venganza de clase, clase executive

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Finalizando con mis comentarios sobre el extraordinario” artículo de Pablo Alabarces (PA) titulado “Carballo, search Cromañón y la venganza de clase” veamos sus último dos párrafos:

“En este caso, en cambio, la muerte se coló, como acto de militancia, en el homenaje a los chicos de Ecos. Quiero ser cuidadoso: no hay muertes de primera ni de segunda; esa tragedia muestra aspectos aberrantes de nuestra sociedad; toda militancia por la seguridad en las calles y rutas merece mi apoyo enfático (he firmado todos sus petitorios). Pero me temo que se produce aquí un desplazamiento similar a los reclamos por la “inseguridad”: hay que salir a “blumberguizar” la calle cuando matan a una maestra, pero hay que quedarse en casita cuando la cana mata un negrito o un rockerito. Y ahí venía mi comparación con Cromañón: se trató de una masacre rockera –la que Rolling Stone, con acierto, tituló “La mayor tragedia de nuestra generación”–, independientemente del juicio estético que Callejeros nos merezca. Para ser clarísimo: era una banda de cuarta, y sus miembros, como el juicio demostró, un puñado de cobardes que esconden su culpabilidad en la soberbia. Pero los públicos de Cromañón murieron por creer que el rock es una ceremonia que combina belleza y resistencia político-cultural: lo mismo que los asistentes al recital de Spinetta, si no me equivoco mucho. ¿Eligieron la banda equivocada? ¿Por eso merecieron la muerte? ¿No merecían, entonces, una mínima mención?”

Aquí PA hace un reconocimiento que no hay muertes “de primera o segunda”, aunque implícitamente, y como ya lo señalé, supone que hay muertes que nos deberían pertenecer más que otras. Personalmente no siento así las cosas. No siento a la tragedia de Cromañón más cercana que otras tantas muertes cotidianas.

Suponer que, en tanto público de Luis Alberto Spinetta (LAS), practicamos un “desplazamiento” en el tema inseguridad y, por ende, “nos quedamos en casita cuando la cana mata un negrito o un rockerito”, es una temeraria acusación que no es demostrable y, por supuesto, no se brinda ningún indicio sobre la misma. Por otro lado, no ha habido “rockero” (una palabra ya anacrónica y vacía) que no haya expresado su opinión acerca de lo que Cromañón puso de manifiesto: sobre las responsabilidades que les caben a los artistas y productores y la propia responsabilidades del público. Si productores y artistas realmente aprendieron la lección, se verá. El público que estaba ese día en Vélez, creo que tiene la lección aprendida, y supongo que de mucho antes. ¿Qué más se puede hacer como público?. Por supuesto que descarto hacer demagogia con las víctimas, como lo hace PA.

PA agrega que “los públicos de Cromañón murieron por creer que el rock es una ceremonia que combina belleza y resistencia político-cultural: lo mismo que los asistentes al recital de Spinetta, si no me equivoco mucho”. Creer que murieron por esa razón es colocar en un lugar equivocado esa tragedia. Es desconocer que hoy el “rock” comprende muchas cosas, de las más variopintas, entre ellas, algo de belleza y algo de resistencia político-cultural. Me atrevo a decir que de esos dos elementos, las dosis son bastante pequeñas. Esto ocurre por muchas causas: porque los tiempos fueron mutando y las significados fueron modificándose, porque la producción del espectáculo es otra, porque los actores son más y muy diversos. No sé decir en qué combinación de variables actúa cada uno de esos elementos, no me atrevería, pero no puedo desconocer que hoy el público que asiste a un concierto de “rock” no siempre va para ser parte de una “ceremonia” que combina belleza con resistencia. Eso es ingenuo y un poco anacrónico, lamentablemente.

Las preguntas de PA son un desatino. ¿De dónde surgen esas dudas?, ¿qué lo hace sospechar que alguien piensa en el merecimiento de esas muertes? ¿porque no fueron mencionados? Disparatado ese razonamiento, Si fuse así deberíamos convertir cada concierto en una especie de ceremonia de entrega de los Marín Fierro donde cada uno que sube debe realizar una larga cadena de recordatorios, agradecimientos y bajadas de línea para así evitar ser acusados de ser poco menos que inhumanos.

