a David Lebón a la guitarra e incluir a Guillermo Vadalá como invitado. Aquí fueron siete canciones en un desfile de psicodelia y rock lisérgico pocas veces visto en el mundo, con una poesía entre alucinada (“Serpiente viaja por la sal”), sencilla (“Hola dulce viento”), directa (“Credulidad”) y enérgica (“Me gusta ese tajo”, “Despiértate nena”).

Ya eran casi las dos, y Spinetta advirtió: “Esto no termina acá”, y presentó “con orgullo” (tras una nueva pausa) a Almendra, el comienzo de toda esta historia, el alfa y omega de toda una época de ideales y espíritu de libertad donde todo estaba por hacerse. Fue el único tramo donde asomó un sonido irregular, quizás producto de tantos movimientos en escena, pero aún así fue un elixir ver en vivo a temas como “Color humano”, “Fermín”, “Hermano perro” y una versión absolutamente perfecta y altamente emotiva de “Muchacha ojos de papel”, con todo el estadio de pie, sin poder creer lo que estaban presenciando: nada menos que un sueño hecho realidad.

Párrafo final para los bises, con Ricardo Mollo sumándose al flamante “8 de octubre” (con las remeras de la fundación Conduciendo a Conciencia) y un cierre con hits de los años ochenta como “Seguir viviendo sin tu amor”, “Yo quiero ver un tren” y “No te alejes tanto de mí”.

“seguir viviendo sin tu amor” (1991)

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Written by Juan Echeverria