Venganza de clase, clase turista.

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Imaginemos esta situación: alguien escribe una nota en un diario de tirada nacional sobre la presentación de Joaquín Sabina esta noche y dice lo siguiente:

“Esta noche miles de fanáticos se juntarán en el estadio de Boca Juniors ha celebrar las canciones yo transitadas hasta el cansancio por su cantor favorito y escucharán, viagra con la boca abierta y los ojos en blanco, las nuevas canciones, que no tiene nada de nuevo sino una repetición hasta el hartazgo de los clichés que otrora sorprendieron. Pero los admiradores de Sabina nunca admitirían que su cantante favorito es hoy una caricatura de lo que supo ser. Eso sucede porque ya los seguidores de Sabina se han convertido en una suerte de fanáticos que se consideran a sí mismos como superiores al resto de la humanidad y que no admiten ninguna crítica de nadie sobre su cantante-fetiche. Son una secta que se considera que sólo ellos son capaces de entender la poesía pretenciosa de Sabina”.

¿Qué sucede inmediatamente? Un montón de gente que escucha a Sabina, physician o piensa asistir a su concierto o ha asistido anteriormente a alguno o ha comprado algunos de sus discos, escribe al diario contestando a nuestro columnista reprochándole semejante nivel de incomprensión, mal trato y juicios desmesurados. Algún otro intentará argumentar por qué no se trata de un público sectario. Bien, ¿que viene después?

“La andanada de críticas que este diario ha recibido por mi anterior columna me demuestra, y deja claro, que, tal como ya lo señalamos, se trata de un público sectario, no dispuesto a recibir ninguna crítica, como si sólo ellos fuesen capaces de entender a Sabina, y todos los demás unos estúpidos. Como ya lo señalé, se consideran superiores y reaccionan como fanáticos.”

Para nuestro columnista, jugada perfecta.

A mi juicio, una sucia trampa, que si existiese algo parecido a un tribunal de ética para estos menesteres, se consideraría “mala praxis”, pero está bien que tal cosa no exista, cada uno debe evaluar la validez de los argumentos y los periodistas que lee.

Exactamente este ejercicio es el que desplegó Pablo Alabarces (PA) en ocasión del concierto de Spinetta en Vélez en diciembre de 2009. Maltrató a Spinetta y a su público, procurando romper las unánimes críticas favorables que ese evento recibió, algunas de ellas señalando pifies y puntos flojos, pero ninguna dejó de maravillarse por ese concierto. Pero PA practicó ese ejercicio del yo-si-que-tengo-algo-distinto-para-decir. Cuando la gente le recriminó por su maltrato poco justificado, volvió al ataque señalando que las reacciones no eran otra cosa que la confirmación de su hípótesis.

“El pequeño escandalito que generó mi contratapa sobre Spinetta a comienzos de diciembre (el lunes 7) me dio muchas ganas de retomar y ampliar esos argumentos. Por supuesto, se trató apenas de un escandalito en internet, causado por las decenas de lectores indignados que estaban haciendo cola para pegarme. Como había previsto –como, incluso, había dicho en la nota–, el spinettismo es una forma más del fanatismo argentino: mal que les pese a tantos seguidores autoconvencidos de su inteligencia superior, las reacciones abrevaron en lo peor del fundamentalismo y la intolerancia”. (“Carballo, Cromañón y la venganza de clase”, Crítica, 4/01/10)

Así arranca PA su segunda nota, desopilante como la primera, sobre el público de Spinetta. PA podrá decir que su nota es un análisis sociológico más amplio que simplemente el “público de Spinetta”, pero ese es el foco de ambas notas, y lo demás es puramente argumentos que transitan lugares comunes.

Las preferencias musicales de PA no ameritan comentarios ya que no es lo que está en discusión. Escribo esto, en tanto “público de Spinetta” y, por ende, sentirme aludido por ambas notas. Seguiré.

Cali

PS: esta nota es una especie de continuidad de “La tecla bardera, y sale con fritas”.

3 Comentarios

  • Alabarces será un nabo pero lamento recordarte que muchas veces me has criticado discos que no escuchaste, simplemente por lo que decía tu crítico preferido de página/12 cuyo nombre no recuerdo pero ya debés saber quien es.

    Ramiro Mariano 9 febrero, 2010
  • Supongo que estas haciendo referencia a mi fe en el paladar de Diego Fischerman. No sabía que llegara a tanto como para criticar un disco sin haberlo escuchado!

    Cali 10 febrero, 2010
  • Viste Cali, siempre se puede aprender algo nuevo.

    Ramiro Mariano 10 febrero, 2010