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Finalmente, dice:

Los muertos de Cromañón fueron víctimas de la combinación de capitalismo salvaje –ganar dinero sin reparar en cómo– y retiro del Estado –que no sirve ni para hacer una inspección–. Carballo fue apaleado por ir a un recital de “fieritas”, lo que lo convirtió en alguien digno de que se le aplicara la pena de muerte reclamada por Susana Giménez y Spinetta y ejecutada cotidianamente por todas las policías argentinas. Frente a toda la serie, el comportamiento de las estrellas de rock –Spinetta, Callejeros, Pity y también Los Redondos cuando fue lo de Bulacio– es invariable: mirar para otro lado, seguir hablando de la belleza y el universo y la Galaxia de Andrómeda. Lo que todos estos crímenes insisten en hablarnos es de una sociedad cada día más injusta, si eso fuera posible, donde la clase social sigue siendo la variable que ordena las jerarquías, y donde la violencia se ejecuta sistemáticamente sobre los mismos actores. Pero todo este cuadro se vuelve atroz cuando además cuenta con la complicidad activa de los que se proclaman como más conscientes, inteligentes, cultos. Que lo haga Macri, vaya y pase: pero que el rock practique la venganza de clase me parece simplemente intolerable.

Lugar común. Se puede elegir la tragedia que se quiera y yo lo explico por la combinación del “capitalismo salvaje y el retiro del estado”. Mis chances de equivocarme son muy bajas.

Luego la ensalada: Spinetta, Susana, ya había aparecido Blumberg, Callejeros, Pity, los Redondos, Macri. Bien, las expresiones a las que se refiere PA de Spinetta me parece que son bastante diferentes a las de “Susana” y en lo único en que coinciden es que ambos expresan la reacción espontánea que surge frente a ciertos hechos, y Spinetta explicita eso sin dejar de diferenciar lo racional de lo emocional y reactivo.

También la cita que se hace de la Rolling Stone, “la mayor tragedia de nuestra generación”, es un tanto confusa. Si aceptamos hablar de “generaciones”, convengamos que en los públicos de “rock” conviven ya varias generaciones. La generación de Cromañón es bien diferente a mi generación. Es de suponer que quien escribe eso sea alguien de la generación de los chicos de Cromañón y no es aplicable a las diferentes experiencias vividas por chicos que hoy tienen 14 años y señores que ya superan los 60.

Ahora algo respecto si yo, público de LAS, soy público de rock. NO, no lo soy.

Recuerdo que mi huida del rock se dio a mediados de los ‘80. De ese momento tengo dos imágenes. Una, en el Festival de La Falda (Córdoba), un público que era un horda de gente alcoholizada que buscaba cualquier pretexto para cagarse a trompadas entre ellos. No era contra la policía ni el capitalismo. Era dañarse, dañar un festival que era de ellos y putear músicos y a quienes los aplaudían. La segunda, en Rosario, en mi primer experiencia con Los Redonditos de Ricota. Lo que yo vi en ese concierto me asustó. Recuerdo que me fui al fondo, contra la pared del gimnasio donde era el concierto. No podía creer ese pogo violento y las actitudes más cavernícolas que nunca había visto en un concierto de rock. ¿bandas equivocadas? Me inclino a pensar que tragedias como Cromañón y muchas muertes “fieritas”, como los llama PA, se fueron engendrando poco a poco. Las razones son muy complejas, pero no hay que hacerse el distraído.

La simplona pluma de PA poco favor le hace a sus lectores. Nada aporta en materia de intentar ayudar a comprender o pensar, en su verdadera dimensión, ciertas cosas que son, naturalmente, muy complejas. Pero no es un columnista que escriba para eso, creo que lo hace para jugarla de polémico y diferente, no importa que en ese intento egocéntrico se lleve puesto a gente que no comprende, ni siquiera respeta ni intenta entender.

Cali

(estas líneas fueron escritas en un vuelo de regreso a Argentina, llego, y me entero de la muerte de un pibe de 14 años en un partido de fútbol. Esa muerte me es tan cercana y dolorosa como la de los chicos de Cromañón, y me importa nada si era “rockero” o no)

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